Pensamiento

Tres encuentros personales con la verdad

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Para Ricardo Bello

En mi juventud, leí una antología de pasajes del Talmud compilada por el gran hebraísta español Cansino Assens. Entre las muchas frases que se quedaron grabadas en mi memoria, hubo una que decía: "La verdad tiene un acento característico por el cual se le reconoce". En esa época, debía tener unos 15 o 16 años, y no tenía el criterio suficiente para distinguir entre aquella definición de la verdad y las más rigurosas que después aprendería a partir de la lógica, las matemáticas y otros campos del conocimiento. Sin embargo, me resultó tan hermosa y útil para mi propio pensamiento que durante muchos años la repetí, ya fuera en el contexto de argumentar alguna cosa o simplemente para recordármela a mí mismo.

A partir de esta definición aforística, quisiera comentar tres textos diferentes que, aunque no tienen nada que ver entre sí, he vinculado con esta frase talmúdica a lo largo de los años y que todavía hoy puedo citar.

Pero antes de entrar en materia, quisiera repetir algo que he dicho o escrito muchas veces. Es un comentario que Jorge Luis Borges hace a propósito de varios textos totalmente diferentes en distintas épocas y que funciona no como un criterio de verdad, sino como un criterio de autenticidad. Aunque tiene poco que ver con lo dicho anteriormente, me sirve para ilustrar lo que quiero decir. Borges, en algún ensayo, argumenta que el Martín Fierro es un libro auténticamente gaucho porque en él en ningún momento se hace mención del ombú, un árbol típico de la pampa argentina que en general figura en casi todas las historias o leyendas relacionadas con gauchos. Es una especie de sobreénfasis que se hace en algún aspecto conocido del paisaje para insistir en su autenticidad o, por lo menos, en su verosimilitud. Algo parecido comenta, aunque no recuerdo en qué parte, sobre Las mil y una noches: su carácter auténticamente arábigo vendría dado por el hecho de que, según el poeta argentino, en ningún momento en ese gigantesco libro se mencionan los camellos, que son una parte imprescindible del imaginario occidental en relación con el mundo árabe. Estas consideraciones de Borges siempre me llamaron la atención; lo que él denomina rasgos circunstanciales, esos aspectos aparentemente insignificantes de una narración o de un texto, revelan mucho más de lo que probablemente fueron las intenciones del autor y, en cualquier caso, nos sirven de pista o de conexión con algún otro elemento más profundo.

Como decía antes, y a pesar del hecho de que conocí la obra de Cansino Assens gracias a la lectura de Borges, estas dos consideraciones son tanto de naturaleza diferente como de origen, o responden a criterios diferentes. Pero la conjunción de ambas me hizo pensar en lo que voy a narrar a continuación.

El primer texto o el primer encuentro con la verdad que tuve en mi juventud relacionado con esto que estoy contando es El banquete de Platón. Este célebre diálogo comienza con un prólogo en el que Platón se encuentra con uno de sus amigos. Iban a casa de Agatón (o de Alcibíades, que llega después) a un encuentro en el que, como era tradicional en esa época, se bebía y se conversaba entre amigos. Platón se encuentra apoyado en una pared, con una de sus piernas pegadas a la pared, como hacen los muchachos cuando se recuestan frente a un muro. Cuando lo leí, tuve la sensación de que ese tipo de detalle, tan circunstancial y, si se quiere, prescindible en cuanto a la narración en su conjunto, no cambia en nada el carácter del diálogo. Sin embargo, me pareció que un poeta, por grande que fuera, y vaya que Platón es uno de los grandes poetas en el sentido etimológico de la palabra, uno de los grandes creadores de todos los tiempos y posiblemente el inventor de la prosa como la conocemos hoy, no hubiera sido capaz de colocar de manera aleatoria un elemento tan aparentemente inocuo. En otras palabras, lo que quiero decir es que hay cosas que el poeta inventa, muchas, quizá la mayoría, quizás las cosas centrales, y hay otras que simplemente se filtran hacia el texto. ¿Se filtran desde dónde? Pues, de la realidad. Eso me hizo pensar, y no creo que haya sido el primero en pensarlo, y es muy posible incluso que lo haya leído en otra parte, como me suele suceder. Pero, en cualquier caso, eso me hizo pensar que aquel episodio, aquel encuentro de grandes mentes, aquel diálogo tan extraordinario que ha dado que hablar por miles de años, no es solo la invención de un genio, no es solo la obra de un gran poeta, sino que, en esta concepción un poco ingenua, no puede ser falso.

Ahora quiero saltarme unos siglos y venir a un ejemplo más o menos contemporáneo que no tiene tanto que ver con lo espiritual o con las profundas verdades sobre el amor, como en el caso de Platón, sino más bien con la presencia incuestionable de la realidad física, de eso que llaman el mundo objetivo en la poesía. Quiero usar como ejemplo, porque así fue que lo sentí cuando lo leí la primera vez y así lo siento cada vez que lo releo, el poema Los árboles de Eugenio Montejo, uno de los grandes poetas de la lengua castellana y, sin duda, si no el más grande, al menos uno de los más importantes poetas venezolanos. Este poema, que es el primero de un libro muy hermoso que se llama Algunas palabras, comienza con una frase tan simple, un verso tan modesto, que en esa misma modestia esconde toda su profundidad. El poema comienza diciendo: "Hablan poco los árboles, se sabe". Entre el "hablan poco los árboles" y el "se sabe", por supuesto, hay una coma. Esa aclaración no es sino una manera de involucrar al lector en un conocimiento que posiblemente no tenga; es una forma de hacerlo cómplice de lo que el poeta está diciendo. Cuando uno escucha que alguien le dice "tal cosa es cierta, como se sabe", esa afirmación implica que el que la está escuchando o el que la está leyendo está de acuerdo con eso, aun si no lo está. Pero el aceptar la afirmación lo involucra a uno, lo quiera o no. Ahora bien, el poema, que no voy a repetir aquí completo pero que invito a que lo lean, continúa con unas consideraciones que son también relativamente inocentes. Es decir, los árboles se congregan en los bosques, los árboles albergan en su follaje a los pájaros, y termina con una frase estupenda, una frase que es un eco de un poema de Machado y que Montejo coloca ahí de manera magistral. Habla del grito de un pájaro que el poeta explica, nos confiesa, que no tiene la capacidad de anotarlo en su libreta. Este verso nos recuerda aquel poema del olmo de Machado que dice: "Olmo, quiero anotar en mi cartera la gracia de tu rama bendecida". Pero más allá del parecido formal de una cosa y de la otra, porque en el primer caso Montejo nos dice que no es capaz de anotar ese grito, mientras que Machado simplemente nos indica su voluntad de hacerlo, el hecho es que todos estos versos que conforman uno de los poemas más perfectos de la lengua castellana y, ciertamente, de la literatura venezolana, nos dicen algo de la poesía que es muy poco común. Es cómo la realidad, la realidad fáctica, esa que está ahí, que es inobjetable, se proyecta sobre el poema y se hace presente en sus versos. Estas características del poema de Montejo son verdad tanto porque se denuncia con ese acento característico que posee la verdad, como nos declaraba el aforismo de Cansino Assens, como también por la ausencia de cualquier elemento que pudiera ser un lugar común, un sobreentendido, un cliché, una frase hecha. En este poema no hay nada exterior al hecho que describe, no hay ningún anclaje que haga un énfasis en que se trata de algo cierto, no hay ninguna coartada retórica para convencernos. Es decir, es un poema en el que podemos leer la pura y hermosa verdad de los árboles.

Mi tercer encuentro con esta verdad, definida de manera tangencial, informal y, por lo tanto, vaga, más bien metafórica, es el capítulo cinco del Evangelio de San Mateo, el célebre Sermón de la Montaña. En este sermón, Jesús predica al pueblo en una pequeña colina y dice cosas tan increíblemente hermosas como: "Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios" y "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados". No quiero citar todo el Evangelio, pero creo que la mayoría de mis lectores podrán recordar la totalidad de aquel asombroso sermón, aquel discurso tan transparente, tan puro, tan totalmente desprovisto de retórica, tan directamente dirigido al corazón del oyente contemporáneo y, 2000 años después, de cualquiera que lo lea. Creo yo que, por muy creativo que fuera el evangelista o el testigo de aquella escena, no pudo inventar esas palabras. Esas palabras tienen una profundidad tan extraordinaria, una carga de bondad, dulzura y espiritualidad tan refinada, que, otra vez, en mi versión ingenua de la verdad, es imposible que sean una mera invención. Estoy totalmente convencido, yo que no soy cristiano, de que hubo un hombre llamado Jesús que dijo esas palabras y que esas palabras no salen de un razonamiento ni de un ejercicio retórico, sino que, muy probablemente y contra todas mis creencias, creo que vienen directamente de un fondo misterioso de la existencia que algunos pueden llamar Dios.

Estoy seguro de que quienes lean esto habrán tenido sus encuentros con la verdad, quizá con criterios totalmente diferentes. Mi formación matemática y mi insistencia en el rigor filosófico suelen inclinarme a mantenerme lejos de las analogías y de las metáforas. En realidad, suelo ser bastante exigente con los criterios de verdad, que en general tienen que ver con coherencia, con fundamento empírico, con la correlación entre una cosa y otra, y con los diversos criterios que se manejan en el mundo del pensamiento. Pero, por supuesto, el pensamiento no puede cubrirlo todo. Queda un espacio, una serie de intersticios entre actos mentales, si es que estos existieran, algún espacio que queda como poros a través de los cuales se filtran o nos llegan verdades. Y esas verdades que nos llegan, nos llegan de la poesía, de la gran creación literaria o de las palabras de un profeta como Jesús.

NB: Verificando las citas que hago, releí el libro de Cansino Assens, 50 años más tarde, y no pude encontrar la cita que le atribuyo. Probé con distintas variaciones (ayudado por el buscador de Word) y fue en vano. La memoria me ha fallado, pero nunca está mal recordar a este gran escritor, lo que me sirve de consuelo.

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