
Desde hace justo 50 años tengo el Carnaval Op.9, de Schumann, como una de las piezas para piano más hermosas que se hayan escrito, o al menos con la que más empatizo, o más agradece mi destartalada psique. Es de un romanticismo sin lágrimas, elegante y profundo, al borde de la belleza cotidiana y la divina, tal como era el mismo compositor. Mi primera versión fue la de Claudio Arrau para Phillips, adquirida en una venta de música clásica en mi provinciana Valencia natal, que en aquello años sesenta era una ciudad de una actividad cultural notable. Igual se podía escuchar al poco conocido Cuarteto La Salle, especialista en música contemporánea, que a la Orquesta de Leipzig, suma expresión de la música de Bach. O podía uno tomarse un café con el querido Jacobo Borges o el no menos Adriano González León en alguna de sus frecuentes visitas. Por su parte, el maestro de la danza moderna Griska Holguin se presentaba puntualmente todos los jueves a dar clases en el Ateneo de Valencia, mientras el Grupo Arlequín organizaba temporadas con montajes de Las trapacerías de Arlequín o Macbeth. Eugenio Montejo dirigía la Separata literaria del Boletín Universitario. Y Daniel Labarca presentaba en su Cine Club Universitario a conocedores con Lorenzo Batallán, o Alfredo Paz y Mateos. Eran los comienzos de la década de los setenta; en 1971 fundé la revista POESIA y año siguiente me casé y con mi esposa recién graduada de médico recibíamos las visitas de Juan Sánchez Peláez, Humberto Díaz Casanueva, Gonzalo Rojas, Ben Ami Fihman o Salvador Garmendia. Un privilegio haber vivido en esa ciudad durante esos años y haber sido joven para disfrutarlo. El Carnaval de Schumann incluye un homenaje a Chopin con una cita de la única pieza del polaco que me parecía digerible en esos años de furia vanguardista. Hablo, por supuesto de la Balada #1 del Op. 3 que me sigue pareciendo lo más elevado que produjo un Chopin que la alta edad me ha enseñado a respetar y amar. Un afecto que me llevó, hace dos años a visitar, la Cartuja de Valldemossa en Mallorca donde el compositor pasó un tiempo buscando mejores aires que nunca llegaron, y que obligaron a George Sand a llevarlo de vuelta a París sin el famoso y acontecido piano que Pleyel había fabricado para él. Hoy me encuentro en Milán y no sé si algún volveré a hollar el suelo natal; pero esta música gloriosa del Carnaval, que escucho esta mañana de verano, me hace pensar en esos años de mi juventud en el país natal. Schumann, a diferencia de su admirado Chopin, nunca conoció los rigores del exilio. Los dioses habían guardado para él los no menos crueles de la locura.

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