

Tal vez la pérdida más dolorosa del arte después de la antigüedad clásica, no haya sido la destrucción incasable de obras durante el saqueo de Roma o episodios parecidos, guerras y cataclismos. Nada comparable a la destrucción autorizada de los grandes cartones utilizados por los grandes maestros del Renacimiento y Barroco para pintar sus frescos estupendos frescos. Los de Ghirlandaio y Mantegna, los de Leonardo y Peruggino, los de Boticelli y Pinturrichio, los de Angelico y del Castagno, los de Veronese y Tintoretto, los de Giulio Romano y Correggio, de Cortona, y así muchos otros, incluyendo todos los de Miguel Angel para la Sixtina y los de Rafael para la Farnesina y las Estancias Vaticanas. Miles de dibujos preparatorios para sus pinturas parietales. La copia de un boceto de Leonardo para el trabajo encargado al maestro para una de las inmensas paredes de Palazzo Vecchio, “La batalla de Anghiari”, nos da una idea de las dimensiones de la tragedia. No hay una sola figura en los frescos sixtinos que no haya sido realizada a partir de una ingente labor dibujística, que incluía detalles de las manos, de los dedos, de la frente y así por el estilo. Estudios realizados por los mejores dibujantes que ha conocido Occidente desde Apeles. Una de las experiencias más reveladoras en mi larga historia como profesor del Renacimiento en la Escuela de Bellas Artes, ha sido, precisamente, el cartón de Rafael para la “Escuela de Atenas” del Vaticano, conservado por la Veneranda Biblioteca Ambrosiana de Milán desde 1610. Es el más grande cartón que se conoce y, con mi sensibilidad modernista de finales del siglo pasado, con su debilidad por lo fragmentario e inacabado, llegué a preferirlo al original. A pesar de que en este boceto gigantesco el Sanzio no había incluido el homenaje que le dedicó a su gran rival, Miguel Ángel. Un tardío homenaje al maestro de quien, sin confesarlo, había aprendido tanto después de su furtiva visita (Miguel no permitía la contemplación de sus obras antes de terminarlas) a la Capilla Sixtina facilitada por su paisano Bramante. Aunque es claro el reconocimiento a Leonardo, quien ya aparece en el centro de la composición como Platón. También está bosquejado el autorretrato del maestro de Urbino y todos los demás protagonistas. La contemplación del cartón ya vale el detour a Milán a visitar la Biblioteca Ambrosiana. Sin embargo, no es lo único que vale el viaje. También lo amerita la primera naturaleza muerta del arte occidental desde la Grecia helenística. Obra de Caravaggio, un óleo en el cual muchos han querido leer una alegoría de la vida del propio artista por la condición descompuesta de las grutas y plantas representadas. Alberga la Ambrosiana, el gran monumento a san Ambrogio organizado por san Carlos Borromeo y su familia, el único Leonardo en la ciudad de Milán, el “Retrato de un músico”, enigmático e inquietante. No deja de ser una ingratitud de la historia, siempre ingrata, que sea la única pintura que se conserva de Da Vinci en esta ciudad donde vivió más que en cualquier otra fuera de Florencia. A Francia, invitado por el conquistador de Milán, Francisco I, iría a dar el maestro con sus blancos huesos y no pocas de sus mejores realizaciones, la “Gioconda”, “Santa Ana, la Virgen y el niño” y “San Juan Bautista”, entre otras. Sin embargo, para compensar, la Biblioteca, aparte de docenas de incunables y miles de pergaminos iluminados, conserva el estupendo Codex Atlantico, donde a lo largo de cientos de páginas, Leonardo se extendió sobre sus conocimientos de física, ingeniería, y otras ciencias. Uno de los salones de la biblioteca exhibe decenas de estos folios inquietantes. Una reciente visita (la última fue hace casi veinte años), la primera de mi nieto, me resultó especialmente grata ante los nuevos arreglos y disposición de la Pinacoteca. De nuevo pude admirar la colección de notables maestros casi ignorados y que han encontrado un espacio relevante en este museo. Artistas tan admirables como Bernardino Luini, Bramantino, Venetto, Andrea Solaris o Bergognone, Salai, Bassano o el gran Ambroggio Praedis, protagonistas del ignorado Renacimiento milanés que tiene en la Ambrosiana la más reveladora y estupenda sede.
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