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Milan, martes 7 de octubre de 2025. Mussorgsky

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La exposición de Mussorgsky

Anoche, en la melodiosa versión de Aldo Ciccolini, algunos fragmentos de Cuadros de una exposición, la Suite para piano en diez secciones, de Mussorgsky. Aun cuando es una pieza por la cual siento especial devoción, dos de mis experiencias con la partitura han sido frustrantes. La conozco en diversas interpretaciones, todas por pianistas de origen ruso: Horowitz, Richter y Berman. La última, mi preferida, está relacionada con una de las dos decepciones que aludo. Un cuarto arreglo se encargó del otro desencuentro. Que se produjo en diciembre de 1969 apenas puse los pies por primera vez en la gran ciudad. A pocas cuadras del hotel del YMCA de la 8° Avenida donde me alojé, se anunciaba con gran despliegue la presentación del grupo de rock Emerson, Lake&Palmer, el cual, en mi ignorancia de la música rock, era mi tercer grupo más escuchado, con los Stones y los Beattles. Emerson, Lake y Palmer habían estudiado en los Conservatorios ingleses así que no me extrañó que se hubiesen empeñado en el proyecto de ofrecer a los neoyorkinos un proyecto de esta naturaleza, poner en música de rock progresivo una composición clásica. Por esos días mi afición al grupo estaba en su acmé, así que consideraba un regalo de los dioses aquel encuentro en persona con ellos durante mi primera visita a Manhattan. No obstante, como se sabe, a los dioses casi nunca se les va la mano en términos de generosidad. Mi felicidad no iba a durar mucho. El mismo día de mi llegada me enteré en la taquilla que las entradas estaban agotadas desde hace días.  Mas frustrante, mucho más, sería mi segunda experiencia con Cuadros de una exposición. Mucho después de Nueva York se anunció en Caracas la presentación de Lazar Berman, uno de mis tres pianistas preferidos de la segunda mitad del XX (los otros Arturo Benedetti Michelangeli y Sviatoslav Richter). Con Berman aprendí a amar en aquel Nueva York, los Años de peregrinaje, de Liszt. Su interpretación de los Sonetos de Petrarca musicalizados por el maestro húngaro, son “sublimes” en el viejo sentido de la palabra (“Excelso de elevación extraordinaria”). El programa de la presentación en la capital venezolana estaba dedicado en exclusividad a Cuadros de una exposición. Media hora antes del concierto estábamos a las puertas del teatro esperando que lo abrieran. Ya en el umbral de la enorme sala, no fue Mussorgsky lo que escuché, sino el grito desaforado de un amigo en un estado de absoluta ebriedad que me llamaba dando voces. Le dimos la espalda a aquel regalo de los dioses y nos encargamos de llevar al amigo a su casa. “Y después de eso le seguiste hablando?”, me preguntaría un amigo. Recuerda, le dije, que amistad se escribe con A mayúscula, como amor. Pero, como insistía siempre Alain Delon, la A de amistad es más grande. Vuelvo a la magia de Berman en esta tarde otoñal de Milán convencido de que es la mejor versión de la partitura genial de Mussorgsky. Cuadros de una exposición es una Suite de diez fragmentos y un tema recurrente (“Promenade”) donde el compositor, en una suerte de “écfrasis” musical, describe diez pinturas de su amigo Viktor Hartmann, exhibidas, poco después de su muerte, en la Academia de Arte de San Petersburgo. Mussorgsky la comenzó en 1874 y, por diversos comproamisos (el Boris Godunov fundamentalmente), no escucharía nunca la versión completa de su partitura. Algunas décadas después, Ravel haría un arreglo para orquesta; probablemente genial, mas sin la intimidad ni el temblor de la versión para piano; en especial cuando la interpreta mi querido Lazar Berman, a quien no pude ver en persona, pero llevo siempre vivo en el alma.

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