
De acuerdo con el catecismo cristiano, hoy es el primero de los tres días en los que se fundamenta la tradición, el cual conmemora la Pasión de Cristo. Los otros dos se refieren a la Muerte y Resurrección. Se trata de la última versión de uno de los mitos fundadores de la tradición mediterránea. La del dios muerto despedazado y su resurrección. Todo comenzó con Osiris, lo prolongaron los griegos con Dionisio, y Cristo asumió el protagonismo de la última expresión del gran mito. Como Osiris y Dionisio también Cristo es un dios del vino, “bebed todos de él porque este es mi cuerpo”. No parece prudente dejar de alzar una buena copa de vino en un día como hoy.
Anita A. es uno de los personajes más desconcertantes de la ficción alemana de la post-guerra, una literatura no ayuna precisamente de personajes desconcertantes. Es tanta su errancia, son tantos los lugares visitados que confieso mi cansancio antes de terminar la primera página del relato. Se trata de una joven de 22 años nacida en Leipzig y mudada a la Alemania Occidental. Reincidente por casos de robos menores, tiene varias relaciones efímeras hasta terminar de nuevo encarcelada, esta vez en estado de una dudosa paternidad. Una existencia desprovista de heroísmos que deambula sin destino por una Alemania fragmentada y también desprovista de grandes convicciones. Bajo reiterados gobiernos de derecha, la Alemania “capitalista” es el hogar de la izquierda más luminosa de la post-guerra. El autor del relato, Alexander Kluge fue uno de los representantes más conspicuos de este momento brillante de la historia intelectual alemana. Estudio en Frankfurt, fue asistente de Adorno, a través del cual conocería al legendario Fritz Lang y trabajaría con él en la mediocre El tigre de Esnapur, una de las dos últimas producciones Lang, de regreso temporalmente en su país natal. Kluge, como buen alemán, fue director de cine y filósofo, narrador y ensayista. Como hombre de cine, fue uno de los fundadores del activo movimiento Nuevo Cine Alemán. (Reiz, Herzog, Schlöndorff, von Trotta, Fassbinder) En su estupenda autobiografía, El tiempo del cine, el tiempo de la vida, Edgar Reisz, reseña la excitación del ambiente de Múnich durante la post-guerra. El mismo que será el asunto de su formidable saga Heimat, donde recordará a Kluge entre los jóvenes cineastas empeñados en renovar el cine en Alemania. Como narrador, Kluge escribió novelas y cuentos. “Anita A.” es uno de sus relatos recogido en su estupendo volumen Biografías, una colección de diez historias dedicadas a igual números de protagonistas de la Alemania de la post-guerra. Su segunda película, La chica de ayer, es la versión cinematográfica de la historia de “Anita A.”. Una especie de reconocimiento a los directores franceses, especialmente Godard y Truffaut, que le sirvieron de modelo. La película al final es un ejemplo de adaptación cinematográfica, dependiente e independiente del texto. Un cuento es un cuento y una película es una película. La cinta será premiada en 1966 con el León de Plata del Festival de Venecia. Anita es un personaje insoslayable en la ilustre historia del cine de Alemania. El éxito de la cinta en buena parte se debe a la actuación de la joven actriz Alexandra Kluge, hermana del director Alexander Kluge. Una película que, a nivel formal, le debe todo a la influencia de los mejores representantes de la conocida Nouvelle Vague. Además de ser un modelo de adaptación cinematográfica de un texto literario.
La chica de ayer fue estrenada en 1966 y La fuerza de los sentimientos (Die Macht der Gefühle) es de 1983; sin embargo, el lenguaje radical de Kluge, su insistencia en la necesidad de la vanguardia para denunciar la comercialización de la actividad artística, permaneció inalterable o, mejor dicho se intensificó, durante los años de la violencia terrorista promovida por el grupo Baader-Meinhoff. Si para la primera consideró conveniente la influencia de los jóvenes maestros franceses, para la segunda explora las posibilidades de un lenguaje personal cuya gravitación en el cine de ruptura contemporáneo será considerable. Entre una y otra producción, Kluge realizó Los artistas bajo los capiteles, León de Oro en Venecia. La fuerza de los sentimientos es una muestra de lo que en esos años de búsqueda de nuevas posibilidades, se conoció, sin mayor acierto una “película-ensayo”. Ensayo como el género literario, en el cual el autor propone un tema cualquiera y expresa sus opiniones, y la de otros escritores, al respecto. En realidad, La fuerza de los sentimientos es un fascinante collage sobre cantidad de asuntos: la culpa, la redención, la venganza, la avidez, la violencia, la soledad. En suma, todos los componentes de aquella sociedad alemana dividida, pero en el umbral del menos previsible de los futuros: la reunificación. Todos los personajes parecen, y son, incompletos, la joven que quiere suicidarse; el extraño que la salva para violarla y abandonarla; Rigoletto y su fallida y trágica venganza; los ladrones de diamantes que cambian una piedra preciosa por la posibilidad de una vida armónica. Kluge lo ha escrito, su película no es sobre los sentimientos sino sobre la manera de asumirlos. Independiente del asunto, y lo más logrado, es la forma del film. Ese enorme collage de en ocasiones hermosas y siempre desconcertantes imágenes.
Al pie de estas montañas heladas se sienten las tremendas limitaciones de una religión foránea, como el judeo-cristiano, originado en la aridez del Medio Oriente, a la hora de extenderlo a una geografía como esta que nada sabe de desiertos ni mares. Las grandes montañas, desconocidas por los apóstoles fundadores del culto, son politeístas. Son muchos y variados los dioses que se tropiezan al penetrar en los bosques de estas cumbres heladas. Uno de los novelistas verdaderamente grandes del siglo XX, el noruego Knut Hamsun, sin nombrarlos alude a ellos de manera reiteradas en su visionaria y estremecida novelística. Como quiera que sea, hoy, a medianoche, se renueva el misterio central del cristianismo con la resurrección de su fundador. Uno de los dos milagros que aseguran su naturaleza divina. El otro: la transformación del agua en perfumado vino.
Toda novela que se respete debe ser una novela histórica. Por lo menos ha sido así desde Cervantes y, más tarde, Walter Scott. Su contemporáneo, el gran Henry Fielding, al narrar las peripecias de su héroe refería la historia de la sociedad inglesa a finales del siglo XVIII. El protagonista, Tom Jones, es el mejor exponente de la nueva comunidad de arribistas pequeños burgueses lista para desplazar la vieja aristocracia. Todas las novelas de Stendhal son históricas, todas las de Balzac, cientos de ellas, las de Gogol y Dostoievsky, y Tolstoy o Turgueniev. Virginia Woolf y Durrell, Pérez Galdós, Juan Goytisolo, Gallegos, Azuela, García Márquez, Vargas Llosa, González León, Abad Faciolince o Ana Teresa Torres. Todas las novelas que se respetan lo que son porque son novelas históricas. Es un deber de la novela ser histórica, como lo es En busca del tiempo perdido o Ulises, de Joyce.

Kairos, publicada en 2024 por la alemana oriental Jenny Erpenbeck y Premio Booker ese mismo, año es una formidable novela histórica. No obstante, lo que se cuenta es la tóxica historia de amor entre Katherina, diecinueve años y estudiante de diseño, y Hans, respetado novelista de cincuenta y cuatro, casado y con un hijo adolescente. Todo comienza con un encuentro casual después de abordar ambos, y bajar, del tranvía 46, que prestaba servicios en Berlín Oriental. Lo que sigue es un violento amor a primera vista, que los lleva, al día siguiente, a la cama matrimonial de Hans, provechando la ausencia temporal de mujer e hijo. Con algunas interrupciones, la relación se prolonga aproximadamente por cinco años. Conocemos los momentos de gloria de esta atracción fatal, así como los de miseria. Hans hace despliegue de una crueldad inusitada, después de un fugaz encuentro de Katherina con un compañero de estudios durante un semestre en Frankfurt, un pretexto cualquiera. Sin embargo, nada es insignificante para este hombre complejo y sofisticado, que pasa de la tortura verbal a la física, con sesiones de azote llevadas a cabo semanalmente con regularidad germana. La chica asume la humillación y el castigo, no con placer masoquista, sino como expiación de una culpa nunca precisada. El sadismo del intelectual parece una venganza por la dependencia que ha creado con la joven amante o la frustración por haber sido involuntariamente abandonado por su padre. En realidad, es una manifestación más de la vocación policíaca de todo en aquella Alemania y fallida utopía comunista. En su búsqueda de redención Hans se había trasladado del Occidente al Oriente de Alemania en lo más álgido del delirio estaliniano. El cuento podría asumirse, y ha sido leído de esta manera por algunos críticos, como una gran alegoría de la situación política en Alemania del Este. Hans personificaría, de esta manera, la administración totalitaria comunista, y Katherina sería la encarnación de aquella Alemania que aun después de veintiocho años de represión, confiaba en la reforma pacífica del sistema, tanto como del regreso de Hans al comportamiento de los primeros días. La relación se acerca dolorosamente a su desenlace al mismo ritmo, a la misma velocidad, con la misma música (algo así como el “Adagio” de la Séptima de Beethoven) a un impredecible final. La caída del muro fue el ruidoso descenso de la “Santamaría” de la URSS. Sin mayores descripciones, volvemos en las páginas finales, a la muerte de Hans y al presente de Katherina, casada y profesional en su nuevo país, la vieja Alemania de siempre.
Todavía conmovido por la devastadora novela de la Erpenbeck, Kairos; no es que sea talmente desgarrada, es por su tristeza. La conciencia de las limitaciones de la condición humana. Las posibilidades del fracaso en sus empresas, colectivas e individuales. La mayoría de los habitantes de la Alemania socialista confiaba en una salida al impasse producido por el agotamiento del modelo comunista. Un socialismo humanista o con “rostro humano”. El fracaso de un modelo no era el fin de una sociedad. La joven protagonista de Kairos cita unas líneas de Christa Wolf, la notable ensayista y novelista de Alemania del Este, publicadas en esos momentos de incertidumbre histórica: “Todavía tenemos la posibilidad de desarrollar, al lado de las otras naciones europeas, y con los mismos derechos, una alternativa socialista a la Alemania del Oeste. Podemos todavía mantenernos fieles a los ideales anti-fascistas y humanistas que fueron nuestro punto de partida”. Demasiado tarde. El sentimiento general era el de Katherina: de abandono. El país los había abandonado, como un mal padre. Como el padre de Hans, el desengañado intelectual de izquierda que comparte el protagonismo. Tal vez, sin darme cuenta, sea lo que siento en este momento, después de seis años fuera de Venezuela.

De manera casual, esta ha sido hasta ahora una semana de Alemania: Kluge, Reitz, Erpenbeck y ahora Anselm Kiefer, sujeto de una importante (todas las de este artista son importantes) muestra en el Palazzo Reale de esta ciudad. Las alquimistas es como la ha llamado, en alusión a las cuarenta damas de los siglos XV-XVIII que se destacaron por sus investigaciones pre-científicas, que en su tiempo fueron tomadas por peligrosas actividades de brujería. En todas, la voluntad de inscribir sus búsquedas en el esquema de del desarrollo alquímico, del opus nigrum al opus aureum, el proceso de transformar la materia a través de las etapas convencionales. Cuarenta nombres y cuarenta telas enormes, donde se refiere a la orientación
de las actividades de estas alquimistas. Cada una de las pinturas es un laboratorio alquímico donde Kiefer ha trabajado sus materiales con las mismas técnicas y elementos de aquellas precursoras del método científico: plomo, hierro, tierra, oro, fuego, fundición, sublimación. También cumple con el esquema el sentido de la exposición, que termina en una sala aparte con ocho lienzos cubiertos de oro que aparecen como una epifanía, como el triunfo de la luz sobre la oscuridad de los tiempos pasados y presentes. El artista alemán se valió de la emblemática “Sala de la Cariátides” del Palazzo Reale para su apasionante despliegue de genio e ingenio. Se trata de un enorme salón decorado con docenas de estas columnas que fuera destruido durante los bombardeos aliados de 1943. Los encargados del restauro decidieron dejar las columnas en su estado de dolorosas mutilaciones. Las cuarenta mujeres seleccionadas por Kiefer expresan alegóricamente la violencia, no menos cruel, con la cual fueron tratadas por las respectivas sociedades en las que desarrollaron sus actividades de alquimistas. El estupendo catálogo incluye reveladores ensayos de la curadora Gabriella Belli, así como de Lawrence M. Principe, Natacha Fabri y Gabriele Guercio.

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