Literatura

Pensar, sentir, escribir

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Fotografía de Nurcan Çetinkaya

“Yo creo que ya no se puede escribir libros. Por lo tanto, no escribo más libros. Casi todos los libros no son más que notas a pie de página, infladas hasta convertirse en volúmenes. Por eso escribo sólo notas a pie de página.”

Bobi Bazlen

“Los libros que ahora se producen se han alejado veinte veces de los hechos reales. Parece que nuestros escritores han olvidado que se puede tener por blanco cualquier cosa, menos literatura literaria. Pero en sus relaciones profundas, en su origen en las grandes mentes, este gran medio e institución sólo tiene que ver con pensamientos, hombres, cosas y con el alma originariamente.”

Walt Whitman

“Por miedo a perder el tiempo sin hacer nada se malgasta, se derrocha el tiempo precioso, en numerosas simulaciones de hacer algo, y que son auténticas nadas.”

Pedro Salinas

El pensamiento es algo que tiende a coger un vuelo autónomo, y con piloto automático. Usualmente, cuando empleamos el verbo “pensar”, que está emparentado con “pesar” por su raíz etimológica, lo hacemos para referirnos a ese revoloteo superficial del intelecto, a veces en torno a los hechos, a menudo girando embelesado sólo sobre sí mismo. El intelecto aislado, la gran cabeza separada del cuerpo y sus claros y oscuros instintos. Ese “pensar” carece de sentido y más bien distorsiona nuestra percepción de la realidad. En verdad, en el fondo de la experiencia, “pensar” y “sentir” son el mismo verbo. Así sí podría valer la pena hablar, y quizás hasta escribir.

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De pronto uno que estaba harto de pensar, enfermo de tanto pensar, uno que quería, que necesitaba, como quien dice, dejar la mente en blanco, aliviarse de la fatiga de las estériles faenas mentales, se ve forzado a pensar. Es más, se halla en la circunstancia de tener que defender la libertad de pensar, porque la ve amenazada. A su alrededor pulula el fanatismo de las ideas y existen ya los “delitos de pensamiento” de los que habla Orwell en su novela 1984. También ve la amenaza de la violencia física por causa de las ideas. Y comprueba el profundo poder destructivo que pueden tener, mal empleadas, las palabras.

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El lenguaje, “el más peligroso de los bienes”, decía Hölderlin, el poeta que tanto construyó con palabras, antes de hundirse por cuarenta años en las aguas oscuras de la demencia, y aun dentro de ellas.

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Ahí está la mesa. Ahí el vaso de agua, transparente. Ahí los medicamentos. Ahí la ventana, la ciudad, el Ávila. El apartamento vacío, frío, sin la mujer ni los niños. La pantalla negra del televisor apagado. El timbre del teléfono en off. La mañana puede ser muy clara y al mismo tiempo estar uno hundido en un foso, chapoteando en el lodo.

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Ahí está el diccionario. A ver, “ansiedad”. Del latín anxietas. Estado de agitación, inquietud o zozobra del ánimo. Angustia que suele acompañar a muchas enfermedades, en particular a ciertas neurosis, y que no permite sosiego a los enfermos. ¿Y “angustia”? Es curioso, está a sólo dos páginas de distancia, y la raíz es parecida. Del latín angustia. Angostura, dificultad. Tiene que ver con “angosto”, con estrechez.

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En alguna parte de sus Pensamientos, Pascal dice que todos los problemas de un hombre comienzan cuando no puede estarse quieto en su cuarto. Coincido con Pascal, aquí en mi cuarto, inquieto.

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Transcribir un pensamiento ya pensado es algo aburrido, como vaciar cemento en un molde. Tratar de moldear, en cambio, con palabras, lo que se piensa en su estado primario de confusión, aún oscuro para uno mismo, aún no separado de lo que se siente, como el artesano que trabaja con sus manos la arcilla buscando una forma que no conoce, es otra cosa. Quizás la verdadera lidia con esa otra arcilla del lenguaje, esa materia de la que nos servimos y a la que servimos, para intentar decir lo que en ese momento necesitamos decir. Un juego serio donde los haya, pero cuyas reglas ignoramos, o cambian sin previo aviso. Un juego sin más fin que jugarlo, siguiendo el impulso ciego y avanzando entre el desconcierto, y que tal vez constituya el deleite singular de la escritura.

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Trato de acercarme en la escritura a lo que soy, a lo que voy siendo, no a lo que me gustaría ser. ¿Qué soy? No sé. Pero trato de mantenerme cerca de eso que no sé.

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Cuando hay suerte, no soy “yo” quien escribe, sino eso que no sé. Y no me pregunta si me gusta o me disgusta lo que hace.

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De aquí para allá te llevan, te zarandean los vientos. Eso es lo cierto. Subes y bajas con las corrientes de aire, que se ríen de tus decisiones y tu voluntad. Y eso es lo único que podrías registrar en esta página, si todavía las palabras tienen para ti algún peso.

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Expresión, expresión, pide el vacío. Testimonio de lo que no se puede decir. El que trabaja con palabras tiene que reconocer sus límites. Y desde ahí todavía se atreve a escribir. ¿Habrá que explicar las razones de la parquedad; de la escritura, más que fragmentada, resquebrajada? ¿O las pocas palabras llegarán a significar algo para alguien?

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La página en blanco es un placer si escribo gratuitamente, como ahora. Si es por obligación, la página en blanco puede llegar a ser una pesadilla.

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Prosa suelta, sin restricciones (acaso algunas mínimas). No tienes que escribir un poema, ni un ensayo sesudo sobre algún escritor, ni un artículo para el periódico. Prosa abierta, flexible, bien dispuesta para lo que venga, sea lo que sea, para recibirlo y tratar de darle forma. Prosa para ti mismo, para tu deleite o padecer personal. Uno que desconfía mucho de las palabras les da un voto de confianza. Un descreído de la capacidad del lenguaje para expresar la profundidad y los matices de la experiencia (o, más bien, de su propia capacidad para expresarse a través del lenguaje) se sienta a escribir un rato.

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Las palabras pueden servir para dos cosas: para mostrar u ocultar, para velar o develar la realidad. Otra vez Hölderlin: “Y se le ha dado al hombre... el más peligroso de los bienes, el lenguaje, para mostrar lo que es...”

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Un cuaderno secreto, un lugar donde te puedas permitir todo (o casi todo) lo que se te ocurra, un espacio donde lo más nimio encuentre acogida, donde se mezclen reflexiones, observaciones y simple registro, donde pierdas la noción de trabajo porque el trabajo se vuelva un juego (un juego serio, como los de los niños). Esa quizás podría ser, no una “salida”, sino una manera de entrar.

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Bienvenida sea la mescolanza de temas, las distintas maneras de ver o “puntos de vista”, los diversos tonos en el habla o la escritura. Como es en verdad en la vida, todo junto, todo revuelto. No ser “realista”, ser real.

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