

Si tuviera que escoger un pintor del Renacimiento probablemente escogería a Piero della Francesca. Daniel Oliveros, mi hermano, se inclinaría por Bronzino; Constanza, seguramente por Leonardo, y Eileen no estoy seguro. Durante varias décadas disfruté de la compañía de uno de los ángeles de Piero reproducido en el afiche que adorna una de las paredes de mi biblioteca en Valencia, Venezuela. Una lectura al acaso me había llamado la atención sobre la iconografía del maestro de Borgo Sansepolcro: Indagini u Piero, escrito por Carlo Ginzburg, el hijo de Natalia. Luego fueron los estudios de Roberto Longhi y Pope-Hennesssy. Escribo este comentario después de la lectura de un poema sobre una de las pinturas más misteriosas del arte occidental. Hablo de la Madonna del Parto, que se exhibe en el pequeño museo de un pueblito escondido de la Toscana occidental, Monterchio, donde nació la madre del maestro. La autora del texto es la norteamericana Sasha Wade, cuya traducción, a pesar de su poco decoro, anoto en este cuaderno.
No sé qué me trajo hasta aquí,
a Monterchio, levantada sobre colinas
protuberantes como el vientre de las ovejas.
O porqué, cuando me llevaron a ver el fresco
la “Madonna del Parto de Piero”,
me sentí como una intrusa
frente a una muchacha confundida
en la adolescencia
abriendo los botones de su desteñida
túnica lapisázuli.
Flanqueda por dos ángeles, está preñada,
confinada a la tienda de piel grisácea
que tapa el color de la sangre seca.
Sus ovalados ojos alicaidos dirigen mi mirada
a su mano derecha, colgando sobre la rendija
de la tela blanca que cubre desde el esternón
al ombligo. Sus dedos son suaves pero nudosos,
tal vez de tanto enlazar y desenlazar
su cabello toda la noche. Piensa que nadie
se dará cuenta de los dedos torcidos
de su mano izquierda recogida en la cadera,
como tratando de ocultar la insaciable necesidad
de juguetear, hurgar. Sus manos me regresan
a la joven de diecinueve que una vez fui
vestida con pantalones cortos y anchos
y camisa campestre color crema, mis dedos tamborileando
sin control sobre invisibles teclas de piano
en la parte exterior de mis muslos. De camino a casa.
andaba petrificada porque mi madre sabía que yo era
demasiado joven para salir en estado, nótó el brillo de mi piel
y fingió una sonrisa. Ahora, cincuenta años después,
frente a la Virgen, me pregunto cómo lo supo Piero,
para disimular el miedo en su rostro con tonos perlados.
Se ve serena, pero distraída, como cuando algo
ya ocurrió sin anunciarse. Como el débil zunbido
de un himno que permenece mucho después
de que el ángel se ha ido. Como el recién descubierto poder
que no escogió, pero que será suyo para siempre antes de que se seque.
La Madonna del parto tal vez sea la pintura más femenina que haya alguna vez admirado. Siento que no soy capaz de “llegarle”, como lo hace la Wade y mucho menos de recibirla.
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