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Milan, sábado 18 de octubre de 2025. Piero

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Piero

Si tuviera que escoger un pintor del Renacimiento probablemente escogería a Piero della Francesca. Daniel Oliveros, mi hermano, se inclinaría por Bronzino; Constanza, seguramente por Leonardo, y Eileen no estoy seguro. Durante varias décadas disfruté de la compañía de uno de los ángeles de Piero reproducido en el afiche que adorna una de las paredes de mi biblioteca en Valencia, Venezuela. Una lectura al acaso me había llamado la atención sobre la iconografía del maestro de Borgo Sansepolcro: Indagini u Piero, escrito por Carlo Ginzburg, el hijo de Natalia. Luego fueron los estudios de Roberto Longhi y Pope-Hennesssy. Escribo este comentario después de la lectura de un poema sobre una de las pinturas más misteriosas del arte occidental. Hablo de la Madonna del Parto, que se exhibe en el pequeño museo de un pueblito escondido de la Toscana occidental, Monterchio, donde nació la madre del maestro. La autora del texto es la norteamericana Sasha Wade, cuya traducción, a pesar de su poco decoro, anoto en este cuaderno.

Del Parto

No sé qué me trajo hasta aquí,

a Monterchio, levantada sobre colinas

protuberantes como el vientre de las ovejas.

O porqué, cuando me llevaron a ver el fresco

la “Madonna del Parto de Piero”,

me sentí como una intrusa

frente a una muchacha confundida

en la adolescencia

abriendo los botones de su desteñida

túnica lapisázuli.

Flanqueda por dos ángeles, está preñada,

confinada a la tienda de piel grisácea

que  tapa el color de la sangre seca.

Sus ovalados ojos alicaidos dirigen mi mirada

a su mano derecha, colgando sobre la rendija

de la tela blanca que cubre desde el esternón

al ombligo. Sus dedos son suaves pero nudosos,

tal vez de tanto enlazar y desenlazar

su cabello toda la noche. Piensa que nadie

se dará cuenta de los dedos torcidos

de su mano izquierda recogida en la cadera,

como tratando de ocultar la insaciable necesidad

de juguetear, hurgar. Sus manos me regresan

a la joven de diecinueve que una vez fui

vestida con pantalones cortos y anchos

y camisa campestre color crema, mis dedos tamborileando

sin control sobre invisibles teclas de piano

en la parte exterior de mis muslos. De camino a casa.

andaba  petrificada porque mi madre sabía que yo era

demasiado joven para salir en estado, nótó el brillo de mi piel

y fingió una sonrisa. Ahora, cincuenta años después,

frente a la Virgen, me pregunto cómo lo supo Piero,

para disimular el miedo en su rostro con tonos perlados.

Se ve serena, pero distraída, como cuando algo

ya ocurrió sin anunciarse. Como el débil zunbido

de un himno que permenece mucho después

de que el ángel se ha ido. Como el recién descubierto poder

que no escogió, pero que será suyo para siempre antes de que se seque.

La Madonna del parto tal vez sea la pintura más femenina que haya alguna vez admirado. Siento que no soy capaz de “llegarle”, como lo hace la Wade y mucho menos de recibirla.

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