Pensamiento

Habermas o la voz reparada

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Con el paladar hendido, nació Jürgen Habermas en Düsseldorf en 1929. Dos veces lo operaron en su infancia, pero su dificultad de habla siempre lo acompañó. En su discurso de aceptación del Premio Kioto, en 2004, lo cuenta con la franqueza escueta de quien por décadas ha reflexionado sobre un dolor: esa discapacidad le enseñó, antes que cualquier libro, lo que significa depender de otros y necesitar la comunicación para existir.

También dice allí algo difícil de olvidar para quienes trabajamos con la escritura: que siempre estuvo convencido de la superioridad de la palabra escrita sobre la hablada, porque la forma escrita disimula el estigma de la oral. En la página, el filósofo encontró el lugar donde su voz podía ser precisa. Y de ese refugio en la precisión nació una de las ideas centrales de su pensamiento: la diferencia entre la comunicación que usamos a diario, casi sin darnos cuenta, y el discurso como intercambio deliberado de razones. Puede decirse entonces que la teoría más ambiciosa del siglo XX sobre la palabra pública nació de un defecto del paladar, en un cuerpo que no podía expresarse bien.

Habermas murió el sábado 14 de marzo en Starnberg, cerca de Múnich, a los 96 años. Lo confirmó su editorial, Suhrkamp. Con él se cierra una de las trayectorias intelectuales más importantes de la posguerra europea: al menos setenta años dedicados a una sola pregunta formulada de mil maneras, pero en el fondo siempre la misma. ¿Puede una sociedad gobernarse a partir de la conversación racional entre ciudadanos libres? ¿Bastan los procedimientos y las instituciones para que exista la democracia, o hace falta algo más: la disposición real a escuchar razones, a ofrecer argumentos, a reconocer en el otro a un interlocutor legítimo?

Todo el entramado de su obra —la Teoría de la acción comunicativa, la ética del discurso, la concepción deliberativa de la democracia— descansa en esa convicción: la legitimidad política no se funda en la fuerza ni en la tradición, sino en el diálogo real. La esfera pública, ese espacio donde los ciudadanos discuten lo que les importa, no es un adorno de las democracias liberales, sino su condición de posibilidad. Sin conversación pública hay, a lo sumo, administración del poder.

Quienes venimos de países donde ese espacio se ha roto —donde la descalificación sustituyó al argumento, donde el insulto ocupa el lugar del debate y la propaganda el de la información— sabemos que Habermas no formulaba una utopía: describía un mínimo. En nuestras propias vidas hemos sufrido su pérdida.

Hay que decir que Habermas no pensaba a los noventa lo mismo que a los cuarenta. Y eso en un filósofo es raro y valioso. Nancy Fraser le reprochó que su esfera pública fuese, en realidad, la esfera pública burguesa y masculina. Chantal Mouffe objetó a su modelo dar por sentada una simetría que el poder real deshace a cada paso. Habermas incorporó esas críticas. Su disposición a corregirse era una praxis coherente con su propia teoría: si la fuerza del mejor argumento debe prevalecer, hay que estar dispuesto a perder la discusión.

Y la corrección fue más allá de lo político. Su sistema, fundado en el intercambio de razones entre hablantes competentes, dejaba fuera a quienes no podían tomar la palabra en esos términos. Habermas lo sabía: escribió que evitar la crueldad hacia todo ser capaz de sufrir es un deber moral universal, no una concesión sentimental, aunque su propio marco teórico no pudiera acomodarse del todo a esa intuición.

En enero de 2004, en la Academia Católica de Baviera, el filósofo se sentó a debatir con el cardenal Joseph Ratzinger sobre si la democracia liberal puede sostenerse sin ningún fundamento que la trascienda. Habermas, agnóstico declarado, admitió lo que buena parte del progresismo europeo sigue negando: que las tradiciones religiosas conservan contenidos morales y antropológicos que la razón secular no ha logrado sustituir. Que no se las podía expulsar del espacio público como si fueran residuos del pasado.

Nunca se convirtió. Nunca abandonó su marco filosófico. Pero lo ensanchó. En sus últimos años, Habermas admitió que la razón discursiva tiene fronteras, y que más allá de estas hay seres y sentidos que merecen consideración: las voces excluidas por la historia, los animales que sufren, las tradiciones religiosas que la modernidad creyó superadas.

Su diálogo con Ratzinger, publicado como Dialéctica de la secularización, sigue siendo uno de los textos más lúcidos del siglo XXI sobre los límites de la razón moderna. Quizás tan solo por la honestidad con que plantea el problema.

En 1955 se casó con Ute Wesselhoeft, quien murió el año pasado. Tuvieron tres hijos: Tilmann, Rebekka —historiadora, fallecida en 2023— y Judith.

El hombre que nació sin poder hablar bien dedicó su vida a pensar por qué la palabra compartida es el único fundamento legítimo de la convivencia. No es una mala forma de haber vivido noventa y seis años.

Para quien quiera ir más allá

De Habermas:

Historia y crítica de la opinión pública (1962). Gustavo Gili, Barcelona, 1981. El libro que inauguró su pensamiento sobre la esfera pública. (Agotado en papel; disponible en ebook en librerías digitales.)

Teoría de la acción comunicativa (1981). Trotta, Madrid, 2010. La obra central, en dos volúmenes.

Conciencia moral y acción comunicativa (1983). Trotta, Madrid, 2008. Donde desarrolla la ética del discurso y reconoce el deber moral hacia los seres capaces de sufrir.

«Espacio público y esfera pública política. Raíces biográficas de dos motivos intelectuales», discurso de aceptación del Premio Kioto, 2004. En inglés.

Jürgen Habermas y Joseph Ratzinger, Dialéctica de la secularización. Sobre la razón y la religión, Encuentro, Madrid, 2006.

Sobre Habermas:

Stefan Müller-Doohm, Jürgen Habermas. Una biografía, traducción de Alberto Ciria, Trotta, Madrid, 2020.

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