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Milan, miércoles 22 de octubre de 2025. Cinetismo

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Cinetismo (2)

Fueron pocos (Piero es uno de ellos) los maestros del Renacimiento que no asumieron el proyecto poco obvio de describir el movimiento en sus pinturas. Los perros de Mantegna no despegan sus vigilantes ojos de nosotros mientras caminamos por la sala principal del Palazo del Te. La Primavera de Boticelli se despliega con tal rapidez que apenas cambiamos la mirada la ninfa se escapa envuelta en el aire perfumado de lavanda. Y sólo el cine podría describir de manera más fidedigna los apuros de Eneas, con su padre a cuestas, mientras huía del incendio de Troya, tal como lo hizo Rafael para las Estancias Vaticanas. Y así muchos otros.

Pero nadie más atento y obsesivo que Leonardo, autoridad suprema de esta aspiración. El movimiento era el fundamento de su concepción del mundo, como más tarde Galileo. Los personajes de la Ultima Cena nos convencen que son actores de una pieza en plena acción dramática. Su “San Juan” en el Louvre no está volteado, se está volteando. Una obsesión con el movimiento que encontró la muestra más convincente en su serie de dibujos sobre hidráulica en la Colección Windsor. Se le empañan los anteojos a uno si acerca demasiado. Más que el Barroco y el Neo-clasicismo, los pintores románticos franceses, Gericault y Delacroix, insistirán en las posibilidades de dotar de movimiento la precariedad de la superficie bidimensional. La Revolución industrial rendirá culto al desplazamiento con sus trenes cada vez más veloces. Todo se movía en el París del Segundo Imperio. Comenzando con las clases sociales, que subían o bajaban con la misma velocidad de las locomotoras. El mismo Napoleón III pasó de oscuro periodista en el exilio a brillante emperador, émulo de las pompas y circunstancias de su tío, Napoleón el Grande.

Los pintores del período sintieron la fascinación del movimiento. Monet lo expresó en sus estanques y estaciones ferroviarias. Pero ninguno se dedicó de manera tan seria como Seurat a convencernos de que sus figuras se movían. Y nos dejó el más inquietante testimonio de la condición fantasmagórica de un mundo tomado por la inmovilidad. Si en La Grande Jatte deja claro que todos sus protagonistas no son más que fantasmas, en Circo nos preocupamos por el equilibrio de la joven en su rauda montura. Pocas figuras en la pintura occidental se han movido de manera tan convincente como los protagonistas de este espectáculo. Habrá que esperar hasta el futurismo italiano.

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