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Milan, viernes 3 de octubre de 2025. Samuel Barber

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Samuel Barber

Desde mi Valencia natal, en Venezuela, Daniel Labarca me comenta el Adagio del norteamericano Samuel Barber (1910-1981). Me dice que lo escuchó por primera vez muchos años atrás, en Londres, con la Sinfónica de la ciudad dirigida por André Previn. Le causó extrañeza aquella música producida en una de las ex-colonias del imperio, especialmente cuando se interpreta en el Royal Albert Hall, uno de los centros de la cultura victoriana. Hay que reconocerle a Previn haberse atrevido con un compositor casi desconocido en Inglaterra. Fue una de las muchas maneras en las cuales rendía reconocimiento a los Estados Unidos, su patria adoptiva a donde llegó, huyendo de la barbarie nazi, a los nueve años. Termina mi amigo, quien a la sazón era investigador del Departamento de Matemáticas del Imperial College y consideraba seriamente en convertirse en súbdito de la reina Elizabeth, que compartió con el resto de la audiencia su estupor ante la pieza de Barber. Y que le tomaría tiempo apreciarla en su inquietante belleza. A mí, por el contrario, que preferí la barbarie neoyorkina a la civilización post-imperial, siempre me ha gustado Barber. Y tengo su Adagio como una de las partituras más admirables de todo el siglo XX. En su brevedad, se debe entender como un compendio de toda la desazón el malestar, la culpa y redención del mundo moderno. Lo mismo puede decirse de su hermoso Concierto para violín, cuya escritura coincidió con el inicio de la Segunda Guerra Mundial.

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