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Milan, lunes 29 de septiembre de 2025. Provenza

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Pintura y religión en Provenza (1)

Un siglo como el XX, que no se caracterizó precisamente por su fervor religioso, produjo, sin embargo, algunas manifestaciones notables de arte sacro. No pocas se encuentran en Provenza. A tres de ellas pude visitar recientemente, todas elaboradas en la “alta edad” de sus creadores. A saber: el Mensaje Bíblico de Chagall, en el Museo de Niza que lleva su nombre; la Capilla del Rosario, de Matisse en Vence; y, por último, los modelos para los vitrales que Leger realizó en la iglesia Aundincourt.  Las inquietudes religiosas de Chagall se pueden distinguir a lo largo de toda su obra. Desde su pintura de juventud en Rusia hasta su producción tardía, su formación intelectual está presente en sus obras. Aunque casi siempre referidas a las tradiciones hebraicas, no son pocas las ocasiones en las que refiere la leyenda cristiana, con el tratamiento de episodios tan fundamentales como la Anunciación o la Pasión.

El Museo Chagall de Niza fue promovido por André Malraux, Ministro de la Cultura de De Gaulle, para albergar la generosa donación de las diecisiete enormes telas del Mensaje. El extraordinario corpus fue realizado durante las numerosas estadías del maestro en la región. Una iconografía básica, protagonizada por personajes como Adán y Eva, Abrahán, Jacob, Moisés o Cristo. Chagall fue uno de los narradores más hábiles del arte del siglo pasado. La banalidad del tratamiento de esos asuntos marcadores hace difícil la experiencia religiosa profunda que se siente ante la iconografía de otros maestros del arte occidental. Lo religioso, no obstante, se presenta al entrar en la sala. El cromatismo de las telas, el azul de siempre, el rojo incandescente, el amarillo de la mostaza derramada. El conjunto canta como una cantata barroca, con el componente adicional de una sensualidad y una aromática propia de esta Provenza donde vivió diecisiete años seguidos (1949-1966) y a donde regresó a quedarse para siempre con sus blancos huesos que descansan en el cementerio de Saint Paul de Vence. El cromatismo de Chagall, en la sala principal de su museo en Niza, es un verdadero milagro retiniano. Y pocas cosas más religiosas que los milagros.

No recuerdo (probablemente los hay) elementos religiosos en el arte de Matisse, un maestro obsesionado desde la infancia por el color y sus movimientos y música. Fue impresionista, post-impresionista, puntillista y fauve. No “se hallaba”, como dicen en Venezuela, hasta que los azules míticos del Mediterráneo se apropiaron de sus pupilas. Y, como un Ulises cualquiera, le dio vueltas al mare nostrum desde sus dos orillas. El gran mar con, sus cielos y su gente, durante su larga existencia fue su única religión. Así, al menos hasta que ya anciano fue sometido a una invasiva cirugía de abdomen que lo reduciría durante sus últimos años a la cama y la poltrona. Durante su larga convalecencia haría amistad con su enfermera, la eficiente Monique Bourgeois, que le sirvió reiteradamente de modelo (es la Virgen María de sus dibujos, donde la joven madre aparece con una felicidad, propia de la ignorancia del destino de su hijo, y la dama de las telas “Tabac Royal” y “Vestido verde con naranjas”) hasta que decidió ordenarse como monja. En su nueva condición, estuvo en contacto con los dominicos que tienen su sede en la ciudad. Casualmente (esto sólo sucede en Francia) uno de los monjes era arquitecto familiarizado con la obra del pintor. “Yo les voy a construir la capilla”, les prometió el viejo maestro a las monjas. Sus ideas, tan claras como toda su obra, fueron llevadas a la práctica por el padre Couturier.

La primera experiencia arquitectónica de Matisse por desgracia fue la única. Se trata de un diseño de lirico minimalismo y limpieza solar. Se encargó del diseño de todos los elementos de la capilla, desde los candelabros a los vitrales y desde la campana al altar. El resultado es una de las iglesias más bellas y armónicas construidas en todo el siglo veinte. El blanco se introduce en el espacio para cubrirse con el reflejo del discreto cromatismo de los vitrales. La decoración es de un rigor protestante. La única imagen de un santo es el gigante dibujo de Santo Domingo a un lado del altar. Y, en un despliegue de síntesis, las catorce imágenes del vía crucis son reducidas a catorce dibujos que representan cada una de las estaciones. La blancura del conjunto, en el cual hasta los colores son blancos, remite al silencio de la experiencia mística. En su segunda existencia, aquel mago del color, que había pintado de violentos matices todo lo que veía, rostros, cielos, mares, se limita a cantar su experiencia religiosa como hacen los grandes místicos, en blanco y en silencio.

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