
Uno de los signos más lamentables de un siglo XXI, que se tardó hasta el año pasado para comenzar, es lo que se podría conocer como la deshumanización de la ética. En especial, la ética del que gobierna, del que dirige los destinos nuestros, del responsable de la salud de la sociedad. La ética del que gobierna es gobernar bien. El bienestar de los gobernados, comenzando con la paz, es lo que justifica su gestión. Al principio con asombro, y luego con indiferencia asistimos a los asesinatos en masa promovidos por gobernantes que sin miramientos ponen en práctica medidas que contradicen la aspiraciones del buen gobierno. Con la de los gobernantes, la de los científicos, es una ética deshumanizada. Con objetivos que dejan de lado el bien común por la tentación de una súbita y delirante acumulación. Ni unos ni otros hacen lo que deben hacer, que es el fundamento de la ética.

Uno de los proyectos cinematográficos más dilatados que conozco, con sus claros antecedentes en las épicas extraviadas de von Stroheim, y las más conservadas de Abel Gance (Napoleon, 1927: 9h22) y Fassbinder (Berlin Alexanderplatz, 19h:15) es Heimat, de Edgar Reitz, que se prolonga, en su primera parte, la que se estrenó en los cines alemanes en 1984, por 15h24. La segunda parte habría de superarla, en su versión para TV con sus 25h29. A las que siguieron otras tres secciones más breves, para un total de 59 horas y 26 minutos. En su versión definitiva, para televisión, ha sido dividida en docenas de capítulos de extensión irregular. La versión cinematográfica de la primera sección contó con un inesperado éxito de público en Alemania y los Estados Unidos. “Heimat”, que se puede traducir como “país natal”, “terruño”, “patria tierra”, despierta oscuras resonancias, después de ser utilizado en sus campañas proselitistas por la propaganda nazi para difundir un nefasto nacionalismo. En la gesta de Reitz, Heimat remite al sentido original, el pueblo donde se desarrolla la primera parte de la historia y a la cual regresa después de mucho tiempo el protagonista.
En su revelador libro de memorias, El tiempo del cine, el tiempo de la vida. Recuerdos. (Filmzeit. Lebenszeit. Erinnerungen, 2022), el realizador, Edgar Reitz, expone el sentido de Heimat, su inmodesta aspiración y su intento de ruptura con las convenciones:
El proyecto Heimat significaba mi distanciamiento del cine clásico. Heimat no era
un film para el cine, no estaba pensado para que lo fuera, pero tampoco quería
que fuera una película para televisión… El cine será un día libre, como la literatura,
que a lo largo de su infinita historia ha conquistado incontables formas, géneros y
formatos: el drama, la novela, el cuento, la poesía, el ensayo, el aforismo y, sobre todo
la gran épica, que sería el modelo para mi Heimat. Durante muchas noches de insomnio
juré que un día haría películas como si fuesen libros.
Las ambiciones de Reitz no parecen haberse realizado. No es un libro, tal vez por fortuna, ni es una épica. Está escrita con imágenes y no con palabras, y es ayuna de los héroes que protagonizan los poemas heroicos. Se trata más bien de una gigantesca, y siempre reveladora, saga cinematográfica con el protagonismo compartido del pequeño pueblo alemán donde se desarrolla y los alemanes que lo habitan. El eje es la historia de la familia Simon desde el comienzo de la Gran Guerra hasta los años de la post-guerra y la reconstrucción, donde termina la primera sección.
No son numerosas las compositoras del Barroco que se hayan dado a conocer. Las condiciones de la mujer eran las más precarias, y, entre todas las artes, la música fue un ejercicio de predominio masculino. Ni siquiera el romanticismo, con su idealización de lo femenino, fue muy distinto. Mujeres del talento de Clara Schumann o Fanny Mendelsohn fueron relegadas en fecha tan tardía como mediados del XIX. El caso de Isabella Leonarda ilustra este prejuicio en tiempos del Barroco. Su temprano talento sólo podía expresarse de manera adecuada al servicio de las instituciones eclesiásticas. En su caso, el convento de las Ursulinas de Novara, donde había nacido en el seno de una distinguida familia. Gracias a la influencia familiar llegaría ser Madre Superiora del convento novarese. Escribió con el mismo empeño de sus colegas barrocos y dejó más de doscientas composiciones de música sacra. Sólo le conozco parte de su música instrumental en la que el elemento religioso no es obvio. En especial, sus sonatas Op.16, objeto de un programa especial por parte de BBC 3. Y de ellas, la más conocida, con claras referencias vivaldianas, y delicada Sonata No.12, digna de ser escuchada reiteradamente.

Tal vez no sea aventurado escribir que la literatura occidental, lo mejor de ella, por lo menos desde Homero, hasta exponentes más cercanos como el viet-norteamericano Ocean Vong o el venezolano Alberto Barrera, es una sola gran crónica. Es decir, una expresión artística del tiempo, de la época, en la cual fue escrita. No obstante, el nuevo orden instaurado por la burguesía precisó de géneros no convencionales, como la novela y, a falta de mejor nombre, la “crónica”. Con este nombre, la crónica, como género literario, nació condenada a hacer honor a su nombre. Sería una contradicción en términos una crónica cuyo asunto central no fuera el tiempo. Y los mejores cronistas lo han entendido de esta manera. Las crónicas de arte de Diderot, sus famosos “Salones” son indisociables de la sociedad iluminista de su tiempo. Lo mismo las del venezolano Enrique Bernardo Nuñez, o las más recientes de su compatriota Pedro Salvati Plaza. Salvati Plaza es el autor de unas penetrantes crónicas sobre la ciudad de Nueva York en la segunda década del siglo XXI. Lo que me dijo Joan Didion (2017) es como la llamó, y es una elocuente y acabada muestra de los alcances del género de la crónica en la época post-moderna. De acuerdo a esta nueva poética, la crónica es un mestizo de ajustadas descripciones del ambiente y sus protagonistas, a la cual se incorpora un componente confesional. Leyendo el libro de Salvati conocemos tanto de la atractiva biblioteca de la Universidad de Nueva York, de Philip Johnson, como de los últimos, dramáticos días de su madre en una clínica de Caracas. Nos enteramos de que es uno de siete hermanos, de que tiene dos hijos de su primer matrimonio, de que volvió a casar; y de que su suegra se llama Mercedes, cuya mirada le recuerda la de Joan Didion. Puesto así, parece un despliegue de intimidades que no interesan sino al autor y a sus allegados. No obstante, en el libro, como gestalt, se presentan estas revelaciones de manera natural, como necesarios para apreciar el resto de las páginas. Salvati Plaza domina el difícil arte de la confesión sin narcisismo. Hace que las informaciones más banales para el lector, como la de que su padre fue campeón de tiro al plato en Oslo en 1961, parezcan interesantes. No es el único mérito de Lo que me dijo Joan Didion, un libro de crónicas sobre Nueva York que incluye, como en un collage, retazos de sus recuerdos de la Caracas tristemente revolucionaria. Si algo hay que reconocerle a Salvati Plaza es la sensata administración de su protagonismo. Aun en los momentos más confesionales, Nueva York sigue siendo la diva del proyecto. Una ciudad cuya mítica fascinación compensa todas las estrecheces. No tiene la belleza de París o Londres. Es más brutal, si se quiere, pero es la ciudad más sincera, la menos hipócrita de esta parte occidental del planeta. Podría decir Nueva York, como el Popeye de Robert Altman, “I am what I am”. Salvati, después de su primer año de residencia en la moderna Urbe, la entendió de esta manera y es así como la presenta en Lo que me dijo Joan Didion. Su ágil prosa no es la menor de sus virtudes. Un estilo preciso, con el ritmo de las caminatas que el autor desplegó en aquella siempre fascinante Manhattan.
Lo confesional, con sus concesiones a la intimidad, es desplazado por lo testimonial en el libro más reciente de Plaza Salvati. Es una especie de crónica de un exilio en su propio país. El azar quiso que la visita planificada por el autor a Venezuela se convirtiera en “encierro” de doce meses cortesía del Covid. La vida interrumpida (Libros de la catarata, 2025) es el testimonio de un buen cronista que se dedicó a observar, a ver, a escuchar y oler el país que la fortuna le presentó durante un largo año de pandemia. A su favor, el hábito de realizar largas y cotidianas caminatas que lo puso en contacto con buena parte de la accidentada topografía de la ciudad de Caracas. El libro de Salvati es un álbum fotográfico de la ciudad en los tiempos indigentes de la revolución bolivariana donde las imágenes han sido sustituidas por frases y oraciones. No conozco mejor descripción de los estragos ocasionados por la administración en los últimos treinta años. Con la pulcritud con la que describe lo que ve, Salvati no deja de incursionar en las revelaciones personales (el brutal asesinato de su hermano y su primo). No obstante, el autor las exime del patetismo de lo confesional. De nuevo, se trata de testimonios presentados con la misma objetividad que dedica a presentar las ruinas de lo que una vez fuera tierra de gracia. Estas son las últimas líneas de la esmerada Introducción de Antonio Muñoz Molina: “El retrato es desolador, pero de la melancolía irreparable lo rescata la intensidad de la experiencia vivida y la curiosidad y la compasión hacia los muchos náufragos que perseveran en su humanidad en medio del desastre”. La vida interrumpida, es una lograda muestra de los alcances de la crónica en tiempos de post-modernidades.
Tal día como hoy mi padre estaría cumpliendo 105 años. Imagino que donde se encuentre, que no espero sea el cielo, estará compartiendo una de sus botellas de Sello Negro con algunos amigos. Entre los asistentes no me extrañaría que se encontrase el querido Eugenio Montejo. Que se diviertan.
Murió hace poco José van Dam, con Gobi y Raimondi uno de mis barítonos, bajos y bajo-barítonos más amados. Tuvimos, Eileen y yo, el privilegio de escucharlo al lado de la formidable Aja Silja, en la producción del Metropolitan de Wozzec. Hoy, en una tarde de indecisa primavera, lo recuerdo escuchando parcialmente un recital en París de 1978, un año antes de nuestra experiencia neoyorkina. La primera canción del recital es la profundamente melancólica y aterciopelada, como la noche, “Du bist die Ruh”, de Schubert. La seguirán “Der Wanderer”, “Ungeduld” “Adieu”. Me despido del admirado cantante belga con su estremecida y memorable versión de “La quête”, el clásico de su paisano Jacques Brel. Un pequeño recuerdo para este admirable solista que, además, tiene que haber sido un hombre formidable.
Los poemas que reproduce el suplemento La lettura, originalmente fueron publicados en la Antologia di poesía cinese contemporánea, traducida por Francesco de Luca para Delufa Press. A partir de las versiones italianas he traducido los textos al castellano.
Noche serena
Oh, poeta en el exilio,
¿es para ti esta noche serena,
esta noche dulce y tierna como una esposa nueva,
que corre entre las montañas, las olas
el repique de las campanas de medianoche?
¿Es para ti esta noche que, bajo la luna
abre los brotes como pequeños cisnes desplegando sus alas?
No, esta noche carece de luna, de flores y cisnes.
Mis dedos mojados por la fina lluvia con perfume de hierba fresca
¿Es también para ti una noche de lluvia como esta?
Sí, es toda para mí.
No creas que mi amor está lleno de musgo.
Me nutro del aire y saco el calcio de la luz.
Mis bigotes son como plumas de flechas,
Y mi amor es tímido como el color de la noche.
Oh, amigo que me hablas de la noche,
Préstame los diez dedos de tu blanca mano.
La noche en una gota de agua,
La noche entera en una gota de agua
Una lágrima sin nombre
Una lágrima crecida en el campo
Que vuela en las noches del campo,
En las calzadas, en cualquier jardín invernal.
Más allá del crepúsculo vi al Rey Dragón de los Cuatro Mares
Levantar el cielo
Como si fuese un mar negro pintado de noche
Ahogando palomas salvajes
El mar ha empujado a la orilla
La noche en una gota de agua
Empujada hacia mis brazos
Noche y día, siempre cercanos, como en un sueño
Una lágrima tiene su propia sonrisa
Como una estrella en la noche,
Estos desconocidos han amarrado los caballos
en los vastos bosques de la Reina.
La cabra
A Umberto Saba
Señor, estoy buscando una cabra,
una cabra sola y sin esperanza,
una cabra de nombre Saba.
Señor, esa cabra no tiene nada que la distinga,
sólo tiene un rostro
colmado de tristeza,
porque recuerda su tierra natal, las colinas
y las sencillas canciones del pastor.
Señor, estoy buscando una cabra,
que en un tiempo vagaba por las tierras de Italia
con invisibles heridas en el fondo del alma.
Este es el original del poema “La Cabra” del Italiano Umberto Saba (1883-1957):
Ho parlato ad una capra.
Era sola sul prato, era legata.
Sazia d’erba, bagnata
dalla pioggia, belava.
Quell’uguale belato era fraterno
al mio dolore. Ed io riposi, prima
per celia, poi perché il dolore è eterno,
ha una voce e non varia.
Questa voce sentiva
gemere in una capra solitaria.
In una capra dal viso semita
sentiva querelarsi ogni altro male,
ogni altra vita.
Mi traducción:
Le hablé a una cabra
que estaba sola en el prado, atada,
harta de hierba; y, mojada
por la lluvia, balaba.
Aquel balido era afín
a mi dolor. Y respondí, primero
en broma y luego porque el dolor es eterno,
y tiene una sola voz que no cambia.
Sentía esta voz
gemir en una cabra solitaria.
En esa cabra de rostro semita
sentía el lamento de todos los males
de todas las criaturas vivas.
Saba, considerado uno de los cuatro grandes de la lírica italiana del XX, nació en Trieste, de madre hebrea y padre católico converso al judaísmo, que lo abandonó antes de nacer. Su existencia y su obra estuvieron condicionadas por una crónica melancolía que requirió atención psiquiátrica de manera reiterada. Buena parte de su vida la pasó entre los volúmenes de su legendaria librería “Antigua y Moderna” en su nativa Trieste. Es autor, asimismo, de Ernesto, la difundida novela que tiene al homoerotismo masculino como asunto. Su poesía, desde temprano, ha sido traducida a todos los idiomas.

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