
“Todo lo que sabemos es nada, somos simples papeleras atestadas a menos que entremos en contacto con lo que se ríe de todo lo que sabemos.”
D. H. Lawrence
Juan Sánchez Peláez, en esa suerte de arte poética que es “Filiación oscura”, de reflexión sobre cómo se escribe un poema, concluye: “En la mayoría de los casos, uno no sabe nada”. Rafael Cadenas, en sus Anotaciones, dice: “Si algo tiene que ver con la poesía es la ignorancia fundamental, el no saber, sobre el cual está erigido el mundo del hombre”. Y más adelante: “Vivo desde la ignorancia radical”. Wislawa Szymborska, por su parte, en su discurso de recepción del premio Nobel, recalca: “El poeta, si es un poeta de verdad, tiene que repetir sin descanso: no sé”. Ellos, entre otros, insisten en contraponer la incertidumbre del poema a la aparente seguridad del conocimiento.
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La cualidad esencial de la poesía, según Cadenas, es que “mira al misterio, lo tiene presente”, mientras que otros modos del lenguaje “no lo advierten, no le dan cabida, operan a sus espaldas; muchos de ellos son seguros, afirmativos, sapientes; están llenos de suficiencia; rezuman autoridad”.
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Szymborska, en el mismo discurso, hablando de “verdugos, dictadores, fanáticos, demagogos”, aunque la lista podría extenderse largamente, advierte: “Ellos ‘saben’. Saben, y lo que saben les basta de una vez y para siempre. No se interesan en nada más, porque eso podría debilitar la fuerza de sus argumentos. Y cualquier saber que no provoca nuevas preguntas se convierte muy pronto en algo muerto, pierde la temperatura que proporciona la vida”.
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De acuerdo, de acuerdo en todo, pero yo no limitaría la salida de este enredijo a la poesía, ni al poema como género. Lo extendería a toda forma de escritura que intente expresarse desde lo que Alan Watts llama “la sabiduría de la inseguridad”. Además, los poetas no son los únicos a los que les toca padecer la constante incertidumbre.
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Hablar desde la inseguridad de cada instante, palabra por palabra, es decididamente más difícil que ampararse en algún sistema de pensamiento, alguna teoría, alguna explicación razonable sobre la tragicomedia permanente que es la vida. La mayoría parece preferir resguardarse en alguna edificación sólida del pensamiento o la fantasía que enfrentarse a los simples, desnudos, crudos hechos.
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“Hay, nos parece,
a lo sumo, sólo un valor limitado
en el conocimiento derivado de la experiencia.
El conocimiento impone una norma, y falsifica,
pues la norma es nueva en cada momento
y cada momento es una nueva e hiriente
valoración de cuanto hemos sido.”
T.S. Eliot
Decía Juan de Mairena a sus alumnos: “No me toméis demasiado en serio. Pensad que no siempre estoy yo seguro de lo que os digo, y que, aunque pretenda educaros, no creo que mi educación esté mucho más avanzada que la vuestra”.
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Conozco a un profesor de poesía que en otro tiempo escribió primorosos versos, pero que ahora se mudó al terreno de la prosa. Allí trata de mantener a raya las efusiones líricas, el “lenguaje poético” que tiende a elevarse, la tentación de las palabras que deslumbran, e intenta expresarse en un tono más llano. Le teme a todo lo que pueda alejarlo un milímetro del suelo que pisa.
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Mi amigo el profesor de poesía me comenta que dos de las frases que más ha escuchado de los estudiantes son: “Es que a mí no me gusta la poesía” y “Es que no la entiendo”. Por ello dedica siempre las dos o tres primeras clases de su curso a comentar esas frases. La primera, me dice, podría tener que ver muchas veces con la falta de atención profunda, con la velocidad interna, con el ruido del propio indetenible pensamiento, que no permite escuchar. No se puede pretender leer un poema como quien lee un manual o un periódico, en busca de información. Este es el trabajo (o en el mejor de los casos, el juego) del lector, dialogar con lo escrito, o aguantar el desconcierto que le produce, sin pretender traducirlo al lenguaje de la razón. Claro que siempre quedará en su libre derecho de que, en efecto, no le guste un autor (al menos en ese momento, pues siempre podrá leerlo después).
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Sobre “entender” la poesía, dice Eliot: “El lector más experto no se preocupa de entender; no por lo menos al principio. Sé que parte de la poesía de que soy más devoto es una poesía que no entendí en la primera lectura; otra parte, es poesía que todavía hoy no estoy muy seguro de entender; por ejemplo, Shakespeare”.
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Rafael Cadenas ve como un síntoma de enfermedad de la lengua, de la literatura, y aun de la sociedad, el alejamiento entre el lenguaje oral y el lenguaje escrito. Se refiere, en particular, a la poesía como género y a los riesgos que corre cuando se aparta demasiado del habla. A este alejamiento entre el lenguaje oral y el “literario”, agregaría yo otro: las innumerables jergas de los estudios literarios, que pronto pasan de moda para ser sustituidas por otras, y su incurable tendencia a la abstracción teórica. ¿Por qué tiene que estar el lenguaje académico tan divorciado del habla cotidiana y sus giros coloquiales? ¿Para qué tantas restricciones artificiales? ¿No hay como una exagerada escisión entre el lenguaje empleado en clase, el permitido en los trabajos, y el que los mismos profesores y alumnos usan después de clase, mientras se toman unas cervezas en algún bar cercano a la universidad?
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Diagnostica Ezra Pound: “La enfermedad del último siglo y medio ha sido la ‘abstracción’. Se ha extendido como la tuberculosis”.
Es conocido el caso de Alan Sokal, profesor de la Universidad de Nueva York, quien tuvo una curiosa manera de protestar contra la insoportable jerga teórica que se emplea hoy en día en los llamados “estudios culturales”. Escribió un denso ensayo en esa misma jerga, lleno de citas y referencias bibliográficas, pero que en sí mismo no era sino un disparate, una enorme parodia sin sentido alguno. Lo tituló, como debe ser, “Transgrediendo las fronteras: hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica”, y lo envió a la prestigiosa revista Social Text, que tras someterlo al arbitraje de un comité de expertos lo publicó. Luego se encargó él mismo de revelar el engaño y publicó un libro llamado Imposturas intelectuales, donde puso el dedo en la llaga sobre la vacuidad de estas jergas teóricas. A pesar del affaire Sokal, puede decirse que esta situación no ha hecho sino empeorar, y nunca faltan ingenuos que engatusar. Quizás nada aparte tanto a un hombre de sí mismo, o a un estudiante de lo que estudia, como el distanciamiento de su propio lenguaje, común y corriente, tal como lo habla a diario.
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A veces leemos textos en revistas o solapas de libros que nos dejan totalmente estupefactos. El colombiano Héctor Abad Faciolince se tomó el trabajo, en un artículo titulado “La post-oscuridad”, de recoger algunos ejemplos de estas extrañas jergas en publicaciones de su país. En Venezuela tampoco es difícil hallarlos, como éste, breve por consideración al lector: “Ante la terribilidad y el determinismo del deseo fundado en la ajenitud del sujeto...” y por ahí se va. Cuando leemos cosas así nos provocaría tener enfrente al autor, sacudirlo gentilmente por los hombros y decirle: “Pero bueno, amigo, ¿qué es lo que está pasando contigo? ¿Qué me quieres decir? ¿Por qué maltratas de ese modo tu bello idioma?”
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Este otro fue recogido por Abad, no pude resistirme a citarlo: “El pragmatismo es el doble principio de archipiélago y esperanza, según Deleuze. La verdad tiene límite, nos convertimos en trans-post-neo-viajeros imbuidos natural y absurdamente en un movimiento frenético, más allá del nomadismo. En esa coyuntura sólo puede hablarse del archipiélago como figura de la espacialidad, espacialidad en expansión”. ¡Hablando se entiende la gente! Pero usted se sienta en un auditorio, se larga varias parrafadas semejantes, y no faltará quien entre en un estado de éxtasis y hasta aplauda con un “movimiento frenético”.
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