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No sé en cuántos países se celebre el “mes de la poesía”, pero Italia, la patria de Dante, es uno de ellos. A propósito de la fecha, que coincide con la llegada de la primavera, “La lettura”, el estimulante papel literario de Il corriere della sera, dedicó varias de sus páginas al poeta norteamericano Arthur Sze (1950). Hijo de inmigrantes chinos a los Estados Unidos, estudio ingeniería, siguiendo el ejemplo de su padre en el MIT y Berkeley. Sólo para darse cuenta de que su vocación era la poesía y a ella se ha dedicado como poeta (es autor de diez colecciones de poemas) y docente. Durante más de dos décadas enseñó en el Institute of American Indian Arts a estudiantes procedentes de las algunas doscientas tribus reconocidas a nivel federal. Es estudioso de la poesía china de la dinastía T’ang a cuyos principales autores ha traducido. Su poesía es el producto de la sincronía de dos grandes tendencias: la china y la occidental. De la primera el sentimiento del paisaje como un forma de panteísmo ateo. Y de la segunda, cierto protagonismo individualista. Esta es mi traducción del inglés de uno de los textos incluidos en el homenaje de La lettura.
En la luz ultravioleta
se ve cada girasol
en un campo de girasoles
y vuelan hacia brillantes pétalos;
una avispa con mirada infrarroja
observa y ataca una presa
en la oscuridad;
más allá del espectro
de la luz visible, observamos,
pero no con los ojos;
un telescopio de rayo X
precisas el nacimiento de una galaxia
y extraemos néctar
de esta visión
mientras manejo por una curva,
mientras el rojo crepúsculo
se oscurece hacia el oeste, observas
salir una luna en forma de abalón
Sobre las Montañas de la Sangre
de Cristo, y en este brillo,
como un silencio
después de cruzar las manos
sobre un piano se prolonga
una melodía,
retiramos, como pétalos
que cambian color, el néctar
del aire a nuestros oídos.

Comienzo este último sábado del tercer mes del año de la manera más estimulante, escuchando música, sinfonía y canciones, de Leonardo Vinci (Nápoles 1690-1730). Conocido como una de los fundadores de la llamada Escuela Napolitana. La suya es una música anti-clasicista, barroca, ornamentada y preciosa. En el Festival que se le dedicó en 2021, en Bayreut la parte vocal le correspondió el estupendo contratenor argentino Franco Fagioli (1981) cuyo excepcional instrumento vocal lo acerca de manera inquietante a lo que fue la voz de los castrati de la época de Vinci. La popularidad de la ópera barroca desde comienzos del siglo XXI, ha estimulado la formación de este especial género de solistas. Al maestro Fagioli lo había mencionado en este cuaderno, al reseñar el magnífico montaje de Rinaldo, de Hendel en Ravena.
· https://youtu.be/OaAWBgWQA0Q?si=m652aotNdxbGrR9I
Hoy es Domingo de Ramos, algo que vengo recordando en estos diarios todos los años desde 1995 cuando comencé a escribirlos. No recuerdo que fue lo que escribí en esa fecha. Fue un año marcado por el dolor. Mi madre había sido diagnosticada con un CA terminal y, con mi mujer y mi hija, asistía casi diariamente a contemplar cómo se cumplía de manera inexorable su destino. Después, han sido muchos, treinta, los Domingos de Ramos que he reseñado, casi siempre de buen humor, porque el episodio que conmemora la iglesia cristiana siempre me ha parecido conmovedor. Lo que se celebra es la llegada, en un asno prestado, de aquel joven iluminado a Nazaret para cumplir con la profecía, según su palabra, antes de regresar a la gloria eterna. Un objetivo cuya realización no podía ser mejor alcanzado. Ningún ser humano en Occidente más comentado que el hijo del carpintero, y carpintero el mismo, hasta que, según algunas tradiciones, otro profeta, su primo Juan el Bautista, lo mandó a buscar (algún escritor asegura que el encargado de llevar el mensaje habría sido Judas Iscariote, quien lo venderá más adelante por unos cuantos pesos) para que fundara su culto. El más original de los cultos, en el cual no la violencia del Antiguo Testamento o la de los seguidores de Mitra, sino la paz, era eje de una religión con grandes antecedentes mediterráneos. Recuerdo cuánto me emocionó admirar “en persona” el retablo de Duccio en Siena, donde capta la escena de la llegada a Jerusalén. Cristo agigantado en aquel burrito, mientras, desde los árboles, la gente lanzaban ramas de olivo y palmas a su paso. Hoy, transcurro el Domingo de Ramos en esta ciudad italiana, que nos ha recibido con generosidad en nuestro destierro, lamentando que un cuadro viral me impida ir a la iglesia a buscar una ramita de olivo o de palma, como los que regalan hoy en las iglesias. Mis simpatías por la tradición cristiana son “indirectas”. Mi madre era una buena cristiana. Y mantengo un sostenido respeto por esta tradición religiosa. Al fin y al cabo, sólo los ateos creemos en Dios.

La falacia autobiográfica es una tentación que se me presenta cada vez que leo, así sea parcialmente, la Divina Comedia. Esto es, pretender que buena parte de lo que se dice en el poema, más allá de la alusión a Beatriz, se corresponde con episodios de la vida del autor. De esta manera, con la “selva oscura” se estaría refiriendo a una crisis espiritual que lo llevó a estar a punto de perder la fe y perder su alma en aquella selva selvaggia. Para otros, la crisis habría sido existencial, profunda, temible y lo habría acercado peligrosamente al suicidio. Una salida que no era impensable para aquel hombre arrojado de su patria, con precio sobre su cabeza y el riesgo de la incautación de todos sus bienes. Condenado al exilio, sin mujer, sin hijos y con un destino incierto, más incierto en su caso, como enemigo jurado del poderoso Papa, y con la mitad de las repúblicas y principados en poder de sus enemigos políticos. Larga fue su errancia, y no volvería a contemplar el cielo bendito de su natal Florencia. Emprendió un viaje, como el de Eneas, no circular, sin retorno, rectilíneo. Este episodio de la vida del Alighieri, este destierro que no tuvo fin, es una nueva tentación para caer en la falacia autobiográfica que he mencionado, y que no me parece la más sana de las lecturas. Al referir el fin de la existencia sin retorno del “supremo poeta”, recuerdo que uno de los residentes del Infierno tan temido de la Comedia tuvo un destino no diferente. Me refiero, como se sabe a Ulises. El héroe de Dante, sin embargo, en algo difiere del original de Homero. Esta divergencia ha sido uno de los asuntos que más ha atraído la atención de los lectores, desde Tennyson hasta Borges (siempre Borges) y Primo Levi. La diferencia entre la muerte de uno y la de otro es abismal. La versión homérica de la muerte de Ulises la desconocemos, porque el poema termina con el regreso del laertíada a su reino en Itaca, a Penelópe y resto de la familia aún con vida. La historia de esta aventura es la de su viaje de regreso. No tanto del de ida, como en Gilgamesh, sino el de “retorno in patria”. La historia del Ulises de Dante es otra. En este caso, se cuenta y canta su no-regreso: “ni el cariño a mi hijo, ni el respeto/al padre anciano, ni el amor debido/a Penélope, siempre postergado/vencieron el ardor que me movía…”, y “Al ancho mar profundo me lancé, /solo con una nave y con la gente/poca que no me había abandonado”. El Ulises de la Comedia nunca regresó a su casa, a su palacio en Ítaca, a su mujer. No debería ser forzado asociar este destino con el del autor del poema. Tampoco regresó a su Ítaca, ni a su casa ni a su mujer. Lo de Ulises es una muestra de la tentación fáustica que sería una metáfora de la experiencia de Dante.

Aunque imperceptible la mayoría de las veces, y como intuyó Baudelaire desde su nube de hachís, todo en la naturaleza se corresponde, se complementa, se completa, se integra para lograr el precario balance que salva el mundo del absoluto caos. Y una mañana tan cristalina como la de hoy, aquí en Milán, con su luz de incipiente primavera colándose por los intersticios que deja el invierno al partir, puede ser resaltada en su espléndida dimensión con algunas sombras que exalten esa milagrosa luminosidad. Y para este momento, el gran Ordenador ha escogido una de las piezas de música de cámara más delicadas escritas durante las primeras décadas del XX: “Crisantemos”, un mini cuarteto de cuerdas escrito por Puccini a la muerte de su amigo Amadeo de España, efímero monarca desaparecido a sus cuarenta y cuatro, víctima de la tuberculosis. Se trata de un élego de poco más de seis minutos, cuyo patetismo es administrado con una sostenida elegancia, desde los primeros graves compases del cello hasta el inesperado final. La música languidece como los últimos minutos del príncipe, que es el de todo tuberculoso, que no muere de un acceso o un paro violento, sino que se deja morir ante la falta del aire que no accede a sus ahuecados pulmones. En Puccini, es una prefiguración del gran pathos de los últimos momentos de su Traviata. Mi mañana de primavera se siente de una luminosidad más densa después del contraste con estas exquisitas sombras puccinescas.
En la fecha de la toma de posesión del presidente Donald Trump escribí, que ese día efectivamente marcaba el inició, por fin, de un demorado siglo XXI. No era la primera vez que asistíamos a una tal discronía. Como se recuerda, el siglo XX apenas comenzaría en 1918, con el final de la decimonónica Primera Guerra Mundial. La reciente desaparición de Jürgen Habermas, el último gran pensador del novecientos, confirma la intuición. El filósofo alemán cerró el círculo de la tradición del humanismo iniciada durante el Renacimiento florentino. Esa manera elegante y elitesca de tratar de llegar a la verdad. Desde Pico della Mirandola y el divino Marsilio Ficino, los grandes representantes del humanismo fueron intelectuales sofisticados de vocación fáustica. Nada escapaba a su aguda capacidad interpretativa. Aparte de filósofos, podían ser poetas, músicos, novelistas, artistas plásticos, directores de cine o dramaturgos. Habermas no fue nada de eso, pero escribió sobre pintura y era un lector reiterado de los mejores clásicos de la literatura universal. Con su muerte, enterramos esa deriva renacimental de los encargados de aclararnos quiénes somos y qué podemos conocer. No quiero decir que el humanismo haya muerto, como si eso fuera posible mientras haya seres humanos. Lo que es distinto es la forma de expresarlo. Que será seguramente más “democrático” y menos exquisito. Como lo es el arte y la literatura del post-modernismo. Una poética más accesible para el común de los mortales y un humanismo también. Por lo demás, era previsible. La sensibilidad occidental, para bien o no, es la más limitada. Sólo accede a dos maneras de expresarse: la clásica y la romántica. Algo que, como casi todo los demás, lo inventaron los griegos. Cuando al clasicismo de Fidias y Policleto, Píndaro y Alcman, siguió el anti-clasicismo (”romanticismo”) de Lisipo, Propercio y Lucrecio. La modernidad fue un clasicismo y la post-modernidad será lo contrario. En ninguna otra actividad los nuevos tiempos se manifiestan mejor que en la política. Con su claro antecedente en el venezolano Chávez, el mandatario norteamericano desprecia el equilibrio clásico de las instituciones del estado. El personalismo más exaltado, la hipertrofia del yo, la inflazón junguiana, todos esos signos patognomónicos de la enfermedad romántica. No hablamos de una forma convencional de dictadura, de lo que se trata es de la erradicación del paradigma de la democracia y la implantación de uno nuevo, cuyo perfil aun no es claro. Lo que sí es evidente es el palmario desdén por la democracia del nuevo liderazgo planetario. Y, sin democracia, no es obvio el humanismo. Ni de un humanismo como el que conocimos y no hemos sabido defender. El post-humanismo se prefigura como el más radical. Entre sus objetivos, erradicar radicalmente los valores recibidos. La democracia es sólo uno de ellos.
Hoy, en la liturgia cristiana, es Miércoles Santo. Jesús había llegado a Jerusalén el domingo a cumplir con su destino crucificado. Había sido recibido por una inestable muchedumbre, la misma que pocos días después pediría su cabeza. El miércoles de esa semana, el llamado Hijo del Hombre será víctima de la traición de uno de sus doces discípulos. En efecto, Judas Iscariote había entrado en tratos con las celosas autoridades judías, que no le perdonaban a este rebelde que se hiciera pasar por el esperado Mesías, para tenderle una celada al visitante llegado de Nazaret. A tal efecto, después de recibir el pago de las rituales treinta monedas de plata (Una cantidad despreciable que era la asignada por la muerte accidental de un esclavo, según la ley mosaica), Judas los conduce, acompañado por soldados romanos, al sitio donde se encontraba Jesús con sus el resto de sus discípulos. Es el comienzo oficial de la accidentada y dolorosa Pasión de Jesucristo. San Juan refiere los hechos en su Evangelio, que sirvió de texto a Bach para escribir la conmovedora música de su Pasión según san Juan.
Justo en medio de la gravedad de la música religiosa de estos días (no sólo Bach, también otros no menos serios, como Perti y sus Lamentaciones), un breve homenaje al sentimiento, alimento de todo romanticismo, con el intenso lirismo de los seis Moments musicaux (en francés en el original) de Schubert D.780 escritos hacia 1824, pensando en la Bagatelles de su idolatrado Beethoven, en momentos en los cuales el movimiento romántico había vivido ya su primer momento de gloria. Prefiero escucharlo en la versión de Claudio Arrau, el único pianista alemán nacido en Chile.
El premio Booker es uno de los reconocimientos más influyentes en el ámbito de la novela contemporánea. En sus dos versiones es considerado una antesala al Nobel de Literatura. Originalmente pensado para los escritores de lengua inglesa, desde hace diez años mantiene una versión internacional donde se premia igualmente al autor y su traductor. Hace un par de años la seleccionada fue Jenny Erpenbeck con su estupenda Kairos, trdaucida por el distinguido poeta alemán de lengua inglesa Michael Hohhman. Para el 2026 estas son las seis novelas que optarán al premio, ninguna en lengua castellana: The Nights are Quiet in Theheran (alemán), de Shida Bazyar; She Who Remains (búlgaro), Rene Karabash; The Director (alemán), Daniel Kehlmann; On earth As It Is Beneath (portugués); The Witch, Marie NDiaye (francés); y Taiwan Travelogue (chino), Yang Shuang-zi. De las seis la que más me interesa el The Director, una ficción biográfica sobre G. W. Pabst, el formidable realizador austríaco responsable de La caja de Pandora (Lulu), una de las mejores cintas de todos los tiempos; así como de la versión clásica de la La ópera de tres centavos, con Lotte Lenya, y del mejor Don Quijote del cine. Entre otros autores que han recibido el Booker International recuerdo a Georgi Gospodinov, Hang Kang y Olga Tokarczuc.
Hoy se recuerda el último condumio de Jesucristo con sus discípulos antes de su temprana (33 años) muerte crucificada. Es un privilegio saber que la mejor descripción del episodio, la de Leonardo, se encuentra a un par de kilómetros de la dirección donde escribo estas líneas.

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