Literatura

Juanita a las puertas del cielo

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A mi suegra…

El día en que Juanita, con carácter y urgencia de «última voluntad» convocó en su casa a toda la familia, hubo quienes vieron en dicho mandato el episodio cumbre de una vida marcada «a fuego» por la hipocondría.

A efectos de conseguir la comparecencia inmediata de sus más queridos allegados —incluidos en ese grupo las nueras, el yerno, algún sobrino y uno que otro vecino—, se sirvió de la incondicionalidad de la menor de las hijas, quien por muy novelesca que resulte la imagen, había sido condenada, desde el mismísimo instante en que vio la luz, a cuidar, hasta que la muerte así lo dictaminase, a la señora Juana Sarmiento en su permanente estado de «convalecencia» y humor intransigente.

Urgida por la aparente agonía de la mamá, la solterona cautiva, reacia desde siempre a olisquear entre «tanto drama» aunque fuera un lejano atisbo de manipulación, a través del teléfono, o a gritos, pues dos de los hermanos habían aprovechado el vasto terreno de la vivienda familiar para construirse las suyas, como pudo, fue cumpliendo el imperativo deseo de la madre.

— ¿Qué es esta vez? —preguntó antes de saludarla la esposa del hermano mayor; primera en acudir al llamado de la cuñada.

— Está mal… Dice que se muere.

Entonces, a partir de allí, con la gravedad de quien bajo ningún respecto osaría dudar de la versión de la anciana, relató, muy nerviosa, cómo desde hacía algo más de una hora había comenzado a experimentar los habituales síntomas de la «agonía», pero con la particularidad de que ahora, los mismos, es decir, el ahogo y la sensación de hormigueo en la cabeza de siempre, iban acompañados por una especie de epifanía acústica de inconfundibles matices celestiales.

— ¡Pero bueno, Juanita…! ¡¿Qué te nos estás muriendo?! —exclamó la nuera nada más entrar en la habitación—. ¿No será, otra vez, pura debilidad por no comer?

— ¡Músic…! —Fue el balbuceo, apenas audible, con el que la señora, desde la postración, respondió al comentario de la esposa del hijo.

— ¡Niña…! ¡No se te entiende nada! ¡Habla más duro!

— Se refiere a lo de la música que desde hace rato está oyendo en su cabeza —explicó la hija, compungida, sin hacerse eco del tono guasón de la otra.

— ¡Ay, mija…! Eso es que te están recibiendo con música a las puertas del cielo —insistió la recién llegada en la misma actitud—. ¡Mira… y una cosita! ¿No está por ahí San Pedro?

Con el paso de los minutos, como quien asiste a un evento rutinario e ineludible, fueron apareciendo de manera «graneada» los avisados por la hija-cuidadora de  Juana Sarmiento.

Después de la mujer del hijo mayor, la siguiente en hacer acto de presencia fue la del segundo, también vecina de pared con pared, hasta que ya hacia el mediodía, con la cadencia antes descrita, se había reunido, casi al completo, esa corte doméstica, algo provinciana, tan indispensable para el bienestar físico y emocional de esa anciana que, en realidad, no lo era tanto.

— Siempre lo mismo… Fíjate cómo ya se está mejorando —le dijo a la hermana menor, la hija que media entre los dos mayores y ella—. No sé cuándo vas a acabar de darte cuenta de que es puro teatro… Con el numerito se nos «fregó» la mañana a todos… ¡Como si los demás no tuviésemos cosas importantes que hacer…! Pero tú, claro, permanentemente en otro planeta, con los audífonos esos que no te quitas ni pa’ bañarte, parece que no entiendes nada… ¡Eres más boba!

Ante semejante comentario, la hija pequeña, lo cual es un decir, pues un par de años atrás había sobrepasado la barrera de los cuarenta, pudo replicarle en términos igualmente duros, y con toda seguridad, más justos. Ahora bien, tal cosa no ocurrió, y no precisamente por esa tímida sumisión tan propia de ella, sino debido a la condición más notable de su personalidad: gracias a su bondadosa inocencia, ni siquiera en lo más recóndito de su mente hubiese osado plantear algún tipo de cuestionamiento a la odiosa agresividad verbal de la hermana mayor.

— Ahí está la bicha esa —le soltó por lo bajo la esposa del hermano menor a la concuñada—. Siempre «echándole paja» a la pobre… ¿Tú crees que llegará el día en que se «arreche» y le diga sus cuatro vainas a la desgraciada esa?

— ¡Qué va…! Tendría que nacer otra vez… Con decirte que, antes, la veo mandando pa’l  coño a la vieja del carajo —dictaminó la otra de las nueras.

— ¿Tú crees…? Eso sería «fin de mundo».

— Así es… Claro, que nunca va a pasar; pero no te niego  que me «daría un fresquito» ver que alguien le echa un parado a la señora… En su vida no ha hecho sino joder.

— ¿De verdad ha sido siempre tan insoportable? —se interesó la esposa del segundo de los hijos de la señora Sarmiento, a pesar de conocer al dedillo la relación completa de su inveterado egoísmo y todo lo que ello supone.

— Cuanto te diga, es poco… Lo raro es que, a pesar de ser una malcriada «del coño de su madre», tiene esa especie de don para hacerse querer y que todo el mundo a su alrededor esté pendiente de ella, como si fuera una inválida… Mis papás, los primeros… Al menos eso es lo que yo recuerdo desde hace «añales».

Por ser vecinos de cuando se construyeron las primeras «quintas» en la urbanización, el vínculo de la esposa del hijo mayor con la familia Sarmiento, muy anterior al devenido producto de su matrimonio, va mucho más allá de la típica relación por afinidad originada en un simple trámite de carácter civil, o eclesiástico.

En virtud de ello, «de primera mano»,  como testigo excepcional, desde muy pequeña se acostumbró a escuchar los berrinches monumentales, rayanos en la histeria, que la señora Juana, casi siempre sin razón, montaba cuando su voluntad no podía cumplirse inmediatamente.

Semejante volatilidad, según había escuchado, condicionó la crianza que los padres le dieron a su suegra. En tal sentido, no viene al caso intentar dilucidar si ya desde el vientre materno era una majadera indómita, por lo cual a los papás no les quedó otra que criarla «entre algodones», sometidos de buen grado a su tiranía; o si debido a los mimos propios de lo que eran; es decir: una pareja de vejucones aquejados de idolatría crónica hacia la hija única, fueron ellos mismos los culpables de hacerla una déspota intransigente y manipuladora desde la cuna. El hecho es que se convirtieron en sus esclavos, condición de la cual solo se vieron aliviados cuando «el santo» de Sarmiento apareció en escena, para al tiempo hacerla su esposa.

— Ese sí que debió de escuchar música en sus oídos cuando la muerte se lo llevó, liberándolo de la «ladilla» de Juanita —comentó la esposa del menor de los Sarmiento, quien había atendido al relato de su cuñada como si por vez primera oyera todo aquello—. Con lo bello que era el viejo, y además pa’ cagarse de la risa… No me explico por qué la soportó tanto.

— Porque la idolatraba —aclaró la concuñada—. Como «los bolsas» de nuestros maridos, besaba el piso por donde caminaba; pero igual, si esta pobre caraja no hubiese nacido desfasada —aludió a la menor de la familia Sarmiento—, para convertirse en el perrito faldero de la señora y aligerarle la tremenda «Cruz» que había estado llevando a cuestas, no sé si habría aguantado el «bojote» de años que estuvieron casados… Bueno… En verdad, no creo que lo hiciera a propósito, a plena consciencia de estar echándole el muerto a la carajita, pero al final eso fue lo que pasó y, efectivamente, vino a darle un buen respiro… ¡Pobre tonta…! ¡Qué manera de anularla!

En este punto del aparte de las dos cuñadas, si la «pequeña» de los Sarmiento hubiese escuchado la conversación, igual que antes, cuando la injusta reprimenda de la hermana, habría permanecido en silencio, una vez más siendo incapaz de detectar  malicia alguna en sus palabras.

— Sí, hombre… Siempre lo he notado; y al comentarlo con «el desgraciado» del hermano, él, de cómodo, igual que los demás, se tranquiliza la conciencia diciendo que ella es feliz así, «pegada» a su mamá, todo el santo día escuchando música a través de los audífonos esos… ¡«Sí, Luis»!... ¡Tú juras!

Cuando a finales de los años setenta del siglo XX se abrió un núcleo de la Orquesta Nacional Juvenil en esa pequeña ciudad del interior del país, la chiquita de la familia Sarmiento, después del concierto inaugural —en dicha oportunidad a cargo de la «Sinfónica Simón Bolívar» bajo la dirección del propio fundador de tan renombrado Sistema de educación musical—, supo que en su existencia jamás querría algo tanto como tocar en una agrupación semejante a la misma.

Durante la interpretación de la obertura «Guillermo Tell», de Gioachino Rossini, fue tal la impresión que en ella causó el lamento producido al paso del arco sobre las cuerdas de ese extraño cajón de madera rojiza de marcadas curvas femeninas, que al llegar a casa, por primera y posiblemente última vez en la vida, se atrevió a importunar a los padres con una petición:

«Papá, mamá… Por favor… ¿Me pueden inscribir en el núcleo de la orquesta…? Quiero aprender a tocar el chelo.»

Semejante solicitud, motivo de alegría para el doctor Sarmiento —amante rabioso de la música—; fuente de conflictos interiores para la señora Juanita —también melómana, pero no tanto como para privarse tantas horas al día de su «edecán»—, sumergió a la pareja en un intenso debate del que, al concluir, surgió una decisión salomónica en virtud de la cual, a los pocos días, entraba por la puerta principal de la casa un gris y anodino piano vertical de segunda mano.

Fiel a su  naturaleza, la niña, lejos de protestar, se limitó a agradecer ese regalo que, si bien la introducía en los estudios musicales, al mismo tiempo acabaría por encerrarla aún más entre las cuatro paredes de la casa, truncándole para siempre el sueño de participar en una orquesta sinfónica junto a otros muchachos.

«Toca correcto, pero sin ángel», le escuchó decir muchas veces a su madre; y cierto es que, si bien lo hacía con aplicación y esmerada disciplina, de tanto aburrimiento como le producía la sola vista del teclado, lo que de allí salía era suficiente para atontar a los espíritus más despiertos, entre los cuales, aunque nadie hubiese sido capaz de verlo, una vez había estado el suyo propio.

Tal circunstancia, junto a la necesidad de acompañarse de algo que, al menos a través del piano ella jamás sería capaz de producir, si se quiere, la condujeron a una melomanía todavía más furibunda que la del papá: especie de afán por taponar el profundo hueco que la comodidad materna poco a poco había ido cavando en su vida , para el cual, desde los primeros walkman hasta los teléfonos inteligentes de última generación, pasando por otras diversas tecnologías, rara vez volvió a vérsela sin ir conectada al vasto universo musical que no pudo ser, a través del fino cable de los auriculares de turno.

— ¡Mamá, come…! —le exigió la hija intermedia a la señora Juanita, quien,  en su «lecho de muerte», con la congregación de sus principales afectos, ahora sí, al completo, «milagrosamente» se había recuperado casi del todo.

— Ella tiene mala mano pa’ la cocina; especialmente con la sal… ¡Esto esta incomible! —dijo la anciana, así refiriéndose, con la mayor desconsideración posible, a las dotes culinarias de la hija menor.

— A mí me parece que todo lo que ella hace está muy sabroso —intervino la esposa del hermano mayor, sin necesidad de exagerar, a favor de su cuñada—. Lo que pasa es que tú eres una grandísima malcriada… Voy a traer algo de casa y no pienso dejarte quieta hasta que te lo comas todo.

Cuando Juana Sarmiento, de la mano de uno de sus hijos varones acabó con el último vestigio de un plato de carne guisada con papas, la hija del medio volvió a «dedicársela» a la hermana menor:

— Deberías pasarte unos días en la cocina de «ésta», a ver si de una buena vez aprendes a cocinar.

— ¡Mira…! ¿Sabes cómo es la cosa? —brincó la cuñada, con rabia mal disimulada, ante el último comentario de la hermana de su esposo—. El plato y los cubiertos son lo único que este guiso tiene de mi casa; y eso para que la necia de tu mamá no se diera cuenta… Es la mismita carne por la que ayer montó un berrinche… La agarré de la nevera de acá, me la llevé pa’ mi cocina, la recalenté, y como por arte de magia dejó de estar salada.

Impertérrita frente a semejante dejada en evidencia, la «vieja ladina» optó por hacerse la desentendida, mientras el hijo mayor, todo cariño hacia «la pequeña de la casa», entre achuchones y zalamerías, la reprendió por no «presentarle cara» a los malos tratos verbales de su madre y la hermana:

— ¡Negrita…! ¡Tienes que sacudirte a este par de «brujas»…! No puedes dejar que mamá te siga «poniendo la pata en el cogote»… ¡Sal más…! ¡Ventílate!

— ¡Ay, sí…! Yo me pongo mal de verla siempre, «como un ánima en pena», con los dichosos audífonos, deambulando por los rincones de la casa… ¡Eso es lo que me tiene enferma! —indicó la anciana, por último, como si la hija fuese la culpable de esa hipocondría de la cual, en realidad, había comenzado a verse aquejada varias décadas antes de su nacimiento.

Otra vez, ante semejantes recomendaciones, la hija menor, con autoridad moral de sobra para ello, tendría que haberles «cantado las cuarenta»; empezando por reclamarle a la madre el régimen de servidumbre al cual se había visto sometida desde la más tierna infancia, para concluir con el primogénito por sugerirle independencia, cuando ellos, a pesar de vivir al lado, gracias a la tranquilidad de saberla acompañada en todo momento, limitaban sus visitas a «vuelos fugaces» que para nada ayudaban a aligerarle la carga. Sin embargo, como de costumbre, por la mente de la última de los Sarmiento no pasó ninguna de estas consideraciones, limitándose a reír inocentemente, mientras la atmósfera, plagada de comentarios jocosos a propósito del «aviso musical de la muerte», daba pie para que la señora Juana cada vez se sintiera más «bañada en agua de rosas».

Esa misma noche, después del clásico día con mal comienzo y buen final (así los motivos de zozobra fueran infundados), regresaba la casa a su habitual rutina.

A la hora de la cena la señora volvió a decir que ella no estaba «acostumbrada a comer salmuera», en tanto la hija, siempre angustiada por el apetito caprichoso de la mamá, se las ingeniaba, con poco éxito, para intentar resolver ese contratiempo con el cual llevaba años de años lidiando.

Antes de irse a la cama, una vez concluido el capítulo del culebrón televisivo de la temporada, la señora Juanita, áspera como de costumbre, siempre con un «pero» por delante, a regañadientes aceptó posponer la ducha para la mañana siguiente. No obstante, a pesar de lo acordado, cuando ya el sueño comenzaba a liberar a la hija de su monótona existencia, «por encima» de la música de sus auriculares, reconoció, fuerte y clara, la voz de su madre:

— ¡Acabo de decidir que sí me voy a duchar…! ¡Ya me estoy metiendo en la regadera…! Otra vez tengo el hormigueo en la cabeza… A ver si con el agua se me quita… Ven y te quedas aquí, «a la mano», pa’ que  me pases el paño cuando salga.

Recibida la orden, la hija menor, perfectamente acostumbrada a dicha dinámica, abandonó la amable tibieza de las sábanas, dejó el móvil y los auriculares en la mesa de noche, y se encaminó hacia el cuarto de baño. Ahora bien, a poco de llegar al sitio, un ruido seco, portador de los peores presagios, algo así como un «popopom», la hizo acelerar el paso para convertir en carrera aquel lento desplazamiento.

« ¡Mamá…! »; vociferó tan pronto descorrió la cortina de la bañera, pero en lugar de respuesta, para su horror, se topó con los ojos carentes de vida y el puro susto pintado en la expresión del rostro de su madre.

Al ver la escurridiza pastilla de jabón a los pies de la señora Juanita, desnucada apenas segundos atrás, su primera reacción fue gritar: « ¡Maldito jabón! », cuando en realidad hubiese tenido que ver en el mismo a un aliado, o algo así como a un buen amigo interesado, por tarde que pudiese parecer, en ayudarla a mejorar la pobre calidad de su triste vida.

En ese momento, no sin sorpresa, fue ella quien oyó una clara música en el interior de su cabeza, pero en lugar del lánguido dúo de flauta y arpa que la señora Juana había creído escuchar esa mañana,  algo más denso y de carácter festivo.

Entonces, llena de espanto, pudo reconocer los compases introductorios del más famoso de los coros del oratorio «El Mesías», de Georg Friedrich Händel, mas no en su escueta orquestación original del siglo XVIII, sino en la muy rica y exuberante que Eugene Goossens hiciera ciento y pico de años después, con platillos, pífanos, triángulo, redoblantes y demás componentes de la amplia «paleta sinfónica», justo antes de dar paso al frenesí de cientos de voces cantando: « ¡HALLELUJAH, HALLELUJAH, HALLELUJAH…! ».

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