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Tengo muy viva la memoria de esa madrugada del invierno de 1980. Vivíamos en el lado este de la calle 57 de Nueva York, y no tenía que levantarme temprano para llevar a Constanza a la escuela por el asueto navideño. Todavía a oscuras, había sido despertado por una extraña melodía en la radio. Traté de continuar durmiendo, pero no fue posible. Aquella música fascinante tenía algo de encantatorio, como el poder de esas pinturas que nos obligan a quedarnos parados frente a ellas más tiempo del previsto: Taller del artista, de Vermeer en Viena, por ejemplo. Cómo es que nunca la había escuchado? En aquellos tiempos pre-CD las grabaciones de la obra de los grandes maestros distaban mucho de ser exhaustivas. Pensé que era un quinteto de cuerdas de un compositor ni alemán ni francés. Alguien como Dvoràk. Antes de que terminara la transmisión, en lo que serían los últimos minutos de la partitura, con sus destellos oscuros de estrella fugaz liberadora y dramática, me levanté y busque la programación de la emisora (la desaparecida WNCN). La gran sorpresa. Se trataba de Recuerdos de Florencia, de Piotr Ilich Tchaikovsky. No lo podía creer. Cómo había escrito esta pieza tan inquietante el mismo autor de los conocidos y difundidos ballets y sospechosas sinfonías. No sería la primera vez, sin embargo, que el ruso me sorprendía. Antes me había impresionado la grandeza de su Eugene Onegin, una de las grandes de la historia de la ópera. En un futuro no lejano recibiría otras sorpresas. Por lo pronto, era más que suficiente con esta pieza que no era un quinteto si no un sexteto y que, en verdad no había sido escrito por un alemán o un francés. El comentarista del programa escribió que había sido compuesto durante la visita del maestro ruso a la ciudad. Para terminar, alegremente afirmando que el título no era exacto, porque la mayoría de los temas provenían de música folclórica de su país y no italianos. Y qué quería? Que para recordar a Florencia tenía que escribir una ópera italiana? Y que si uno va a escribir un poema sobre la bella ciudad del Arno debe hacerlo en “terza rima”, el metro preferido del Dante? Cuarenta y cinco años después de la experiencia, en esta Milán otoñal, el sexteto de Tchaikovsky sigue sonando en las madrugadas con el mismo aire epifánico.
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