
Diré que va acertado el que bien quiere
y que es más libre el alma más rendida
a la de Amor antigua tiranía.
Miguel de Cervantes (Quijote. I. xiv. Canción desesperada de Grisóstomo)
Dos cosas solas incitan a amar, más que otras,
que son la mucha hermosura y la buena fama.
Miguel de Cervantes (Quijote. I. xxv)
Un tema preferido por Cervantes, del cual no se cansa de escribir ni descubrir su intrincada y divina locura, sus mil máscara, es el amor. Son muchas las novelas insertas en el Quijote o recogidas como ejemplares en las que trata el tema y sus caprichosas expresiones: desde el desamor virginal por el hombre mostrado por esa extraordinaria defensora de su libertad que es la hermosa Marcela hasta el tierno enamoramiento adolescente de la hermosa Clara o el amor que vence las peores dificultades de la hermosa mora Zoraida, o el trascendente amor de la hermosa Isabela o el pícaro de la hermosa Preciosa. Sí, todas las enamoradas de Cervantes son hermosas. Y la belleza es igualmente uno de sus temas más queridos. La belleza sin explicaciones, pero siempre reclamo amoroso.
Sin embargo, hay una hermosa que destaca por sobre todas las demás: Dulcinea del Toboso, señora de la hermosura. Sobre Dulcinea y la fascinación que ejerce en don Quijote, su creador, y el lector, su eterno recreador, se ha escrito mucho y bueno; poco más podríamos añadir nosotros. Desde la afirmación del propio don Quijote respecto a que es ella quien le da el ser de caballero, pues sin su aliento es solo “cuerpo sin alma”, hasta la deriva de la dama, lenta en la primera parte, pero acelerada en la segunda, que la precipita en los terrenos de la más grotesca parodia, causa de enojo en algunos. Pues en la segunda parte del Quijote ocurre una desnaturalización del ideal, llegando incluso a extremos que superan los embustes de Sancho respecto a que cuando se entrevistó con Aldonza-Dulcinea la mujer “estaba sudada y algo correosa”, sino que, incluso el propio último traductor, el tal de Saavedra, escucha leer -con la autoridad que la palabra escrita confiere- que “esa Dulcinea del Toboso [...] tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha”. Cada lector, o un mismo lector en sus diversas lecturas, escogerá una u otra imagen de la simpar Dulcinea.
Por mi parte, prefiero la idealizada pues me conmueve la conciencia de don Quijote respecto a su propia precariedad, la cual lo lleva a imaginar la ilusión ideal que le da “vida y ser”. Él es caballero andante, uno de esos intrépidos hombres que aman “porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen valor para serlo”.
En el primer capítulo de la obra, inmediatamente después de Alonso Quijano hacerse don Quijote, se define la figura de Dulcinea por necesidad urgente del caballero, pues “el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma”. Con este avío sale el novel caballero confiado en su poder para mejorar, es decir, embellecer el mundo mediante el poder de la imaginación y la palabra. Acaba de hacerlo con sus armas, su rocín y la persona de Aldonza Lorenzo, “moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado”. También lo hará con el yelmo de Mambrino, metal antes apenas utilitario, bacía de barbero, pero luego emblema de grandeza. O con las pobres mozas del partido que encuentra en la venta donde jura la caballería, a las cuales no solo respeta como seres humanos, sino que convierte en “señoras”. Esta ansia de mejorar y embellecer el mundo, dignificar a las personas, es, sin lugar a dudas, igualmente ideal de Miguel de Cervantes. Esta afirmación se comprueba en todas sus obras, cuyas infinitas casualidades, impuestas por voluntad del escritor, tienen el fin de imponer justicia, favorecer el respeto o subsanar viejos errores que han sido desgracias de otros. Fijémonos en el paradigmático ejemplo de La fuerza de la sangre.
Pero hoy no hablaremos más de Dulcinea, sino de otras hermosuras.
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Las aventuras en Sierra Morena y la venta de Palomeque constituyen el núcleo y cierre de la primera parte del Quijote. En ese principal castillo, aunque parece venta, se dan cita, por acaso, las más bellas y discretas, pero también diferentes, doncellas que cabe imaginar: la jovencísima Clara, dispuesta a defender con brío ante su padre su derecho a amar solo a quien se incline su corazón; la mora Zoraida-María, que arrostra peligros y graves renuncias para lograr la libertad de amar al cautivo y rezar al Dios que ha elegido. La muy honesta y sufrida Luscinda, cuya bondad se recompensará con el amor compartido con Cardenio y la maravillosa Dorotea, la única capaz de acercarse a Dulcinea en el afecto del caballero.
Vale la pena conocer a tan maravilloso personaje. Veamos.
El cura y el barbero se imponen como misión hacer volver a don Quijote a su pueblo y restituirle la cordura. Van en su busca por Sierra Morena disfrazados: el barbero como escudero antañón y el cura como “doncella andante”, atuendo que luce muy donoso, hasta caer en cuenta de que atenta contra el decoro de su dignidad clerical. Los acompaña también El Roto (Cardenio), caballero noble y loco de amor, que para purgar sus penas se ha refugiado en lo más profundo de la sierra. Entre la soledad de los montes escuchan un lamento:
[...] ¡Ay, Dios! ¡Si será posible que he ya hallado lugar que pueda servir de escondida sepultura a la carga pesada deste cuerpo, que tan contra mi voluntad sostengo! Sí será, si la soledad que prometen estas sierras no me miente. [Quijote I. xxviii. Igual para todas las citas que no indiquen otro detalle]
Y van tras la dulce voz de quien la soledad que prometen esas sierras, miente.
[...] se levantaron a buscar el dueño, y no hubieron andado veinte pasos, cuando detrás de un peñasco vieron sentado al pie de un fresno a un mozo vestido como labrador, al cual, por tener inclinado el rostro, a causa de que se lavaba los pies en el arroyo que por allí corría, no se le pudieron ver por entonces, y ellos llegaron con tanto silencio, que dél no fueron sentidos, ni él estaba a otra cosa atento que a lavarse los pies, que eran tales, que no parecían sino dos pedazos de blanco cristal que entre las otras piedras del arroyo se habían nacido. Suspendióles la blancura y belleza de los pies, pareciéndoles que no estaban hechos a pisar terrones, ni a andar tras el arado y los bueyes, como mostraba el hábito de su dueño
Escondidos tras unas peñas, miraron
[...] con atención lo que el mozo hacía, el cual traía puesto un capotillo pardo de dos haldas, muy ceñido al cuerpo [...] y en la cabeza una montera parda. Tenía las polainas levantadas hasta la mitad de la pierna, que sin duda alguna de blanco alabastro parecía.
El cura, el barbero y Cardenio están admirados por tan maravillosa belleza, tanto como el lector ante tan gozosa descripción:
[...] El mozo se quitó la montera, y, sacudiendo la cabeza a una y a otra parte, se comenzaron a descoger y desparcir unos cabellos que pudieran los del sol tenerles envidia. Con esto conocieron que el que parecía labrador era mujer, y delicada
Entonces, los mirones escondidos
[...] determinaron de mostrarse; y al movimiento que hicieron de ponerse en pie, la hermosa moza alzó la cabeza y, apartándose los cabellos de delante de los ojos con entrambas manos, miró los que el ruido hacían [...] y quiso ponerse en huida, llena de turbación y sobresalto; mas no hubo dado seis pasos, cuando, no pudiendo sufrir los delicados pies la aspereza de las piedras, dio consigo en el suelo.
Muy galantes, los tres disfrazados van en su ayuda, pero es al cura, precisamente al cura, a quien Cervantes, el de risueñas inventivas, da la palabra para asegurar a la joven sus buenas intenciones. Y esto es lo que le dice:
[...] los que aquí veis solo tienen intención de serviros: no hay para qué os pongáis en tan impertinente huida, porque ni vuestros pies lo podrán sufrir, ni nosotros consentir [...] Así que, señora mía, o señor mío, o lo que vos quisierdes ser, perded el sobresalto.
Esta joven es Dorotea, bellísima labradora que ha sido engañada por don Fernando, hijo segundo de un Grande de España, el cual, libremente, ante una imagen sagrada le dio palabra de matrimonio, gozó de ella y la abandonó. Lo busca porque es su legítimo esposo y, fiel a la valentía usual en las mujeres cervantinas, lo llevará a la justicia. Sin embargo, el narrador lo hará mejor. La joven engañada, a la que un “gigante” dio “mico”, se convertirá en princesa Micomicona, seguramente el personaje femenino más apreciado por don Quijote, por supuesto, después de Dulcinea. El ingenio del caballero restaurará el honor de la muchacha haciendo que don Fernando la reconozca por esposa, con lo cual ella podrá ocupar nuevamente el puesto social, que debió abandonar por la deshonra infligida por el caballero. De ahí su cambio de traje al atuendo varonil con que fue encontrada. De ahí, también, el nuevo cambio de traje de princesa Micomicona al de rica dama de su tiempo. Pero recuperar la dignidad social y el deleitoso amor, conlleva pérdidas. Ya a punto de separarse para siempre, y con el acompañamiento de las bellas doncellas reunidas en la venta, el caballero advierte con melancolía a Micomicona que:
[...] vuestra grandeza se ha aniquilado y vuestro ser se ha deshecho, porque de reina y gran señora que solíades ser os habéis vuelto en una particular doncella” [Quijote. I, xxxvii].
El mundo ideal y la realidad no pueden permanecer unidos sino por breve tiempo.
No obstante, la apariencia, que tan magníficamente ha sabido el narrador hacer pasar por verdad, pone en boca de la joven palabas dichas con maravillosa ambigüedad. Dice el narrador que don Quijote calló “y esperó a que la princesa le respondiese”, lo cual hizo en perfecto lenguaje de caballería:
[...] Quienquiera que os dijo, valeroso Caballero de la Triste Figura, que yo me había mudado y trocado de mi ser, no os dijo lo cierto, porque la misma que ayer fui me soy hoy [...] Así que, señor mío, vuestra bondad halló camino tan fácil y tan verdadero para remediar mi desgracia, que yo creo que si por vos, señor, no fuera, jamás acertara a tener la ventura que tengo; y en esto digo tanta verdad como son buenos testigos della los más destos señores que están presentes [...] y en lo demás del buen suceso que espero, lo dejaré a Dios y al valor de vuestro pecho (Quijote. I. xxxvii)
Por la palabra, Dorotea retoma para don Quijote, solo para él, su escondido ser de princesa Micomicona.
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A raíz de la presentación en el Festival Internacional de Cine de Toronto, en septiembre de 2025, de El cautivo, película de Alejandro Amenabar, muchos hablaron, acaso demasiado, de algunas escenas mostradas en el film, centrándose en si Cervantes pudo tener una relación homosexual con Hasan Bajá durante su cautiverio en Argel. La discusión me parece irrelevante en todo sentido, pero ya en tiempos de Cervantes hubo comentarios insidiosos a los que respondió con indiferencia, casi con un no me importa que se diga esto ni aquello. Tal vez por eso una y otra vez insiste en asuntos de importancia, como sus méritos como soldado de valor herido en la batalla de Lepanto, la más “memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros” [Novelas ejemplares. Prólogo al lector]: o la reseña de la valentía hecha por el capitán cautivo en la novela, relatada en primera persona e inserta en el Quijote, de:
[...] un soldado español llamado tal de Saavedra, el cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar libertad, jamás le dio palo (Hasan Bajá), ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra; y por la menor cosa de muchas que hizo temíamos todos que había de ser empalado, y así lo temió él más de una vez; y si no fuera porque el tiempo no da lugar, yo dijera ahora algo de lo que este soldado hizo, que fuera parte para entreteneros y admiraros harto mejor que con el cuento de mi historia [Quijote. I, xl]
El asunto de la erótica personal del escritor no nos concierne; sí, y mucho, sus ideas hechas arte meditado, inteligente y simpático. Así como las diversas formas de presentarlas en su obra.
Comienzo recordando la revisión cervantina de los temas subyacentes a los celos de Anselmo en El curioso impertinente, donde homoerótica, voyeurismo, adulterio y psicología del trío, ocupan amplio espacio de reflexión y análisis, todo bien disimulado bajo cobertura moral, como conviene en una sociedad de censura.
O Las dos doncellas, donde Cervantes, en consonancia con los gustos del tiempo respecto al travestismo, especialmente en el teatro, presenta un mozo de dieciséis o diecisiete años no solo «lindo» sino «aún más que relindo» y cuya sola mención despierta el interés de otro hermoso joven que llega a la misma posada, y ardorosamente desea «ver hombre tan alabado» [Miguel de Cervantes. “Las dos doncellas”. En Novelas ejemplares. Todas las citas siguientes proceden de aquí]. Entre ellos se desarrolla una muy ambigua conversación que culmina en su muto reconocimiento.
En esta ejemplar novela, algunos de cuyos pormenores resumimos, las situaciones equívocas se suceden: Teodosia, hermana de Rafael, ha sido burlada por Marco Antonio, quien también ha mantenido amores «de pasatiempo» con Leocadia, pero sin desenlace comprometedor. Los personajes conocidos en la venta son estos hermanos, quienes tras reconocerse trazan un plan para encontrar al ofensor y remediar el daño; pero Teodosia debe mantener hábito de hombre y cambiar su nombre a Teodoro, por el cual prefiere llamarlo el narrador. En su viaje a Barcelona en busca de Marco Antonio, se topan con unos cuarenta viajeros víctimas de bandoleros. Teodosia/Teodoro se fija muy especialmente en un mancebo, atado a un árbol, medio desnudo, «pero tan hermoso de rostro que forzaba y movía a todos que le mirasen». Es este nuevo personaje, gracias a las casualidades cervantinas, la hermosa Leocadia, la cual va en busca de Marco Antonio, también vestida de paje; traje en el cual insisten los dos hermanos mantenerla, aún luego de saberla mujer. Leemos una comedia de enredos.
Se exime Cervantes de declarar abiertamente la impresión que causa en Rafael la primera vista del travestido, aunque sí revela que cuando el personaje tomó el hábito masculino «y se le vistió y se ciñó una espada y una daga con tanto donaire y brío, en aquel mismo traje suspendió los sentidos de don Rafael». Pero mucho se detiene el autor en la complacencia de Rafael cuando su hermana le revela la condición de mujer del rescatado, como si entonces ya pudiera dar rienda suelta a sus fantasías sin culpas ni resquemores. El platonismo del discurso es evidente:
[...] porque así como oyó decir quién era Leocadia, así se le abrasó el corazón en sus amores, como si de mucho antes para el mismo efeto la hubiera comunicado; que esta fuerza tiene la hermosura, que en un punto, en un momento lleva tras sí el deseo de quien la mira [y] la conoce, y cuando descubre o promete alguna vía de alcanzarse y gozarse enciende con poderosa vehemencia el alma de quien la contempla [subrayado nuestro].
A su llegada a las playas de Barcelona los tres viajeros contemplan una cruel riña, en la cual Marco Antonio lleva la peor parte, ambas damas/pajes con gran arrojo se van hacia él para socorrerlo mientras Rafael queda «un poco desviado». Es cuando un nuevo personaje, «el caballero catalán se le pone delante» para librarlo «de la insolencia y demasía deste desmandado vulgo». La explicación que da el autor para justificar la defensa a estos desconocidos es simple: «el caballero catalán» se había «aficionado a la gentil presencia de don Rafael y de su hermana –que por hombre tenía», según reza la innecesaria pero intencionada acotación de Cervantes. Por supuesto, todo termina bien, aunque los equívocos se suceden ya en casa del caballero cuando, primero un paje, y luego otro, se abrazan a Marco Antonio.
Más tarde, una vez recobrada la honra de Teodosia, mediane el compromiso con Marco Antonio, y vestida de mujer, falta resolver el problema de Rafael y Leocadia [siempre en traje varonil], quienes, en una barca, terminan abrazados y besándose. Las escenas son absolutamente plásticas, teatrales; debemos entender que desde cualquier distancia lo que se observa en ambos episodios es a figuras masculinas acariciándose. Resulta muy risueña e irónica esta escena de la declaración de Rafael a Leocadia en la barca. Dice Rafael: «Dadme el sí [y] podéis volver a vuestra patria en vuestro propio, honrado y verdadero traje, acompañada de tan buen esposo». Responde ella: «vengo a conde[s]cender con vuestra voluntad, no porque no entienda lo mucho que en obedeceros gano, sino porque temo que en cumpliendo vuestro gusto me habéis de mirar con otros ojos de los que quizá hasta agora, mirándome, os han engañado».
Ejemplarmente culmina la novela solicitando el autor, fiel a su irónica inclinación, que del comportamiento de sus personajes no se hagan juicios livianos ni los lectores se arrojen «a vituperar semejantes libertades hasta que miren en sí si alguna vez han sido tocados destas que llaman flechas de Cupido, que en efeto es una fuerza, si así se puede llamar incontrastable, que hace el apetito a la razón».
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