
A mediados de este año, la editorial Adelphi publicó una colección de ensayos literarios de Ingeborg Bachmann con el título A occhi aperti (Con los ojos abiertos), de lo poco que queda sin traducir al italiano de su obra. Adelphi se ha encargado de traducir y publicar todo, o casi todo, lo que ha aparecido en Italia de la formidable escritora austríaca. En 1998 se encargó de la edición Il dicibile e l’indicibile (Lo decible y lo indecible), una serie de ensayos que Bachmann escribió, para ser emitidos por radio, sobre Musil, Wittgenstein, Simone Weil y Marcel Proust. Del último son estas inquietantes líneas sobre el asunto del amor en Marcel Proust, en el autor de La búsqueda del tiempo perdido:
En Proust todos los que aman, aman en realidad personas que no son dignas y que a menudo están por debajo de su nivel. Odette, una mujer del demi-monde, destruye años y años de la vida de Swann y de su posición en la sociedad, un hombre de espíritu elevado y superior a ella; Albertine, vulgar y mediocre, que se convierte en el gran amor del Yo que narra, e incluso después de muerta continúa a fascinarlo y arruinarle la vida. Del vulgar violinista Morel cae víctima Charlus, uno de los grandes señores de Francia; el joven y brillante Saint-Loup dilapida un patrimonio por Raquel, una mujer que hasta hace poco no tenía nada… La concepción trágica del amor como catástrofe y destino infausto está determinada, naturalmente, por las particulares experiencias de Proust.

En efecto, y de allí lo convincente de la fauna de En busca del tiempo perdido, Proust, en un juego inigualable de travestismo, fue todos sus personajes, hombres, mujeres y homosexuales. Y este es Proust al comienzo de A la sombra de las muchachas en flor, segundo libro de su dilatada saga, En busca del tiempo perdido. La traducción es la de Pedro Salinas:
Indudablemente hay muy pocas personas que comprendan el carácter profundamente subjetivo de ese fenómeno que es el amor y cómo el amor es una especie de creación de una persona suplementaria distinta de la que lleva en el mundo el mismo nombre, y que formamos con elementos sacados en su mayor parte de nuestro proprio interior. Y por eso hay pocas personas a quienes les parezcan naturales las proporciones enormes que toma para nosotros un ser que no es el mismo que ellos ven.

A los dos años del comienzo de la invasión israelí a Gaza este es uno de los titulares del New York Times de hoy: “Devastada por la guerra: Gaza trata de sobrevivir al presente con la esperanza en un futuro. Dos años de intensos combates han dejado a la gente de Gaza con una sociedad desmembrada y desordenada. Muchos de sus habitantes tienen heridas mentales y físicas que tendrá que cicatrizar una generación”. Por su parte, en su edición de hoy, The Guardian publica una entrevista con Batoo Abu Akleen, autora del reciente poemario 48Kg, de cual traduje algunos textos hace un par de semanas para este cuaderno. La autora del trabajo es Claire Armistead quien se comunicó con Akleen a través de una video llamada: “estaba elegantemente vestida a cuadros blancos y negros, con un par de anillos en los dedos tanto por el sentido de la moda de alguien que acaba de cumplir veinte años tanto como para recordar otra catástrofe”. Una de sus mejores amigas, la foto-periodista Fatma Hassouna, murió en un ataque esta primavera un mes antes del estreno de uno de sus últimos documentales en Cannes. Es la mayor de cinco hermanos de una familia de profesionales de Ciudad Gaza. Su padre es abogado y su madre trabajaba en una firma de ingenieros. Comenzó a escribir a los diez años. No mucho después. un profesor le dijo a los padres que la hija tenía un talento excepcional que debía ser estimulado. Desde entonces, su madre ha sido su primera lectora y editora.
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