
Nota preliminar de Miguel Gomes
Ya celebrado entonces como traductor de títulos claves de teoría literaria y de lingüística, a lo que se sumaría su labor como traductor de poesía, durante las tres décadas finales del siglo XX Francisco Rivera (Caracas, 1933-2020) desarrolló una excepcional obra ensayística, con colaboraciones regulares en diversas revistas del mundo hispánico. Algunos de esos trabajos fueron incluidos por el autor con inéditos de mayor extensión en una serie de compilaciones hoy agotadas. Con el título Variaciones sobre el libro, ABediciones (Ediciones de la Universidad Católica Andrés Bello) se dispone a subsanar esa lamentable carencia recogiendo los ensayos más importantes de Rivera, seleccionados por el mismo autor antes de fallecer. El estudio preliminar y la edición están a cargo de Miguel Gomes. La publicación se anuncia para junio de 2026.
Según afirmó Octavio Paz en 1982, Rivera fue «uno de los mejores críticos de nuestra lengua», opinión que José Miguel Oviedo ratificó en 1991 al considerar a Rivera, junto a Guillermo Sucre, uno de los dos ensayistas venezolanos más valiosos de su tiempo: «Se educó y trabajó en la universidad norteamericana, pero la suya no es una crítica académica, sino personal y abierta a diversos enfoques». La amplitud de su comparatismo, en efecto, sorprende. Las páginas de Variaciones sobre el libro deparan relecturas memorables de grandes nombres de la literatura europea y latinoamericana, pero asimismo aportaciones insoslayables en torno a asuntos de estética y psicología de la creación. Como botón de muestra, Laberinto reproduce a continuación uno de los ensayos del libro, escrito en forma de diario.
21 de junio, 1980
Tengo la costumbre, o deformación profesional, de considerar la literatura occidental como un todo, como una vasta red de analogías. Siempre he sucumbido a la atracción de las coincidencias —lo que algunos llamarían semejanzas casuales; otros, fenómenos de sincronicidad— que existen en el mundo de lo escrito. Por ello nada tiene de raro que, en un trabajo de hace ya varios años, publicado en el número 164 correspondiente al mes de junio de 1974 de Eco, en una nota al pie de página, yo haya dicho: “Sería sumamente interesante estudiar a fondo los paralelismos entre Pessoa y Cavafy, así como Seferis ha estudiado los que existen entre Eliot y nuestro poeta”[1]. Sentí en ese momento que, efectivamente, había entre esos dos grandes poetas de nuestro siglo toda una serie de puntos de contacto e inmediatamente soñé con hacer con sus vidas, es decir, con su poesía, un estudio inspirado en Plutarco (autor, por lo demás, tan importante en la escritura cavafiana), o, mejor dicho, por el famoso texto crítico de Seferis, de quien luego leí: “En mi “Cavafy-Eliot” me comporto más como alguien que escucha indiscretamente, que comenta, si puedo decir, el diálogo de los dos poetas, que como crítico. Mi propio punto de vista debería exponerlo en otro estudio largo, independientemente de ellos dos. Quizá se me dé esa oportunidad. Sin embargo, debo confesar que esta situación de tercero, de comparsa, me ha divertido” (Diario, 1945-1951, Ikaros, 1977, pp. 170-171). Escuchar indiscretamente un diálogo imaginario: de eso precisamente se trataba.
El proyecto, el largo texto, se quedó en el vasto limbo de mis apuntes diarios y, en la actualidad, francamente no me siento capaz de emprender un estudio meticuloso sobre este apasionante asunto; otros temas solicitan mi atención, otras coincidencias. Copio aquí ciertos fragmentos que he entresacado de algunas anotaciones dispersas en el tiempo.
13 de enero, 1977
Tendríamos que estarle agradecidos a Reynaldo Pérez-Só por su atinada traducción de la carta de Pessoa a Casais Montero sobre los heterónimos del poeta de Mensaje fechada en Lisboa a 13 de enero de 1935, hace exactamente hoy cuarenta y dos años, y que he leído esta mañana en el número 32 de Poesía. “Tuve la tendencia, desde niño, a crear a mi alrededor un mundo ficticio, a rodearme de amigos y conocidos que no existieron. Ignoro, por supuesto, si realmente no existieron, o si soy yo que no existo”. Nada de particular, se diría. Todos hemos jugado con amigos imaginarios, les hemos escrito cartas, etc. Lo que sí es importante es que, en un momento dado de su vida de adulto, Fernando Pessoa haya experimentado la necesidad absolutamente imperiosa de recurrir a lo que los teólogos llaman hipóstasis. Recuerdo mis clases de catecismo y aquello de “las tres hipóstasis de Dios”, que no comprendí totalmente hasta que aprendí algo de griego. ¿Se habrá sentido Pessoa como un ser divino? Cavafy, que estoy traduciendo frenéticamente, también sintió la necesidad de recurrir al uso de máscaras, de no permitir que se supiera a ciencia cierta quién estaba hablando. Pero esto también ocurre en la poesía inglesa moderna. Pienso en Browning y en su influencia sobre Pound, uno de cuyos primeros libros se llama precisamente Personae, o máscaras, a través de las cuales habla y no habla el futuro autor de los Cantos.
17 de marzo
Cavafy y Pessoa, además de ser expertos fingidores por naturaleza, tuvieron una posibilidad que no es concedida a muchos poetas: la de la duplicidad que automáticamente confiere el bilingüismo. No hay que olvidar que Pessoa aprendió el inglés de niño en Durban, que sus primeras publicaciones, hechas en Lisboa, están en inglés y, sobre todo, que sus English Poems fueron atacados en el Times Literary Supplement por sus “ultrashakespearianos shakespearianismos”, idiota trabalenguas de un articulista sin ninguna idea de lo que estaba tratando de hacer un gran poeta desconocido. “Cuando vivía en la calle de la Gloria”, escribe Pessoa a Cortes-Rodrigues, “encontró en los Sonetos de Shakespeare una complejidad que quiso reproducir en una adaptación moderna sin pérdida de originalidad e imposición de individualidad a los sonetos. Después de cierto tiempo, los realizó” (nótese el uso de la tercera persona refiriéndose a sí mismo). Cavafy, por su parte, había aprendido la lengua inglesa en Londres y, de regreso a Alejandría (dos ciudades en los antípodas: Lisboa y Alejandría), escribió varios poemas en esa lengua; pero, como su intención no era la de apoderarse de Shakespeare, la de competir con él (que sí era la de Pessoa), muy pronto abandonó el asunto. Los pocos poemas de Cavafy en inglés que conozco son sencillamente malos. Los de Pessoa, sin ser excepcionales (salvo, quizá, aquel sobre las máscaras), me dan la impresión de estar al borde de la gran poesía.
21 de marzo
Creo haber hallado la diferencia entre la actitud de Pessoa y Cavafy ante las máscaras: el alejandrino se pone y se quita disfraces a discreción, en busca de la impersonalidad, como Browning, Yeats, Pound o Eliot (¡qué cantidad de máscaras!: “Put off that mask of burning gold / With emerald eyes”), mientras que Pessoa no realiza ningún acto por voluntad propia, sino más bien llevado por una oscura fuerza. Si no fuera así, ¿cómo explicar lo de la carta a Casais Monteiro? ¿Cómo entender lo de la referencia precisa al día 8 de marzo de 1914 en que, definitivamente poseído, el portugués se acerca a una cómoda alta y escribe “treinta y tantos poemas uno tras otro, en una especie de éxtasis cuya naturaleza no lograré definir. Fue el día triunfal de mi vida, y nunca podré tener otro así”? Cavafy no es delirante —con ese tipo de delirio, quiero decir— nunca. Lo cual no quiere decir que no haya tenido la experiencia de la profundidad, sino que esa experiencia era de otra clase. ¿Cuál?

29 de marzo
Por más que releo a Cavafy, no encuentro en ningún lugar una sola frase equiparable a: Foi o dia triunfal da minha vida, e nunca poderei ter outro assim. Sin embargo, Cavafy se sabe historiador: “Muchos poetas son exclusivamente poetas… Yo soy un poeta historiador. Jamás podré escribir una novela o un drama, pero oigo dentro de mí ciento veinticinco voces que me dicen que podría escribir historia”. Me desconcierta ese “podría escribir historia”, que interpreto como: puedo, pero no lo hago, porque lo mío es escribir “ficciones”. Pulverizo con mi intelecto —parece decir el old man de Alejandría— la historia para que se convierta en poesía. Pessoa, el poseído, se basa, por el contrario, en una constante y sólida certitud: la de poder escribir “dramas”, la de ser un “poeta dramático” (de nuevo Shakespeare y Browning, ¿no?). En las Páginas de Doutrina Estética se leen cosas como esta: “el punto central de mi personalidad como artista es que soy un poeta dramático; tengo continuamente, en todo cuanto escribo, la exaltación íntima del poeta y la despersonalización del dramaturgo”. Y, en un apunte fechado el 14 de octubre de 1931: “Estos nombres (Caeiro, Reis, Campos), por lo tanto, no son seudónimos; representan personas inventadas (pessoas inventadas: Pessoa inventa “pessoas”), como figuras en dramas, o personajes que declaman aislados en una novela sin intriga”. Cavafy no se siente capaz de componer ni dramas ni novelas; Pessoa afirma todo lo contrario. Cavafy siempre se las arreglas para recordarnos que lo que está diciendo lo ha tomado de otro autor (real o imaginario, poco importa: Plutarco o Perico el de los Palotes); Pessoa se autohipostatiza: “Estas individualidades”, establece con toda la seriedad del caso en la Tábua bibliográfica del número 17 de Presença de diciembre de 1928, “deben ser consideradas como distintas del autor de ellas. Forma cada una una especie de drama; y todas juntas forman otro drama. Es un drama en gente, en vez de en actos”.
15 de abril
Imposible no apuntar aquí algo acerca de la actitud de Cavafy y Pessoa con respecto al placer. El griego se deleita en recordar gozos pasados. En un poema de 1912, por ejemplo, que acabo de terminar (que nunca terminaré, pues las traducciones no se terminan) encuentro:
Vuelve a menudo y tómame,
sensación amada vuelve y tómame—
cuando despierta la memoria del cuerpo,
y antiguos deseos corren otra vez por la sangre,
cuando los labios y la miel recuerdan,
y se sienten las manos como si tocaran de nuevo.
Vuelve a menudo y tómame en la noche,
cuando los labios y la piel recuerdan…
En Pessoa, inversamente, se trata de repetir un tema básico, el de la abdicación, la renuncia:
Toma-me, ó noite eterna, nos teus braços
e chama-me teu filho.
Eu sou um rei
que voluntariamente abandonei
o meu trono de sonhos e cansaços.
[...]
Despi a realeza, corpo e alma,
e regressei à noite antiga e calma
como a paisagem ao morrer do dia.
Poema de la impotencia del poeta ante el lenguaje, ya que es el lenguaje el que nos da al mundo (como lo ha hecho notar Eduardo Lourenço en Pessoa revisitado, 1973, p. 141), “Abdicación”, texto firmado por el propio Pessoa y publicado en revista en 1920, contiene todo el horror del sexo que caracteriza a la poesía ortónima, es decir, la firmada con el principal heterónimo del poeta: el nombre de pila de un ser sin nombre.
Baudelaire escribió que el proceso civilizador consistía en borrar las huellas del pecado original. Cavafy, como dice Seferis en un texto penetrante, “no tiene ninguna idea de las llamas del infierno ni de las del purgatorio”; Pessoa causa la impresión de haber ocupado en el plano erótico una posición “de una doble y contraria repugnancia en relación con lo que a Baudelaire y a Proust fue consentido” (Lourenço, p. 145). Duro combate, en verdad, para sofocar la expresión de un amor considerado anómalo y transformarlo en un “Eros normalizado”, “culpabilizándose por sentir los impulsos del primero y despreciándose por no poder aceptarse en ellos ni traducirlos con los reflejos del segundo”. Toda la poesía firmada por “Fernando Pessoa” es una auténtica cárcel de ambigüedad, un “doloroso laberinto”, como escribe el gran crítico portugués, del que el poeta no saldrá jamás, pues está convertido en su propio carcelero. En Cavafy, desde luego, ocurre todo lo contrario: la claustrofobia, el encerramiento, las tinieblas de los primeros poemas, van desapareciendo. De los “cuartos oscuros” de “Las ventanas”, texto de 1903, el poeta pasa con progresiva facilidad al “pequeño cuarto vivamente iluminado” de “Lustro”, poema de 1914.
28 de agosto, 1979
Después de la “publicación” de mi Cavafy (lleva pie de imprenta del 20 de julio de 1978, pero salió a la calle hace pocos meses)[2], empiezan a llegar traducciones que ni pude consultar simplemente porque las desconocía. Hoy abro la portuguesa de Jorge de Sena (90 e mais quatro poemas, Editorial Inova, sin fecha) y ¿qué encuentro? “Mucho más ligado a la poesía occidental de su tiempo (especialmente a la inglesa y la francesa, que conocía ampliamente) que a la de su Grecia contemporánea [...], Cavafy podía decir, como uno de los heterónimos de Fernando Pessoa (o semiheterónimo, Bernardo Soares) dijo de la lengua portuguesa, que su verdadera patria era la lengua que él creaba. Son innumerables los paralelos que pueden establecerse, en este orden de ideas, entre Cavafy y otros grandes poetas de este siglo que, como él, contribuirían decisivamente a la transformación moderna de la poesía occidental, y que, también como él, siempre vivieron más en una patria mítica que en una patria real. Fernando Pessoa, poeta que piensa en inglés y radicado en una patria lingüística y mitológicamente política…” Y más adelante: “Con Pessoa, Cavafy comparte el gusto de la despersonalización dramática, al punto de dividirse en innumerables personajes: casi cada poema es una heteronimia” (pp. 161-162). ¡Qué superficial se puede ser cuando se pierde de vista la diferencia que existe entre un hombre y otro! Jorge de Sena, en su afán de generalizar, asimila el uso que hace Cavafy de las máscaras con la trágica heteronimia de Pessoa. Inaceptable. Cavafy hace poesía impersonal; Pessoa se divide, se convierte en varios “otros” y escribe poesías heterónimas. ¿Y cómo es posible que Sena no se percate de las diferencias que hay en la manera de enfocar el bilingüismo por parte de cada poeta? ¿Acaso no ha observado los cambios de estilo que se dan en “Pessoa” de un heterónimo a otro? ¿Ni el sincretismo lingüístico de Cavafy (movimiento contrario, de nuevo, si lo hay)? ¿No ha percibido el tenaz esfuerzo del alejandrino por unir en un demótico depurado —valga el oxímoron— todos sus sentimientos encontrados?
Si hay algo de verdad en el pensamiento de Heidegger de que die Sprache ist das Haus des Seins, ¿por qué Sena no ha examinado la casa de Cavafy y las diversas moradas de Pessoa?
20 de junio, 1980
Sigo pensando que Seferis —por razones evidentes: su conocimiento de la literatura inglesa, francesa e italiana, y el hecho de ser griego— ha comprendido mejor que nadie hasta el momento lo que representa la escritura de Cavafy. Es una verdadera lástima que le faltara un campo del saber lingüístico y literario para mí insustituible (también por razones que caen de su propio peso): el de las tres lenguas románicas de la Península Ibérica. En el índice de nombres de su monumental colección de ensayos en dos volúmenes no se encuentra para nada el nombre de Fernando Pessoa.

---
NOTAS DE MIGUEL GOMES
[1] Este ensayo se publicó por primera vez en El Universal, el 29 de junio de 1980.
[2] Rivera se refiere a “Máscaras y mitos de Constantino Cafavis”, Eco, núm. 164, 1974, pp. 208-217.
[3] C. P. Cavafy, Cien poemas, selección, traducción, introducción y notas de Francisco Rivera, Caracas: Monte Ávila Editores, 1978. La tercera y última reedición corregida por Rivera data de 1992. Uno de los méritos principales de la versión de Rivera fue haber sido la primera extensa en español hecha directamente del griego. Antes de ella, los esfuerzos de José Alsina y Carlos Miralles, Elena Vidal y José Angel Valente habían proporcionado sobrios acercamientos al poeta alejandrino, aunque provisionales por su brevedad introductoria. Los trabajos de Lázaro Santana (1971 y 1973), Joan Ferraté (1971) y José María Álvarez (1976), pese a su mayor difusión editorial, se hacían eco de numerosos giros presentes en traducciones a otras lenguas, en especial la francesa. Aunque luego aparecerían otras traducciones de su poesía completa hechas directamente del griego, fue la selección de Rivera la que mayor influencia tuvo en la poesía hispanoamericana de la época; José Emilio Pacheco, por ejemplo, dedica a este su “Lectura de la antología griega” de Aproximaciones (Tarde o temprano, México: FCE, 1986, p. 308) y Guillermo Sucre no deja de recordar a Rivera y sus lecturas de Cavafy en la segunda edición de La máscara, la transparencia (México: FCE, 1985, p. 74). El poeta y traductor español Luis Alberto de Cuenca resume esa influencia internacional en una reseña que hizo para la revista Libros (núm. 18, 1983, s.p.): “A mis traductores favoritos de Cavafis al español les ha salido un peligroso competidor: Francisco Rivera […]. No me extraña que sea la versión de Rivera la preferida por Octavio Paz, de entre las existentes en castellano hasta la fecha. El traductor, que invoca a Paz en su prólogo, no tiene nada que envidiarle en pulcritud de estilo”.
Suscríbete para recibir una notificación por correo electrónico cuando publiquemos un artículo.
Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit. Suspendisse varius enim in eros elementum tristique. Duis cursus, mi quis viverra.
Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit. Suspendisse varius enim in eros elementum tristique. Duis cursus, mi quis viverra.