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Danton y la ejecución de los opositores

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A veces son temores irracionales que te soplan al oído qué va a pasar contigo, con muchos años de antelación. Te indican las carencias, la falta de confianza en esa intuición que logra percibir más de lo que conscientemente logras aceptar. Es la escasez de criterios, lo poco inteligente que fuiste.

Serían las tres de la tarde en Montero, la hacienda de naranja y café fundado por mi abuelo, donde nació mi padre y donde trabajaba desde hacía un par de años y donde seguiría trabajando por al menos tres décadas más. Era un sábado a mediados de 1986, ya los obreros se habían ido y estaba solo en la casita donde vivía, una pequeña construcción de paredes de bahareque y con techos de madera y caña brava, donde mucho antes, cuando tenía siete años, vivía el encargado del taller mecánico y con cuyos hijos iba a jugar. Ahora veía solo una película que alquilé en la Alianza Francesa de Valencia: Danton, el film franco-polaco de 1983, dirigido por Andrzej Wajda e interpretado por Gérard Depardieu en el papel líder revolucionario, ejecutado en la guillotina por órdenes de Robespierre. Los méritos de la película son muchos: el guion, el montaje y los actores, entre ellos el polaco Wojciech Pszoniak y Patrice Chéreau, conocido también por sus montajes de la ópera El anillo de los Nibelungos en el propio Festival de Bayreuth. No había pasado una hora, Danton y Roberspierre seguían discutiendo sobre las conveniencias de la radicalización del proceso revolucionario, cuando tuve que levantarme, no para ir al baño o tomar agua, sino para buscar un arma. Tenía una Walther PPK 7.65, permisada y adquirida en un comercio en las afueras de Fuerte Tiuna, las instalaciones militares más importantes de Caracas. Terminé de ver la película con la pistola en el bolsillo, mirando de vez en cuando hacia afuera por una puerta de madera más bien endeble que daba a un pequeño jardín, con dos palmas de sagú recién sembradas; luego comenzaba un corte de naranja y después el río, que sólo cogía agua en invierno y más allá, a dos kilómetros, el pueblo de Montalbán. El escenario de horror de la película me preocupaba, me paraba nervioso en la puerta, pistola en mano, viendo hacia los lados, pensando que alguien podría acercarse a buscarme, como sucedió en los primeros años de la revolución chavista, cuando militares armados con fusiles y ametralladoras vinieron para llevarme a paseo. Y no sé cuántas otras acciones más que terminaron llevándome a a una Clínica, al borde de un ACV, que afortunadamente nunca apareció.

¿Entendí lo que iba a pasar cuando vi la película? ¿Estarían dadas ya las condiciones para que en Venezuela militares ambiciosos, que tienen alcancías en vez de cerebros, tomaran control por la fuerza del Estado venezolano para su provecho personal y descargar su odio contra las élites políticas, económicas y culturales? Sí y no. Estaban dadas las condiciones, pero no supe darme cuenta sino mucho después, cuando el innombrable fue a dar un mitin de campaña en la Plaza Bolívar del pueblo, cuando era candidato a la Presidencia por primera vez en 1998. Al verlo se me puso la piel de gallina, como dicen que se ponen los gatos al ver un espectro. La misma sensación que tuve al ver Danton: me daba cuenta, sin poder o querer explicarlo: lo que estaba ocurriendo cambiaría mi vida y la de millones de personas que terminaron huyendo del país como de una plaga viva, mortal.

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