
“En el morral de cada soldado ya está la espada de mariscal”, dijo Stendhal cuando se enroló en el ejército. El mito napoleónico habla de cómo un hombre, sin la intervención divina y partiendo de los escalones más bajos, ascendió hasta el peldaño más alto, el de ser, no un rey, que ya es bastante, sino todo un Emperador, la única autoridad en la Tierra capaz de enfrentar el poder del Papa. Los recursos disponibles no eran, como bien puede y suele suceder, abundantes ni la familia especialmente distinguida ni su fortuna consolidada. El modelo napoleónico era hijo de la Revolución, aquella utopía de libertad, igualdad y fraternidad. Todos tenían acceso. Apenas eran necesarios una ambición fuera de lo común, una disciplina férrea y una inteligencia superior. El héroe napoleónico fue el primer héroe democrático de la tradición occidental. Roland y el Cid eran caballeros cristianos. Los protagonistas de Henriada, la épica volteriana, eran miembros de la dinastía borbona. El protagonista de Camoëns era un distinguido aristócrata. Napoleón era apenas miembro de la nobleza baja de la improbable Córcega. En vida, y mucho después de su muerte, el mito napoleónico determinó la vida de generaciones. Uno de sus miembros fue Julien Sorel protagonista de Rojo y negro, el clásico de la novelística francesa. Stendhal (né Henri Beyle) durante años estuvo al servicio del Emperador y repetidas oportunidades se entrevistó con él. Es autor de una irregular, pero interesante Vida de Napoleón publicada, como Rojo y negro, de manera póstuma. Sorel es homo napoleónico. Julien, nacido en un hogar distópico de la incipiente burguesía rural, con un padre que lo odiaba y unos hermanos que no lo detestaban menos, se propone un proyecto existencial basado en el mito napoleónico. De la nada o casi, a la cima de la estructura social. En principio, se siente inclinado a la carrera militar la cual cambia por la eclesiástica, en la cual, sin embargo, no alcanza mayores posiciones, pero le sirve para lo que realmente le interesa, ser una figura de primer orden en la cambiante sociedad francesa de la Restauración. Stendhal no deja de reconocer el componente teológico del modelo. Un ascenso social a toda costa, con no poco de maquiavélico, insurge contra el conformismo patrocinado por las autoridades de la iglesia francesa. Después del ateísmo de Napoleón, lo mejor era dejar las cosas como estaban: los que están arriba, los que están abajo. Una consigna que el abate Pirard les recuerda a los seminaristas entre los que se encuentra Sorel:
Acaso quieren los honores del mundo, las ventajas sociales, el placer de mandar, de burlar
las leyes y de ser de manera insolente impune hacia todo? O prefieren la salvación
eterna? Incluso el menos aventajado entre ustedes no tiene sino que abrir los ojos
para distinguir las dos vías.
A la militancia activa en la primera vía, precisamente, es que el joven protagonista va a consagrar sus desvelos, sin mayores consideraciones morales o éticas. A pesar de su reprobable comportamiento, Julien Sorel, como su modelo, es uno de los protagonistas más fascinantes de la ficción del siglo XIX.
Ercole sul Termodonte, es una de las tantas óperas escritas por Vivaldi que esperan ser rescatadas del polvo de las bibliotecas venecianas. Ercole sul Termodonte era una de ellas, de cuya primera representación en tiempos modernos se encargó el Festival de los Dos Mundos, de Spoletto en 2006. No alcanza la grandeza de otros dramas musicales de Vivaldi, pero abunda en arias de rara belleza. No es todavía una ópera en sentido estricto, carece de coros, la actuación reducida al mínimo y la personalidad de los protagonistas es todavía poco individualizada. Se distinguen uno de otros más por la voz que por sus actos. De un drama lírico, como prefiere llamárseles, los responsables del Festival han logrado un espectáculo fascinante y encantatorio. La coreografía, vestuarios y escenografía son de un elegante erotismo, hombres y mujeres casi desnudos, moviendo sus bellos cuerpos mientras interpretan la música del veneciano.
Como toda figura del mito (Alejandro, Julio César, Marco Antonio, Cleopatra, Miguel Angel, Bolívar) la recepción de la figura de Napoleón está signada por la contradicción. Y no puede ser de otra manera un hombre que era un homenaje a la contradicción. Un emperador que imponía la libertad de culto y de prensa en los países conquistados, así como la educación obligatoria y el primer código civil moderno todavía, en buena parte vigente. Un estratega que perdió su ejército en la estúpida empresa rusa, y que siguió siendo amado por lo sobrevivientes, quienes no dudaron en sumarse a sus nuevos proyectos bélicos. Un intelectual que mantuvo una conversación entre iguales con Goethe. Un esteta que promovió la superación del decadente rococó y la implantación de un clasicismo. El héroe que en principio encarnó los ideales del yo romántico para darles la espalda con su cabeza auto-coronada. Como Bolívar, fue amado por muchos y detestado por no menos. Su recepción entre los intelectuales fue igual, signada por la contradicción. Desde Goethe que lo admiraba, hasta Chateaubriand, quien, con todo su genio lo odiaba.
De nuevo
es primavera
en invierno.
La tierra,
cansada,
no sale
del desconcierto.
Dónde están
las nieves
que mantienen
el sueño de las vides
despierto?
Los pájaros
llegan
y cantan
como si todo
fuera
nuevo.
El pino blanco
los recibe
antes de tiempo.
En sus ramas
los nidos
no son
seguros
y más pequeños.
Nada
va quedando
en el aire
para
que sigan
viviendo.
Desaparecerán,
como en el país
de mi infancia
los azulejos.
La tierra
siente
los efectos
de todo
lo que le hemos
hecho.
Su cuerpo
lleno de cicatrices
y casi deshecho.
No hemos
dejado casi nada
para Alessandro
mi nieto.
Es tanto
lo que hemos
perdido
del azul
del cielo,
que apenas
queda
un anémico
reflejo.
El ozono
y los gases
de invierno,
nos dejaron
solos bajo
el inmenso
hueco.
Con no poco
talento
logramos
alterar
el ritmo
del tiempo.
Nadie sabe
cuándo
comienza
el verano
o termina
el invierno.
La que más
sufre
es mi madre,
sudando
bajo tierra
a caballo,
lejos de la Viena
amada,
y Puerto Cabello,
con la brisa
de la mar plateada.
Ahora,
cuando todo
nos acerca
al caos,
ruego
por un instante
de azul
en lo que me queda
de cielo…
Una de las grandes experiencias para los estudiosos de ciencias políticas, es la lectura de El príncipe, de Maquiavelo en la edición comentada por Napoleón. El futuro emperador escribe sus comentarios pensando en el florentino como interlocutor. Propone alternativas a las conductas desacertadas de algunos de los estadistas reseñados en el primer estudio de ciencias políticas. Y sentimos que ambos, Maquiavelo y Napoleón, están a la misma altura. Lo mismo con Julio César. Pocos han entendido al romano en el sentido profundo como Napoleón, y así se lo hizo saber a Goethe cuando se entrevistaron.
En 1808, Goethe era el escritor más leído y admirado de Europa. Suya era Werther, la exquisita y pre-romántica novela epistolar que, probablemente, haya sido el primer best-seller de la literatura moderna. Pero también era el dramaturgo de Fausto, hasta nuestros días, con Hamlet, la obra de teatro más influyente de la literatura moderna. En octubre de ese año se encontraba en la ciudad alemana de Erfurt, en su condición de consejero áulico del duque de Weimar, para asistir a las sesiones del Congreso, convocado por Napoleón para formalizar un tratado de paz con el zar Alejandro I. En medio de los urgentes asuntos de la reunión, el emperador encontró una pausa para entrevistarse con Goethe. Había leído siete veces Werther y le expuso al gran poeta, las críticas que le tenía a su libro. Le objetaba el exceso de sentimentalismo que había llevado al protagonista al suicido, una lamentable salida que había sido imitada a todo lo largo del continente. Goethe, impresionado por el talento crítico del francés, reconoció que no le faltaba razón al general galo. No contento con manifestar estas reservas, a Napoleón le pareció que era la oportunidad ideal para abordar con Goethe el asunto nada obvio de la tragedia en el teatro. Esta es la materia con la cual se hacen los mitos: el más grande guerrero de su tiempo, llama al más grande poeta para discutir sobre las notables diferencias entre la tragedia clásica, tal como la consideraba Aristóteles y había sido puesta en práctica por los dramaturgos franceses como Corneille o Racine. Le gustaría conocer las razones por las cuales el bardo alemán, le daba tanta importancia a Shakespeare, cuyo teatro le parecía, como antes a Voltaire, caótico. Y, de paso, lo anima a que escriba una tragedia sobre la muerte de Julio César presumo que no le había gustado la de Shakespeare). De acuerdo al recuento que Goethe le hizo a un cronista amigo, Napoleón habría dicho: “La tragedia debería ser una escuela para los gobernantes y sus pueblos, no hay mayor logro para un poeta. Usted, por ejemplo, debería escribir una tragedia sobre la muerte de César, una verdaderamente digna del tema, mejor que la de Voltaire. Esa podría ser su mejor empresa. Le mostraría al mundo cómo César habría podido ser un benefactor, cómo todo habría sido diferente si le hubiesen permitido realizar sus magníficos planes. Usted debería venirse a París; insisto en esto. Tenemos una visión más amplia de las cosas. Encontrará abundante material para inspirar sus obras”. Cuando Goethe se retiró, Napoleón murmuró a espaldas del poeta, “Voilà un homme” (“Ese es un hombre”). Por supuesto, Goethe no se fue a París, pero hasta el final de sus días mantuvo su respeto por aquel hombre notable que el destino convirtió en personaje trágico”.

Si Goethe era el escritor más grande de su tiempo, Hegel fue el filósofo más influyente. No tuvo la oportunidad el joven pensador de hablar con Napoleón. De haberlo hecho, le habría manifestado su admiración por ser la manifestación suprema de la mente activa y la encarnación del desarrollo final de la conciencia tal como lo expuso en esa Fenomenología del espíritu que terminó de escribir justo cuando Napoleón pasaba por Jena. El general francés había alcanzado como hombre de acción el Absoluto que Hegel expuso en su libro. A su amigo Hammertier escribió el 13 de junio de 1806: “Vi al emperador, el Espíritu del Mundo mientras salía de la ciudad para pasar revista a su reino. Fue una sensación maravillosa contemplar a un hombre así, que sentado en un caballo se desplaza por el mundo y lo domina”. Me gusta recordar que en el momento en que Hegel escribe estas aladas líneas, todavía estaba fresca en la memoria de los europeos la “mítica” victoria de Napoleón en Austerlitz, donde venció de manera brillante a las tropas aliadas de las grandes victorias europeas. Es decir, Francia contra todos (Inglaterra, Imperio Austro-Húngaro, Rusia, Reino de Nápoles y Suecia).
Llegaban
por las guayabas
al jardín blanco
de mi infancia
Azulejos,
arrendajos
y paraulatas.
Un arrendajo
hablaba
con la tía Yolanda,
“Escuchaste
lo que me dijo?”,
preguntaba,
con su sonrisa
desdentada;
la lobotomía
la había dejado
idiotizada.
Los azulejos
no decían nada,
ni cantaban,
pero flotaban
en el éter
cada día
desde
la madrugada…
Se acerca,
con sus pasos
de seda,
de nuevo
la primavera.
Los mirlos
apasionados
están cansados
de la espera.
Cantan
desde la hora
primera,
buscando
con desespero,
en las ramas
del pino blanco,
una alada
compañera.

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