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Y es así, que yo soy el primero que ha novelado en lengua castellana.
Miguel de Cervantes. Prólogo a Novelas ejemplares
Hanse de casar las fábulas mentirosas con el entendimiento de los que las leyeren, escribiéndose de suerte que facilitando los imposibles, allanando las grandezas, suspendiendo los ánimos, admiren, suspendan, alborocen y entretengan, de modo que anden a un mismo paso la admiración y la alegría juntas; y todas estas cosas no podrá hacer el que huyere de la verisimilitud y de la imitación, en quien consiste la perfección de lo que se escribe.
Miguel de Cervantes. Quijote. I. xlvii
La Primera Parte del Quijote, novela marco, episódica, de ensayo, etc., o, mejor, Novela Summa, como la nombra Pedro Salinas, está compuesta por cuatro partes dadas por entregas; la primera integrada por los capítulos I a VIII. Esta primera parte bien pudiera cerrarse en sí misma con el añadido de un pequeño fragmento del capítulo IX, astutamente omitido por Cervantes en el VIII para dejar la aventura inconclusa e incitar a la compra de la continuación. Tal evidencia, entre otras, ha llevado a muchos estudiosos a considerar que en su origen el Quijote pudo ser novela corta, una más de las reunidas como Novelas ejemplares. Sin embargo, varios de estos relatos dejaron de ser independientes cuando el ingenio de Cervantes los incorporó a su Quijote empleando diversas técnicas narrativas, adecuando la historia a distintos subgéneros novelísticos o meditando similar comportamiento humano desde diferentes puntos de vista, con lo cual el asunto, aún siendo el mismo, deja de ser igual.
En el Quijote encontramos novelas pastoriles, como la hermosa historia de Marcela y Grisostomo, donde la bella labradora que, con el beneplácito de su tío (tutor y cura), huye de la vida social común y del matrimonio para disfrutar de un honesto y entretenido ocio en la florida campiña, hace un planto soberbio sobre la libertad de la mujer, el cual comienza con esta frase inequívoca: “Yo nací libre”. Pues a esta historia llena de gracia, a este triunfo de la libertad femenina que fascina a don Quijote, el autor contrapone un reprise irónico, casi grotesco. La historia de Eugenio y Leandra se encuentra hacia el final de la Primera Parte (caps. L y LI), pero allí la libertad se entiende como torpe capricho de un alma simple, por lo cual, su fin no puede ser sino “desastrado”.
Igualmente aparece en el Quijote una novela cortesana escrita en libro y encontrada por casualidad: “El curioso impertinente”, la cual hace Cervantes que lea el cura (otra vez un cura), en voz alta y con singular estilo, a la dispar concurrencia de la venta de Palomeque; además da el prelado la conclusión moral que conviene a Cervantes que lea la censura:
—Bien —dijo el cura— me parece esta novela, pero no me puedo persuadir que esto sea verdad; y si es fingido, fingió mal el autor, porque no se puede imaginar que haya marido tan necio, que quiera hacer tan costosa experiencia como Anselmo. Si este caso se pusiera entre un galán y una dama, pudiérase llevar, pero entre marido y mujer, algo tiene del imposible; y en lo que toca al modo de contarle, no me descontenta. (Quijote I. xxxv)
El cura da a entender que solo ha entendido que la novela trata de un marido muy celoso, cuya enfermedad precipita a todos a la destrucción; pero sin percatarse de otros asuntos subyacentes, como el adulterio, la psicología del trío, el voyeurismo o la homoerótica. De más está decir que la censura, los oyentes y posteriormente muchos leyentes, cada uno según su propósito, darán su atención únicamente a tan riguroso tema.
También se hallan entretejidas novelas de aventuras, como la del capitán cautivo, donde el narrador protagonista recuerda el valor de un apreciado compañero de cautiverio en Argel llamado “tal de Saavedra”, cuya heroicidad y aventuras quisiera relatar por extenso “si no fuera porque el tiempo no da lugar”, aunque son dignas de admiración y “quedarán en la memoria por muchos años” (I, cap. Xl). Luego tendremos ocasión de volver a ella.
Incluso, una misma novela, por ejemplo, la amorosa de Cardenio y Luscinda, también desarrolla la particular de Dorotea mediante el concurso del personaje compartido de don Fernando, burlador de mujeres y segundo hijo de “un grande de España”; lo cual da ocasión a don Quijote de abatir a un “gigante”, porque los hay de muchos estilos.
Incluso, en las Novelas ejemplares, siendo un conjunto de novelas cortas, no se exime Cervantes de esta práctica; así, en “El casamiento engañoso”, un personaje lee la novela dialogada de “El coloquio de los perros”, mientras el otro personaje, autor del relato, duerme. Al concluir la lectura del Coloquio, cerrando así la inserción, despierta el autor, a quien el licenciado certifica su aprobación del estilo y el disfrute que le produjo el artificio y la invención.
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Quien haya leído con atención nuestros epígrafes, está enterado tanto de la exageración de Cervantes respecto a su primogenitura en la escritura de novelas como de los múltiples juegos estéticos que propone. En cuanto a la afirmación de si fue o no el primero que noveló en lengua castellana, poco o nada nos interesa decir. La respuesta más segura es no. Pero sí nos entregamos a la experiencia lúdica propuesta, pues, como es sabido, sí es Cervantes el más conocido de los autores de la verdadera y original historia de don Quijote y Sancho. Pero, tal vez pudiéramos considerar a Cervantes como el primer pensador del género, el que a través de innumerables ejercicios narrativos se dedicó a explorar las incontables posibilidades y las infinitas maneras de tal modo de narrar.
Además, cada uno de estos ejercicios (teoría hecha práctica), presenta, junto al particular estilo, una acusada reflexión, en ocasiones muy analítica, de conductas humanas que al autor resultan, para decirlo con sus palabras, al menos curiosas: un apunte ya he dado en relación con los temas del “Curioso impertinente” o con la pulsión -afición la llamará Cervantes- tan acusada en don Fernando de someter a las mujeres.
Tema recurrente en Cervantes, huelga decirlo, es la locura, la cual estudia desde muy diferentes puntos de observación y emplea, incluso, como recurso literario para decir a través de ella cosas que, acaso, más convendría callar, en especial en una sociedad de censura como la española de su tiempo.
En las obras de nuestro autor no es don Quijote el único loco; casi todas sus criaturas participan de esta pasión en diversos grados; basta con pensar, por ejemplo, en la muchedumbre de personajes que cambian de traje, y con él de persona. Para el autor, la enajenación es un misterio inabarcable. Lo investiga en novelas cortas, como “El Licenciado Vidriera” o la que tal vez llevó el nombre de “El loco de los romances”, durante cuya escritura se percató de que no son de igual sustancia la insania de Tomás Rodaja producida por la extraña mezcla de lectura literal y un brebaje dado por una mujer despechada, y la de Alonso Quijano, quien, pese a su literalidad al leer, lo hace con propósito: uno voluntariamente se aparta del mundo que siente dañino; otro, se entrega al mundo para mejorarlo. En el corazón del loco Quijano se esconde un secreto que el autor anhela descubrir; por eso, “encantado”, hace de él Don Quijote de la Mancha, el más honrado caballero andante que jamás haya existido; mientras que la ausencia de tal misterio limita a Tomás Rodaja a las cortas dimensiones de su otro sí mismo, el Licenciado Vidriera.
El asunto de la verdad literaria se une en Cervantes con el de la verdad histórica, y ambos se conjugan para recrear una realidad engañosa, pero verosímil. Y ahí está el juego. Aquí no hay conceptos; todo lo logra el autor merced a su particular estilo de escritura. Consideramos el secreto del personaje también motivo eficiente para encantar a su autor, o, mejor, a sus autores, quienes, movidos por sus ansias de conocimiento y comprensión, no se sienten satisfechos solo con la certeza de que el relato de la descomunal historia quijotesca haya sido fabulado por algún encantador, quizás enemigo del caballero, sino que en su búsqueda de verdad inspeccionan los Anales manchegos, sacando a luz la única y verdadera historia, la cual es tan dilatada que habrá de ser escrita/historiada/registrada por un auténtico y verídico relator, el cronista árabe Cide Hamete Benengeli, cuya existencia literaria –ficcional- comienza, precisamente, en el capítulo IX.
Ya hemos dicho que la novela ejemplar de un personaje enloquecido por los romances (no por las novelas de caballerías) debió acabar tras el apaleamiento del solitario que va por la campiña creyéndose Valdovinos; pero no ocurre así, y no solo porque al autor le conviene vender la siguiente entrega de la historia, sino porque es justo entonces cuando cae en cuenta de la originalidad del personaje, de las inmensas dimensiones de su divina locura. De su nobilísimo deseo de hacer que el mundo sea mejor. Así, pues, es en este capítulo IX cuando empieza más propiamente el Quijote, la novela de ese pobre hidalgo desquiciado ya no por los romances, casi crónica histórica en verso, sino (y el cambio es superlativo) enajenado por las novelas de caballerías y su escondido misterio:
La novela (de caballerías) sitúa a los hombres ante un único e irrefragable destino: la soledad (…) la soledad es necesaria para conquistar lo que el hombre no tiene: lo que debe conseguir por medio de la voluntad y el orgullo de no ser un esclavo del poder (…) Al final de ese singular combate se encuentra la libertad. (J.E. Ruiz Domenech. La novela y el espíritu de la caballería)
Cervantes, buen lector de novelas de caballerías, sabe bien que ellas revelan la existencia de “algo numinoso cerca de nosotros mismos”. Por eso las elige.
Pero un verdadero caballero andante no puede serlo sin la compañía de su escudero. Ya el autor nos ha sorprendido con la nunca bien estimada presencia de Sancho, “amigo perfecto”, epíteto que debemos a Pedro Salinas, sin cuyo concurso y palabra el Quijote no podría haber sido. Porque es, tras su mutuo encantamiento, o reconocimiento, que don Quijote y Sancho preparan muy cuerdamente su apoteósica salida (dineros, alforjas, camisas) en busca de aventuras. Los guía el propósito de hacerse personajes de novela de caballerías, embellecer la vida de todos y sacar con ello su verdadero ser.
Ahora importa mucho verificar los motivos e intención de cada uno de los verdaderos y tan distintos autores: el historiador moro es el primero, mientras que el último es su traductor, un tal de Saavedra, pero ambos parecen conscientes de las dimensiones de la crisis de sus respectivos mundos, el histórico y el geográfico: ya había ocurrido la batalla de Lepanto, “la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros”(Prólogo a Novelas ejemplares), y el turco había sido detenido. Occidente se prepara para la Modernidad.
Cide Hamete tiene entonces a su disposición la inmensa distancia entre lo auténtico y lo improbable; mientras el <segundo autor>, Cervantes, puede comportarse bien como narrador irresponsable, bien como crítico que rechaza o limita las afirmaciones de su fuente. El desdoblamiento del escritor encubre la crisis (= `separación`, `elección`, `juicio`) entre Renacimiento y Barroco: en primera persona, Cervantes es portador de la poética renacentista; disfrazado de Cide Hamete, crea personajes y sucesos barrocos en el gusto por los contrastes, en la consciente desarmonía, en el sentido de lo inestable de la realidad. (Cesare Segre. Las estructuras y el tiempo)

Y ahora, muy cervantinamente y para no cansar, dejaré esto aquí. Al lector interesado le prometo retomar en el próximo número de Laberinto nuestra curiosa indagación sobre la afición de Cervantes por temas como la belleza o el amor y sus matices, comenzando con la novela amorosa de Dorotea, entreverada en la más amplia novela de Cardenio y Luscinda, insertas, a su vez, en el espacio textual de la venta de Palomeque. Y finalmente, todo ello incluido en el Quijote.
No obstante, en este mes de abril, cuando el día 23 celebramos una vez más al libro y al idioma, no quiero cerrar estas líneas sin invitar a la lectura del Quijote, a quien debemos otra “invitación al ejercicio de una facultad humana sin par: al ejercicio de la libertad” (Pedro Salinas).
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