
“¿Tienes un demonio? Escríbelo.”
J. W. Goethe
Cuántas veces quisiste escaparte, cuántas veces quisiste escabullirte de tu demonio interno, cuántos ardides tramaste para esquivarlo. Pero él esperaba pacientemente, pues le sobraba el tiempo. Te sorprendía al cruzar la esquina, en un rostro enigmático y pasajero, en un inesperado sentimiento de zozobra, en un sudor frío sobre la frente. Ahora no queda más remedio que negociar con él, y esa tarea es ardua. Tu demonio no emplea argumentos, sino fuertes ráfagas de viento que arrastran tu cuerpo a la deriva. Si le habla la conciencia estremecida, él responde con una fuerza oscura e instintiva. Te jala por el cuello y te revuelca por el suelo si le vienes con elaboraciones mentales. No cree en ninguna lógica; si no, no sería un demonio. Cada tanto descansamos el uno del otro, cada cual por su cuenta. Pero sabemos que volveremos a encontrarnos (de eso él está seguro), y que retornaremos a la eterna lidia donde nunca hay del todo un vencedor ni un vencido.
...
— Aquí estás, te tengo.
— ¿Tienes qué? Mira bien.
— Humo, tan sólo humo que se escapa entre los dedos... Y sin embargo hubiera jurado... pero es sólo el humo del cigarro.
— Trata de relajarte, últimamente te noto muy tenso. Fíjate: ves lo que no está ahí, y lo que tienes enfrente no lo ves, hasta que te tropiezas con ello y te golpeas.
— Sí, tienes razón, últimamente estoy muy tenso. Pero cómo voy a relajarme con tu constante respiración en la nuca, y esas ráfagas gélidas que producen escalofríos, palpitaciones.
— A cada cual le toca lo suyo, y eso es lo que a mí me corresponde: sacudirte para que no te duermas. No lo hago ni por tu bien ni por tu mal, sencillamente es mi naturaleza.
Regreso a casa como el náufrago rescatado quiere en el fondo regresar a su isla desierta. El contacto con el “mundo exterior” a veces me resulta demasiado pesado, la representación de mí mismo en las distintas escenas de ese teatro me produce un profundo cansancio. ¿Entiendes a qué me refiero? ¿Puedes ponerte un instante en mi lugar?
...
Afuera te piden que finjas, te exigen que te muestres seguro, que representes cabalmente el papel que te fue asignado. No sabes qué decir. En el aturdimiento preferirías callar, si eso fuera posible. O si te ves forzado a hablar, repetir la frase de Bartleby: “Preferiría no hacerlo”. Ellos requieren claridad en tu pensamiento y firmeza en tus acciones. Necesitan que des la cara. Pero todas las máscaras cayeron, ninguna se sostiene, y ya no tienes cómo defenderte. Tu boca no puede articular nada inteligible. No puede decir “yo” y conjugar de seguidas algún verbo respetable. Nada puede ocultar la nada que ahora eres.
...
“¿Qué hacer, cómo vivir?”. La frase que te acompaña en el insomnio es la misma que te acompaña al despertar. La luz del nuevo día te escuece en los ojos. Lo que observas en el espejo, mientras te lavas los dientes, eso eres. Lo que soñaste anoche, esas imágenes terribles, que guardas en secreto, eso eres. Y cuando cierras la puerta con llave y sales afuera, ese disfraz ridículo de ti mismo, también eso eres.
...
A lo largo de los años he probado diversas máscaras. Santo, poeta, bufón... profesor, periodista... La máscara es algo que uno va moldeando al paso de los días, hasta que se ajusta casi a la perfección a la cara. Pero, invariablemente, con el tiempo, la máscara se vence y tiende a deformarse en una mueca monstruosa, inhumana. Entonces hay que ponerse a elaborar con prontitud la siguiente. Al período de transición entre una y otra máscara lo llamamos “crisis”. Luego llega un día en que, no sé bien, o no quedan nuevas máscaras o uno pierde la fe en su eficacia. Es la Gran Crisis. Uno se mira al espejo y concuerda con Groucho Marx: a cierta edad, cada cual tiene la cara que se merece. Luego no quiere ver más el espejo.
...
A veces todo este asunto de las máscaras lo hace a uno sufrir, y mucho. Otras veces puede producir una sonrisa, una risa, hasta una carcajada.
...
El Juez aplica la ley rígidamente. Cada uno es responsable de sus actos. El Rey, con un leve gesto de la mano, avala la sentencia. Al fondo del salón, el bufón se ríe de ellos y de los demás, del victimario y la víctima, y le da un largo trago a su botella de vino.
...
Horas y horas gastadas en combates inútiles. Mañanas, tardes, interminables noches forcejeando en la sombra con fantasmas siempre esquivos, estrafalarias figuraciones de una mente trastornada. Sufrimiento sin sentido, circular, que se alimenta de sí mismo. Hasta que algo real, como un golpe al hígado, te hace volver en ti, te sacude, te abre los ojos.
...
El rostro que muestras todos los días es una máscara; el que ocultas, el que te guardas para ti mismo, es otra.
Jung, en el primer capítulo de El hombre y sus símbolos: “Se puede vivir sin religión, hasta que llega el sufrimiento”.
...
La palabra “locura” tiene un significado muy distinto a los cuarenta que a los veinte años de edad. A los veinte se la pronuncia con ligereza. Ejerce una poderosa atracción, pues se la asocia con rebeldía, aventura, “creatividad”. Se piensa en ella como en un lugar del que se puede entrar y salir a voluntad. Y el cuerpo aguanta casi todo. A los cuarenta, en cambio, uno ha recibido ya suficientes golpes como para amansarse un poco. Hay heridas que cicatrizan y otras que permanecen abiertas. La locura es una incómoda compañera a la que no se le puede quitar un ojo de encima. A cierta edad, uno va sobreviviendo, de día en día. Y, para preservarse, trata de mantenerse a prudente distancia de las alturas y los desfiladeros.
...
Es mayo y aunque estamos en plena sequía, con sólo un par de aguaceros acacias y apamates florean de nuevo. Pero sus flores son pálidas y pronto se arrugan, tan distintas de las de otros años. Mientras hago estos apuntes, el país (y todos los que estamos dentro) vive una creciente violencia política que no se sabe hasta dónde va a llevarnos. “Quizás sea cierto lo que dicen sobre guerra y alarmas de guerra” (Yeats). ¿Qué pasará mañana? ¿Y pasado mañana? ¿Qué será de mi mujer y mis hijos? Nadie sabe nada de cierto. Entretanto, cada quien hace lo que puede. Acacias y apamates dan sus flores pálidas al aire reseco de mayo. Yo sigo con mis notas sueltas, apenas la lidia de un hombre con su propia locura individual, inmersa en la gran locura colectiva.
...
Hay sólo tres lugares a donde van a dar las personas que se niegan a aceptar límites: el manicomio, la cárcel y el cementerio.
...
Escucho a mucha gente hablar con insistencia de “transformaciones”, pero lo hacen como si esas “transformaciones” dependieran de ellos mismos, de su propia voluntad. Parece que tuvieran en mente un punto de partida y un punto de llegada. Ciertas religiones orientales, mal entendidas, quizás hayan estimulado este espejismo: la abolición del yo, la muerte del deseo, el Nirvana, el despertar definitivo de la conciencia. Yo mismo pasé unos cuantos años atribulado por esa fantasía. Ahora pienso en verdad que no hay ningún lugar de llegada. Y que las transformaciones ocurren ciertamente, pero con una lentitud y con unos “propósitos” al margen de nuestra voluntad, y nunca resultan lo que esperábamos, sino más bien un nuevo desconcierto. “Every day is a winding road”. Hay que lidiar con cada día, día a día. Cada instante tiene sentido, aunque no logremos percibirlo. Los últimos vapores acerca del famoso “lugar de llegada” se me disiparon cuando, leyendo a Jung, me tropecé con la frase: “La vida es un campo de batalla”.
...
Ya lo había dicho Cavafy hace tiempo, recreando la imagen del retorno de Ulises a Ítaca, en un poema directamente dirigido al lector: “Ítaca te ha dado el bello viaje. Sin ella no habrías emprendido el camino. No tiene otras cosas que darte ya”.
...
Palpitaciones del corazón, pulso rápido, a veces sudores fríos. La ansiedad nos corroe. Y sin embargo, a veces, cuando estamos en disposición de recibirlas, hay ráfagas de alivio, y hasta de inesperada alegría en la desolación. Como una lentitud que se abriera paso adentro, bajo la velocidad y el vértigo.
...
Es domingo en la tarde y te estás quieto, sentado en el sofá, sin hacer nada, mirando. La tarde quieta, quieta, como si de pronto hubiera irrumpido una extraña ráfaga de calma por la ventana. Desde una maceta que cuelga en el balcón sale volando un pequeño pájaro, que en ella hace todos los años, en la misma época, su nido, para reproducirse. Vuelve con ramas en la boca, vuelve con alimento para sus pichones. No sé el nombre del pájaro; sólo que es pardo, ligero en el aire. Al fondo se oye el zumbido de un autobús. Luego no se oye nada. Todo sigue quieto en la tarde quieta como, al fondo, la silueta del Ávila.
...
“Es mucho lo que se puede ver simplemente observando”, decía Yogi Berra, ese gran hacedor de frases.
...
Desde la cama donde estoy acostado, la pantalla del televisor apagado es un espejo negro. Allí se ven las puertas de madera de los armarios donde guardo la ropa que uso todos los días, la mecedora quieta, la mesita de vidrio, y a mí mismo acostado en la cama. Nada más ocurre, salvo ir a la cocina a buscar agua, ir a la biblioteca a teclear un rato. Todo transcurre en silencio. Hoy el ruido del mundo no llega hasta aquí.
.png)
Suscríbete para recibir una notificación por correo electrónico cuando publiquemos un artículo.