Literatura

Una mirada

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Fotografía de Juan Davila

Todo es lo que es, y nuestra voluntad bien puede guardarse sus opiniones y reservas acerca del asunto. Todo es lo que es, y nuestro pensamiento y nuestras palabras no pueden modificar la dura desnudez de los hechos. Acaso podamos agregar a lo real sólo una mirada, una manera de ver y, por ello, de decir. Pero nada de adornos ni guirnaldas. No existe un lenguaje “poético” ni “literario” separado del habla común, ni existen temas “dignos” de ser tratados y otros que no, en un poema, en un relato, en una nota al margen o dondequiera que sea.

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La realidad es la realidad, lo que existe. Sólo que esta palabra es usada a veces en un sentido muy restringido. Tenemos una tendencia a trazar divisiones. Pero tan reales son las personas, las cosas, lo exterior, como los pensamientos y las imágenes interiores. El arte es real, como son reales los sueños. La imaginación sería entonces no algo opuesto, sino algo que forma parte de la realidad. Como dice el doctor W. C. Williams: “La imaginación no es eludir la realidad (...) Afirma la realidad con la mayor fuerza”.

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El vacío no está vacío. Eso son tonterías de los filósofos. El vacío está lleno de cosas y personas. Lo que no hay en el vacío son ideas. Quedan solamente los hechos, que se interesan poco por lo que pensemos sobre ellos. La casa sigue su rutina diaria. Alguien recoge la ropa y tiende la cama. Alguien toma una ducha. En la cocina alguien hace café. Puede sentirse en el aire el aroma. Quien está ausente es el señor de la casa.

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Días duros éstos, que requieren de un especial coraje. Hay batallas que se libran afuera, y otras adentro. Ahí está el impulso de construir, de hacer, y también el de destruir. Y, sobre todo, el abismo de la autodestrucción. Aunque pase desapercibido a los ojos de los otros, muchas veces la faena diaria se libra sobre el filo de una navaja, bien afilada por cierto. Puede haber tanto en juego en el simple acto de sentarse a escribir unas pocas palabras.

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¿Cuaderno de notas? ¿Diario? Venga lo que venga, con tal de que la cabeza que piensa y las manos que escriben no se aparten de lo que realmente sientes, de lo que realmente eres, y no se vayan en pos de lo que quisieras sentir o quisieras ser, a vagar por las nebulosas.

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Van cayendo las letras una tras otra, las palabras se enlazan, las frases echan a andar como por su cuenta. Impresiones de tinta sobre las blancas páginas, manchas, figuras borrosas. Notas, apuntes, fragmentos, surgidos de la incertidumbre y que a ella regresan. Hojas sueltas, o en carpetas, o extraviadas entre libros y cuadernos. Te piden que las recojas, las organices, las tornes presentables. Pero cómo hacerlo. Tú mismo no sabrías precisar cuál es el tema central de las curiosas anotaciones. Algo tratarán de decir, si de tal modo crecen y se multiplican, pero tú mismo no podrías explicarlo. Letras, palabras, frases acumuladas sobre las páginas, como sin propósito, al paso de los días. Si existe un centro, ciertamente no está en el papel. ¿Qué hacer entonces ante el apremio? ¿Abrir de nuevo el cuaderno, tomar un apunte sobre la complejidad del asunto? ¿O encender un cigarro y quedarse sentado mirando el humo, contemplando en detalle la textura del blanco techo?  

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Hay días en que uno anda más generoso con los adjetivos.

Otros en los que quisiera sólo sustantivos, puro nombrar, sin más.

Y otros en los que con el silencio basta y sobra.

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La computadora tiene una gran ventaja sobre la máquina de escribir: se puede teclear hasta altas horas de la noche sin molestar a los que duermen. Pero nunca será tan suave ni silenciosa como el deslizarse del lápiz o el bolígrafo sobre el papel.

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“...estas líneas (las de las grandes obras literarias) (...) no se hicieron para entretener a nadie, sino porque un hombre que se aferraba al silencio no pudo dejar de hablar.”

Ezra Pound

“Con el poder significativo de las palabras se funden a veces sutiles oleadas que se desprenden de los elementos fónicos, y que en la cámara secreta o trasfondo del alma contribuyen al efecto poético”. Esta frase de Ángel Rosenblat toma posición con respecto a los valores musicales de la poesía, y se podría agregar también de la prosa. Está la imagen, están las palabras que la dibujan y está el aspecto más material de esas palabras, sus sonidos. Todo eso forma una sola realidad en la escritura, aunque en distintas obras predomine alguno de ellos. Pero siempre habrá música, aun en el poema más seco, aun en la prosa más llana. Y aunque sea casi inaudible, es percibida “en la cámara secreta o trasfondo del alma”. No se trata de adornos sino de la naturaleza misma del lenguaje. Puede darse en cualquier giro del habla. No es necesaria ninguna orquesta. A veces esa música se confunde con el propio silencio.

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Muy cerca del maestro Rosenblat parece estar el maestro Pound, cuando escribe, en El arte de la poesía: “Se desea comunicar una idea y sus emociones concomitantes, o una emoción y sus ideas concomitantes, o una sensación y sus emociones derivadas, o una impresión que sea emotiva, etc., etc., etc. Se empieza por el aullido y el ladrido, y luego se pasa a la danza y a la música, y a la música con palabras, y finalmente a las palabras con música y finalmente a las palabras con un vago esbozo de música, palabras que sugieren música, palabras medidas, o palabras con un ritmo que conserva alguna característica exacta de la impresión emotiva, o del carácter esencial de la emoción propiciadora o generadora de las palabras”.

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El tono varía según los estados de ánimo. La voz de cualquiera alberga diversos registros: desazón, desaliento, ironía, burla, humor, desesperación, y hasta la rara chispa de la auténtica alegría. Y así está bien. No veo ninguna razón valedera para empeñarse en sostener un tono monocorde al escribir, o para sacrificar lo que se siente en el momento en aras de algún “estilo”.

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No creo que pueda escribir nada esta noche. Y sin embargo algo me atrae hacia el teclado, no la obligación sino el deleite de escribir, recobrado el placer de hilar palabras, pacientemente. Una tras otra se van alineando como por su propio impulso, buscando su forma, hallando su lugar en el discurrir del zigzagueante pensamiento.

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El destino se entretuvo conmigo sacándome de mi madriguera y poniéndome a trabajar en un periódico. Fue mucho lo que ahí aprendí, mucho. De la vida y también de la escritura, aunque suene paradójico, pues la mayoría de los periodistas no son precisamente devotos de la buena prosa. Pero qué distinto es caminar entre las musarañas del cuarto meditando un buen rato para escoger un adjetivo, y que te pidan dos mil caracteres sobre algún tema en veinte minutos, mientras el diseñador espera con un hueco en la página. Qué distinto, también, sentarse a solas a escribir con el ansia de obtener algo “perdurable”, y ver el periódico dos días después, abierto en la página donde salió tu artículo, en el baño, bajo el urinario, cumpliendo la nueva función de recoger las gotas que desviaron su curso. Cosas así pueden hacerlo pensar a uno.

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Desde sus orígenes, la tradición humanista puso a la literatura en un pedestal. En esta era científica y tecnológica, en que el humanismo ha sido arrinconado por su falta de utilidad, uno no puede menos que intentar defender la literatura, en su propio terreno, desde su aparente inutilidad, como lo han hecho Pedro Salinas, Mariano Picón-Salas, Rafael Cadenas, entre otros. Pero tampoco puede dejar de observar la inconveniencia de ese entronizamiento de las letras. Pues no es saludable para nadie, al leer o al escribir, tratar de encaramarse en un pedestal.

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“Cuando la palabra se quiebra, se interrumpe, se trastorna, aparece el alma. Como en los aforismos, que huyen del pensamiento discursivo y conceptual, para instaurar la emoción en el pensamiento, el sentir, en lugar de la eficacia expresiva...”

María Fernanda Palacios

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¿Y por qué no citar simplemente lo que otro ya dijo, si dijo de manera exacta lo que ahora uno quisiera decir, y entremezclarlo con lo nuestro? ¿Acaso no es nuestro ahora? Es también una forma de rendir homenaje a esas voces que lo acompañan a uno y lo ayudan a sostenerse, que son como brasas al rojo vivo que se asoman entre las cenizas de una fogata hace tiempo consumida. Uno podría pensar en los senderos ocultos de una tradición, en lo que Mark Strand llama la “vida secreta” de la literatura, pero en el fondo, creo, se trata sólo de que somos humanos y sufrimos.

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Te afirmaste con voluntad y empeño, pero en terreno falso. Así pues, ¿qué tiene de raro que todo se haya venido abajo un día, por hechos que están más allá de tu voluntad? Una cosa es afirmarse y otra, muy distinta, cuando algo se afirma en uno, muchas veces a pesar de uno mismo, derribando todo para abrirse paso.

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