
En poesía, el influyente realismo literario norteamericano produjo una cantidad apreciable de buena poesía, desgraciadamente relegada por los autores de la vanguardia del siglo XX. De esa producción, lo único conocido es la Antología de Spoon River, de Edgar Lee Master (traducida al italiano por Cesare Pavese) y algunos poemas de Carl Sandburg. Vachel Lindsay fue uno de los más interesantes exponentes de este realismo; el mejor aporte, en todo caso el más auténtico, de la literatura estadounidenses del XX. Esta es mi traducción de un hermoso poema de Lindsay, escrito en sonoras rimas y pentámetros en el original (“We met ourselves as we came back/ As we hicked the trail from the north./ Our foot-prints mixed in the rainy path/ Coming back and going forth”):

Encontrándonos
Nos encontramos con nosotros mismos al regresar
de recorrer el camino desde el norte.
Nuestras huellas mezcladas en el lluvioso sendero,
yendo para delante y para atrás.
Las pisadas del zapato claveteado de mi camarada
y los míos, de trampero, reunidos en la lluvia.
Escalamos hacia el norte durante días
y esta es la suma de lo que ganamos:
Nos encontramos con nosotros mismos al regresar,
y estábamos felices en la llovizna y la niebla.
Nuestras viejas almas y las nuevas
se encontraron para saludarse y explicar,
Que un solo día será como mil años,
y mil años como un día.
El poder de mil oníricos cielos
se sumaron a nuestro juego
mientras sorprendidos gritábamos
en el camino, a los rojos cielos al Sur
y al Norte, los cielos púrpura del Sur y del Norte
del mañana y del ayer.
Lindsay escribió de manera incansable. Su poesía fue reunida en dos espesos volúmenes ilustrados con sus inquietantes dibujos. Discípulo de Whitman, cantó como un bardo la naturaleza de su país semi-bárbaro. Lo mejor de su producción, no obstante, son los poemas menos ambiciosos y más íntimos, en los cuales, aunque de manera velada, se dejan ver las sombras de una psique atormentada que no resistió las tentaciones del suicidio.
La “Encíclica” es la manera más efectiva que tiene el Papa para comunicarse con los fieles. Originalmente destinada a los obispos, ahora se dirige a la cristiandad en general y a todos los interesados. Con los nuevos medios de comunicación, las encíclicas son menos frecuentes. Pio XII escribió alrededor de cuarenta, dos anuales en las dos décadas de su difícil pontificado. En nuestros días, Francisco dejó sólo cuatro en los doce de su ejercicio. El nuevo pontífice, León XIV, ha hecho pública su primera encíclica en el primer año de su papado. Esperada desde hace unos meses, se sabía que el asunto sería la inteligencia artificial, AI. Aunque ha vivido fuera de los Estados Unidos buena parte de su vida, y que sus padres son de los más diversos orígenes que lo emparentan acaso con el venezolano Antonio José de Sucre (Italia, Francia, Haití), León nació en Chicago y piensa y actúa y escribe como alguien nacido en Chicago. Magnificat Humanitas está escrita en el mismo estilo realista que se asocia con los grandes escritores norteamericanos, como Hemingway o Cheever. No se trata de que esté bellamente escrita, que no lo está, sino de su claridad y tono directo, redactada para ser entendida por los destinatarios, que son todos los seguidores del cristianismo en el mundo. El mensaje de León ha sido considerado por los más diversos sectores a nivel planetario. El New York Times le dedicó un análisis, lo mismo que Le Monde y The Newyorker. Desde sus primeros párrafos, el obispo de Roma va directo al asunto: la IA y las nuevas tecnologías. También, desde el principio, deja claro que no rechaza el exacerbado adelanto tecnológico de los últimos diez años. Lo preocupante no es la IA, lo que inquieta es el interés venal de sus promotores. No defiende las posturas de una “tecnofilia ingenua”, ni lo contrario, una “tecnofobia reactiva”. Y no sólo. Sino que ve el Papa una tendencia preocupante en la ausencia de un proyecto colectivo que abarque a todos los segmentos de la sociedad. Y acude a dos imágenes de la Biblia, la Torre de Babel y la reconstrucción de las murallas de Jerusalén:
Los seres humanos, habiéndose establecido en la llanura del Sanaar, deciden construir una ciudad y una torre “Cuya cúspide llegue hasta el cielo” … Sin embargo, el proyecto esconde un profundo engaño: es una obra concebida sin referencia a Dios, sustentada por una uniformidad que elimina la diversidad… Cuando la ciudad se edifica sobre el orgullo la comunicación se rompe, las lenguas se confunden y los seres humanos ya no se comprenden. El resultado no es la unidad sino la dispersión. Babel… sacrifica la dignidad de las personas en aras de la eficiencia y aspira a alcanzar el cielo sin la bendiciónde Dios…
Por otra parte, sigue la encíclica, Nehemías, con permiso de su amo, el rey de Persia, acomete la tarea de reconstruir Jerusalén:
No impone soluciones desde lo alto. Convoca a las familias, confía a cada una un trozo de muralla para reconstruir, escucha los temores, coordina los esfuerzos y hace frente a las oposiciones. El relato muestra cómo la ciudad renace no gracias a la iniciativa de una sola persona, sino a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo… Es una obra que tiene a Dios en el centro… La antigua Jerusalén recupera así un lenguaje común, no el de la uniformidad sino el de la comunión…
A diferencia de la industrialización de la segunda post-guerra, cuya ideología era compartida por el gobierno y los dueños de medios y eran conocida en sus intenciones (American Way of Life), la IA es exclusivamente el dominio de unos pocos al servicio de los más oscuros intereses. Estos intereses, desocialización, fragmentación, sustitución de la verdad por la edulcorada mentira, la manipulación de la sentimentalidad y el consecuente aislamiento, son los que preocupan al Papa. La IA se ha ido apoderando de nuestras vidas en una nueva versión, más perversa, del Síndrome de Estocolmo. Le agradecemos a nuestros secuestradores que nos hayan secuestrado la voluntad de pensar y conocer. Todo lo digerimos precooked. Nos toca digerir lo que nos obligan, de manera disimulada, a digerir. Si nos quedara un mínimo de espíritu crítico nos daríamos cuenta de que la IA, en manos de unos pocos, es la negación de nuestras más altas habilidades: soñar, amar, conocer, crear. Sería ingenuo, sugiere el Papa, pensar que la acumulación desorbitada es el único propósito de los creadores del instrumento. Lo más inquietante es la conciencia de que se proponen otros objetivos, que no revelan y que, intuimos, son inconfesables. Escribe León, entre otros comentarios dignos de reflexión:
Puede haber usos (de la IA) evidentemente anti-humanos, como la manipulación de la
Información o la violación de la privacidad, pero puede haber también un engaño
menos evidente, cuando los sistemas de IA, presentándose como neutrales y objetivos,
reflejan y refuerzan estereotipos o posiciones ideológicas de quienes los han diseñado
y programado…
Para que la IA respete la dignidad humana y sirva realmente al bien común, es esencial
que las responsabilidades estén claras en todas las etapas: desde quienes diseñan
y programan los sistemas hasta quienes los utilizan y quienes resuelven confiarles
las decisiones concretas. En muchos casos, sin embargo, los procesos internos que
conducen a un resultado pueden ser poco transparentes, y eso hace más difícil
atribuir las responsabilidades y corregir los errores.
En efecto, como ocurre con todo gran avance tecnológico, la IA tiende a aumentar
sobre todo el poder de quien ya dispone de recursos económicos, competencias
y acceso a los datos. A la luz del bien común y del destino universal de los bienes,
este fenómeno suscita seria preocupación: pequeños grupos muy influyentes
pueden orientar informaciones y consumos, condicionar procesos democráticos e
incidir en las dinámicas económicas en beneficio propio, contradiciendo la justicia
social y la solidaridad entre los pueblos. Por eso es indispensable que el uso de la IA
-sobre todo cuando involucra bienes públicos y derechos fundamentales- esté
acompañado de criterios claros y controles efectivos…

Pocos son los poetas dignos de memoria que no hayan sido buenos traductores, desde Virgilio y Catulo, por lo menos. Excepción hecha de los vates de la tradición hispana, en la cual no sobran los vates que se hayan destacado en el ingrato oficio de traducir la obra de otros. Y los que lo han hecho no han sido bien reconocidos. A pocos les interesa la formidable versión que del Cantar de los Cantares nos dejara Fray Luis. O las que de Marcial realizara Quevedo, uno de los pocos maestros del Siglo de Oro barroco que dedicó parte de sus empeños a la traducción. En la Inglaterra del XVII, Shakespeare no tradujo a nadie, ni siquiera a sí mismo, pero sí lo hicieron Marlowe y Jonson y Sidney. Los franceses hicieron como los españoles, y prefirieron adaptar a los clásicos que traducirlos. Durante el siglo XIX, los mismos franceses se empeñaron en traducir a Poe, mientras que en España nadie tradujo a nadie. Los ingleses, por su parte, tradujeron mucho y bien. Durante el siglo pasado todo fue aproximadamente igual. Pocos poetas hispanoamericanos incursionaron en la traducción (Paz, Pacheco, Segovia, Raúl Gustavo Aguirre, Borges con irregular fortuna, Molina, Rodolfo Alonso, Neruda, Cardenal, Zalamea). En Venezuela aún menos: Gerbasi, Sánchez Peláez en una oportunidad; Silva Estrada, tan buen poeta como traductor; Cadenas, Crespo, Ossot, Pérez-Rego, son algunos de los no muchos poetas criollos que le dedicaron tiempo al arte de traducir. Este apresurado comentario es a propósito de la edición de las traducciones de Shakespeare del Premio Nobel italiano Eugenio Montale. El volumen de 590 pp. deja fuera, sin embargo, su versión de Hamlet, utilizada por el Piccolo Teatro para su montaje de la tragedia shakesperiana. No fue Montale el único de los grandes poetas italianos contemporáneos que tradujo Hamlet, también a Ungaretti le debemos una interesante versión. En Italia al menos, son, en verdad, pocos los poetas dignos de memoria que no hayan sido buenos traductores. No me propongo hacer un inventario, pero recuerdo que Pavese tradujo la Antología de Spoon River y que Salvatore Quasimodo publicó una versión de la Antología Griega. O que Mario Specchio fue un aventajado traductor de Rilke. O Milo de Angelis que tradujo en fecha reciente en su integridad el De Rerum natura. No es casual que la italiana, con la polaca y la estadounidense, sea una de las tres grandes tradiciones líricas del siglo XX.
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Tampoco han sido los poetas de lengua castellana los que más han dado muestras de interesarse en la práctica del fascinante arte de la imitación. Inventada y practicada con genio por los poetas de la Antigua Roma (Virgilio imitó a Teócrito, Catulo imitó a Calímaco, Propercio imitó a Bion) ha tenido sus mejores exponentes, como con la traducción con la cual está emparentada, entre los vates de habla inglesa. Desde Chaucer, feliz imitador de Le roman de la rose, hasta Robert Lowell, en uno de cuyos libros reunió sus mejores imitaciones, como reconoció en el título, Imitations. A finales del siglo XVII, John Dryden, un ilustre partidario del ars imitationis, inglés, por supuesto, la tradujo en estos términos: I take an imitation of an author to be the endeavour of a latter poet to write like one who has written before him on the same subject (“Entiendo como imitación de un autor el empeño de un poeta posterior en escribir como uno que ha escrito antes que él sobre el mismo tema”). Y haciendo uso de esta práctica, su contemporáneo Samuel Johnson, escribió el único poema que habría de inmortalizarlo (ya había accedido a esta condición como crítico literario) con una imitación de la Quinta Sátira de Juvenal. Goethe, quien seguramente conocía la definición, porque lo conocía todo, escribió uno de sus mejores volúmenes de poesía lírica, imitando a los poetas árabes en su conocido Diwan. En nuestro siglo, una parte importante de la producción de Cavafis debería entenderse como la brillante imitación de la Antología griega. En lengua inglesa, no son pocos los que han incursionado en el mal entendido arte de la imitación. En esa lengua escribió Ezra Pound, propio e indiscutido rey de la imitación (Homero, Propercio, Li Bai) no pocas de sus mejores páginas. Pessoa, en portugués, imitaba a otros y, se imitaba a sí mismo, con envidiables resultados. En nuestro siglo no conozco a nadie en España. De este lado, acaso a Lezama le hubiese gustado que lo incluyeran en una antología de imitaciones por sus versos inspirados en Góngora. Asimismo, Borges (siempre Borges). Nunca Octavio Paz, pero, sí José Emilio Pacheco. No recuerdo muchos más. Todavía condicionado por el tabú del plagio, nuestros vates han preferido acogerse a la espuria noción de la originalidad. Desde Madrid, el poeta venezolano y profesor universitario Carmelo Chillida, me llama la atención sobre el húngaro Gyorgy Faludy (1910-2006). Conocido por su apasionante autobiografía novelada Días felices en el infierno, Faludy fue también poeta y autor de dos estupendas imitaciones de François Villón. Esta es la primera estrofa de su imitación de la “Balada de las damas de antaño”, en la traducción castellana Sved&Martínez Galilea:
Una tarde de mayo, al borde del camino,
En mi vagabundeo, me detengo un momento
Y silenciosamente me pregunto:
¿qué habrá sido de Thais y que será de Helena?
¿Dónde estará Sabina, la rubia emperatriz
ante la que se arrodillaba media Roma
y dónde aquella ninfa de cuerpo inmaculado
cuya voz suele oírse susurrando en las aguas?
¿Dónde fueron los besos y dónde los deseos,
los lechos de heno rojo de los atardeceres,
los ratos de placer, las promesas de amor?
¿Qué ha sido de la nieve el invierno pasado?
Esta es una versión de la misma estrofa en el original francés del siglo XV:
Díme, dónde y en qué país
están Flora, la bella romana,
Archipa y Thaís, que fue su prima alemana
y que fue más bella que cualquier humano?
¿Y Eco, que cantaba cuando el ruido
del río o el estanque la obligaba
a cantar lo que escuchaba,
más bello que todo lo humano?
Pero, dime, ¿dónde se han ido las nieves de antaño?
Ubi Sunt
Où sont les neiges d’antan?
Villón
¿Díme dónde,
en cuál país
lejano
se han ido
a esconder
las nieves
del año
pasado?
¿Dónde está
la esbelta
Taís, cuya
belleza supera
todo lo humano?
¿Qué se hizo
la piel tersa
de Flora,
más olorosa
que el mango?
¿Eloísa
la de labios
mojados,
la ruina
del buen Abelardo,
quien antes
de monje
fuera castrado?
¿La dorada
Marilyn,
cuya muerte
desolada
aún lamentamos?
Y más cerca
de nosotros,
¿dónde está
María Lionza,
la reina de mirar
alucinado,
con sus senos
dulces
desbordados?
¿Qué se hicieron
tantas damas
con su andar
perfumado?
En mi tierra
americana
recuerdo
haberlas dejado.
Yo hoy sueño
con ellas,
el sueño
rosa y violeta
del exiliado.
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