
Hace unas semanas escribí en este diario unos comentarios sobre la formidable artista y realizadora iraní Shirin Neshat. La versatilidad es una de las marcas de su genio. Es muchas cosas, entre ellas directora de escena. En tres ocasiones ha montado Aida. La más reciente ha sido en La Bastille parisina. Por las fotografías de montaje, se trata de un espectáculo típico Shirin Neshat. Un cromatismo severo, dominado por los negros y blancos; la verticalidad del conjunto, que se corresponde con la figura suya; el predominio del coro, una inclinación que comparte con el mismo Verdi, quien, si lo hubiesen dejado hubiese escrito sólo óperas “corales”. En este caso, un componente adicional autobiográfico destaca la producción de la Neshat. En declaraciones recientes al suplemento La lettura de Il corriere della sera, se refirió a este protagonismo suyo, y de los tantos que padecen el destierro:
He vivido en la piel la revolución islámca. Para poder ser libre he dejado Irán. Es el precio
que he debido pagar: la separación de mi familia y gente querida. Como Aida, también
siento nostalgia por mi tierra y también yo he sufrido la dicotomía entre femineidad y
tiranía. Me identificó con Aida porque sé lo que se siente al estar erradicada de la tierra
propia… La modernidad de Aida resuena todavía con fuerza. Verdi cuenta una historia
de tiranos, de opresión, de exilio. Una guerra inútil, como tantas que marcan nuestra
cotidinaeidad. Al igual que tantos inmigrantes que llegan a Occidente en estos días,
Aida es una sobreviviente, que vive condicionada por los sentimientos de nostalgia,
rabia y esperanza.
Eso, en sólo tres palabras, nadie ha descrito mejor la condición del desterrado: nostalgia, rabia, y esperanza. No sólo la gran Shirin Neshat, todos los que vivimos fuera del país natal somos Aida.
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