

A pesar de que faltan cinco días para el Equinoccio, el invierno se ha apresurado con sus gélidas temperaturas y días cruelmente cortos que terminan hacia las 4.30 y nos sentimos como estafados, como cuando compramos medio kilo de café y nos dan apenas cuatrocientos gramos. De esa manera sentimos que el tiempo, que siempre pasa, en estas condiciones lo hace de manera acelerada, taquicárdica. No obstante, cuando el tiempo lo deja, el lucero de la mañana brilla sobre el poniente como una epifanía. Li Bai, el mejor poeta de la dinastía Tang fue experto en el tiempo que pasa como el agua hacia el sol naciente

En la cuidadosamente jerarquizada organización del milenario imperio chino en la época de la dinastía Tang (s. VI-VII d.C.), no había otra posibilidad histórica para intelectuales y artistas (generalmente era lo mismo) que el ingreso a la rigurosa burocracia imperial. A la cual no se sumaban los interesados por amistad o influencias, sino a través de un riguroso examen que incluía (sólo en China) un cierto dominio de las técnicas caligráficas así como del arte de la poesía: “Característica común de todos los curricula de los exámenes era el dominio de los clásicos confucianos y de las obras historiográficas más importantes, pero también de la composición literaria, que era una exigencia decisiva en la evaluación de los candidatos… De acuerdo a la tradición, la poesía no era tanto una cuestión de creación literaria como un fin en sí misma, sino una práctica social bien consolidada que servía como un particular medio de comunicación entre personas de diversa extracción social, incluyendo funcionarios de alto y bajo rango, monjes y ermitaños”, de acuerdo a las excitantes revelaciones del profesor De Laurentis. Ingresar o no, a la burocracia imperial era cuestión de vida o muerte en términos existenciales. Implicaba la aceptación o rechazo de la sociedad, lo que en aquella sociedad confuciana era de una importancia difícil de exagerar. Li Bai fue una víctima ilustre y trágica de este desencuentro, como recuerda el mismo De Laurentis, “Resalta con particular fuerza un drama psicológico no sólo de Li Bai sino de enteras generaciones de literatos chinos: el deseo de participar en el gobierno y la eterna frustración por no haber podido realizar tal aspiración”. No conozco ningún poema donde Li Bai haga referencia a este asunto. Sin embargo, toda su vida estuvo condicionada por esta incapacidad para cumplir con los requisitos. No se trató de problemas de conocimientos o inteligencia. Su caso me recuerda al de Hamlet. No era gran cosa dar muerte a su tío en aquellos oscuros tiempos medioevales beneplácito la desaparición de aquel No era gran cosa para el resto de los mortales, pero para Hamlet sí. Lo mismo con el vate chino. No había nacido para cumplir con las exigencias de la inflexible burocracia imperial. No hacerlo, como con el príncipe danés, será su amarthía, su error trágico. En su condición de auto-marginado abundará en el error al apoyar, con las mejores intenciones, el intento de apoderarse de la corona por uno de los príncipes, el cual será derrotado por su hermano quien terminará con el cetro de emperadores. Una de sus primeras acciones será condenar como traidor al poeta ebrio de lunas y largos besos. De la espada del verdugo lo salvará un influyente amigo que no podrá, sin embargo, evitarle el exilio. Años después, otro viejo compañero logrará que el emperador llame a Li Bai a la corte. Demasiado tarde. Morirá el poeta en 762, antes de emprender su último viaje, cantó y bebió de manera incesante. Se le atribuyen más de diez mil poemas de los cuales se conserva cerca de un millar. Y de la bebida hizo un culto. Reproduzco uno de los cientos de textos dedicados a la bebida (el suyo no era el vino de uva que conocemos):
Es un largo sueño la vida en este mundo. Entonces, ¿para qué abrumarla con trabajos? Por eso paso todo el día borracho. Extenuado, duermo al lado de la puerta. Me despierto y miro hacia el jardín: en medio de las flores canta un pájaro. “Dime, por favor, ¿En qué tiempo vivimos?” ¿No te das cuenta que es la primavera con sus brisas la que hace hablar a la errabunda oropéndola?” Iba a suspirar de la emoción pero preferí servirme de nuevo. Frente al vino canto en voz alta, esperando la luna. Al terminar, todo quedará en el olvido.
Li Bai, de manera menos directa que Du Fu, expresa the Age of Anxiety que vivió la China durante parte del reinado Tang. Rebeliones, guerras familiares y civiles, hambre, refugiados, los desastres de la guerra, en suma. Una ansiedad que recuerda la europea durante el Barroco y su reflexión sobre el fugit irreparabile tempus. “Al terminar, todo quedará en el olvido”, dice el vate de la dinastía Tang, Ochocientos años después, este es Quevedo:
¡Cómo de entre mis manos te resbalas! ¡Oh, cómo te deslizas, edad mía! ¡Qué mudos pasos traes, oh muerte fría, que con callado pie todo lo igualas.
No sólo a la luna y el vino cantó Li bai. El que sigue es un poema de la madurez (746), uno de los más considerados y difundidos, donde se sienten sus afinidades con el taoísmo, esa especie de panteísmo ateo que insiste en nuestra comunión con la naturaleza. Aquí, mi versión castellana de la traducción al italiano del prof. De Laurentis:

Cuentan los marinos que a Yingzhou,
casi invisible tras las capas de niebla, no es fácil llegar.
Dice la gente de Yue que al Tianmu,
escondido por la pasajeras nubes, sólo puedes verlo raramente.
Al cielo se une el Tianmu y lo eleva,
distinguiéndose sobre los Cinco Picos y dominando el Monte Chicheng.
El Tiantai, de diez millas de altura,
desciende al sud-este.
Ahora quiero soñar con Wu y Yue
y en una sola noche llegar volando
bajo la Luna del Lago del Espejo.
En el lago la luna refleja primero mi sombra
y luego me acompaña hasta el Río Yanxi,
Todavía existe la morada del señor Xie,
a su alrededor el grito de los monos
alrededor del agua limpia y ondulada.
En los pies llevo las sandalias del señor Xie,
me levanto sobre la alta y empinada salida.
A mitad de la ladera veo el Sol sobre el mar,
y en vacío escucho el Gallo Celeste.*
La carretera es peligrosa con sus miles de rocas y curvas,
me pierdo entre las flores y me acerco a las piedras:
en un instante ha caído el atardecer.
Temblores de oso y gritos de dragones sacuden picos y manantiales,
atemorizado por el espeso bosque, siento miedo delante de los picos.
Las nubes se han oscurecido y se aproxima la lluvia,
sobre el agua encrespada se levanta la niebla.
Los rayos rasgan el Cielo,
cae la cresta de la montaña.
Las divinas grutas y los muros de roca
se rompen de repente.
Inmenso y sombrío es el cielo cuyo fin no veo,
el Sol y la Luna iluminan la Terraza de los Inmortales.
El arcoíris como un vestido y el fénix como un caballo,
los Dioses de las nubes descienden en grupos.
El tigre toca la cítara y el pájaro luan conduce el carro cuando gira,
alrededor los Inmortales como hileras de plantas de cáñamo.
De repente mi alma tiembla de miedo,
en medio del pánico me despierto y suspiro.
Sólo veo la cama al despertar,
perdidas son aquella nubes rosadas y las brumas.
Es así la alegría de los hombres,
desde siempre las cosas son agua que corren hacia el sol naciente.
*Pájaro legendario de la tradición
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