
Me recuerda Daniel Labarca, cineasta y melómano, los 50 años de la muerte de Dimitri Shostakovich. No pensé durante mi adolescencia, cuando escuchaba la grabación de su Quinta Sinfonía, preferida por mi padre, que un día iba a ser uno de mis músicos más amados. Un amor que se iniciaría más tarde, cuando escuché por primera vez su Concierto #1 para cello y orquesta, interpretado por Mijail Rostropovich con la Orquesta de Filadelfia dirigida por Eugene Ormandy. Sentí una empatía que no había sentido en ese momento por ningún otro músico contemporáneo. Había algo de desgarrado en su segundo movimiento que me recordaba a mi padre a punto de hundirse en las honduras de la depresión. No obstante, en la partitura, Shostakovich encuentra la redención tal como la expresa en el movimiento final del concierto. Más tarde, ahora no recuerdo desde cuándo, tal vez en Nueva York, me haría adicto a sus Cuartetos para cuerdas, la forma musical que prefería, y prefiero. Logré conseguir el registro de los primeros doce en la versión del Cuarteto Borodin y los restantes por diversos conjuntos. Y los cuartetos forman parte de las celebraciones del medio centenario. Me refiero a la nueva versión de la integral a cargo del Cuarteto Casals publicada por la exquisita casa disquera Harmonia Mundi. Por lo que he escuchado me resulta una interpretación menos dramática, más ágil y “contemporánea”, atributos que no estoy seguro de reconocer. Uno de los sectores tal vez menos difundidos de la producción del maestro de San Petersburgo sean sus canciones, sus lieder, como dirían en alemán. Escribió conmovedoras canciones con letras de Pushkin, Shakespeare, Maria Tsvetaieva.

No obstante, me resultan las más inquietantes y autobiográficas las escritas después de diagnosticado el cáncer que lo llevaría a la muerte un año después. Son las que integran la Suite para rimas de Miguel Angel. Como se sabe, o debería saber, el autor del techo sixtino fue uno de los mejores poetas italianos de su tiempo. Su obra poética habría sido suficiente para garantizarle la inmortalidad. Casi siempre son cantos tardíos, sonetos y “canzoni” que intercambiaba con la también poeta y patricia romana Vittoria Colonna. Una poesía desgarrada, expresión de una melancolía implacable escrita por un hombre sometido a la crueldad de la disociación entre sus tendencias místicas y su indomable sensualidad. Cerca de los ochenta años escribe uno de los poemas eróticos más extraordinarios de la lengua italiana, unos versos dirigidos a Tommaso Cavalieri, el joven noble romano, su colaborador y amante. Es el Miguel Angel que se autorretrata en la piel de san Bartolomé en el Juicio Final de la Sixtina. Unos despojos a punto de caer en los horrores del Inferno. Es también el Miguel Angel de la última Pietà en Museo de la Opera del Duomo florentino, inclinado con la mirada suplicante dirigida hacia Cristo moribundo. El más estupendo autorretrato del Renacimiento, como reconocía Kenneth Clark. Shostakovich fue impresionado por la traducción de las Rimas al ruso publicadas en 1974 en la versión de Avram Efros, uno de los autores favorecidos por el oficialismo. No del todo satisfecho, el compositor pidió al disidente y talentoso Andrei Voznessensky su colaboración para mejorarla. Ante la falta de tiempo y la demora del joven vate, Shostakovich las musicalizó pocos meses antes de morir. La que sigue es mi traducción del original del italiano de una de las rimas escogidas:
Descendió de las alturas y después
de ver el infierno y el mundo de los justos,
regresó en cuerpo y alma
para contemplar al mismo Dios
y traernos la luz verdadera.
Una brillante estrella que con sus rayos
ha iluminado el nido donde nací
y sería recompensado
con este malvado mundo.
……………………………
Hablo de Dante, mal conocido
entre los suyos, aquel ingrato pueblo
que a los justos quita el saludo.
¡Si sólo fuese como él!
Haber nacido con la misma suerte,
padecer su áspero exilio
y ser premiado con sus virtudes,
cambiaría esto
por toda la felicidad del mundo.
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