Fotografía

Lo visible, lo visual, lo visionario

El instante decisivo revisitado

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Consideraciones preliminares: la humanidad de la máquina

Se cae fácilmente en la generalización a la hora de diagnosticar el presente del oficio fotográfico en su dimensión comunicativa. Cierta crítica se ha referido a la fotografía, sus códigos e instrumentos como una herramienta para la comunicación superado por la telemática, obviando que la fotografía como ciencia, tecnología y estrategia expresiva, es eminentemente el hacer de una persona. Dispositivos, apps, y correlaciones algorítmicas, se suman al acto fotográfico. Reaparecen en la escena teórica y académica, así como en los ámbitos comerciales del arte contemporáneo, viejas declaraciones como muerte de la fotografía, post-fotografía o referencias al desplazamiento del fotógrafo (ser humano) por parte de una suerte de entidad digital, que bajo el aufemismo de Inteligencia Artificial, viene a intervenir y virtualizar la realidad ya no tan solo con armas de retoque y dispositivos tecnológicos del primer photoshop y los ordenadores, sino a instaurar la saturación, la simulación, la viralización y el capture para subir al estado o hacer un reel. Todo ello sobre las ruinas del fotograma en su instantaneidad y unicidad. Hablan como si se tratara de un cyborg o un misterioso agente de esos que Lovecraft trajo del espacio. En realidad, toda esa “post-fotografía” y sus correlatos de “post-documentalidad”, “post-humanismo” oculta, tras su vuelo eufemístico, los síntomas de la reconfiguración social y global, con su inevitable crisis transformadora de los modos de representación y comunicación social con la que cerró el siglo XX (y abrió el siglo XXI), y de la que tanto beneficio obtienen las industrias mediáticas, especialmente las corporaciones de información y prensa.

La fotografía que desmeritan, que afirman ha sido superada y promueven simular; que han banalizado por la publicidad y opacado por las industrias del espectáculo, es aquella de carácter testimonial, generadora de opinión y activadora de conciencias y pasiones; la misma que movilizó sociedades enteras en los albores del fotoperiodismo y que inauguró una ética y una estética de mucha empatía en su vocación documental; capaz de abrir lo fotográfico, a dimensiones existenciales que redefinieron su anclaje en lo real. Esa fotografía, en la perspectiva y deseos de su autor, es tributaria de la presente reflexión, en la cual se definirán conceptos que celebran el resistir y resurgir, de una foto comprometida con y desde lo humano.

En medio de tanta distopia fatalista, van apareciendo, especialmente en las redes sociales, iniciativas que impulsan un tipo de foto documental, directa y testimonial.  Ello nos permite intuir que, más allá de tecnologías y prácticas para el consumo masivo, pervive un espacio para conocer realidades y compartir experiencias por parte de fotógrafos y fotógrafas con deseos de comunicar y expresar puntos de vista, visualizando la naturaleza y el cuerpo humano, los acontecimientos de conflictividad social, política, militar; los deportes y la vida dibujada por las líneas que definen un rostro.  Porque la fe ciudadana no está puesta en unos dispositivos, unas máquinas, unas apps, unos algoritmos… ella es iluminada por hombres y mujeres que se valen de esas máquinas y esas tecnologías, muy a pesar de las contingencias de mercado, para hablar a los demás; interpelarles y acompañarles en una comprensión de la duda, la belleza, la solidaridad, la liberación, la incertidumbre; todo aquello que la fotografía ha sabido revelarnos. La cámara más avanzada no deja de ser una herramienta, un recurso, la extensión de un ojo. Sus prestaciones podrán facilitar y simplificar la toma, pero nunca articularán, sus ecuaciones ni sus algoritmos, el orden ideal en el que se funda un reportaje o un retrato, cuando estos son resultado de un encuentro, un reconocimiento, un diálogo, un espacio relacional por el que la fotografía (documental, testimonial) adquiere un carácter de contrato civil, definido por Ariella Azoullay, como un marco conceptual que transforma la fotografía en una herramienta de democratización.  Porque una foto puede decir mucho, pero la confianza que ella pueda suscitarnos, la expectativa que ella nos abra, se la debemos a su autor, cuando en él o en ella, se articulan unas condiciones fundamentales.

Decisión y responsabilidad: condiciones del fotógrafo

La fotografía es un encuentro profundo de inteligencia y sensibilidad, y uno de sus grandes encantos es la enorme capacidad de recrearse en cada uno de los ojos convocados en torno a sus temas, géneros, búsquedas y estratégias. Un modo de pensar, de recordar, de soñar, se muestra en una foto. Quien la observa sabrá abrirse también en su saber, en su imaginación y en su memoria, ante ese fragmento de realidad que ha sido encuadrado. Sí, realidad que ha sido vivida por la persona tras la cámara y de la cual el fotograma, desde la honestidad autoral, es una referencia. Así se instaura un encuentro activo y creador de la voz que dice en la foto, a partir de los valores compositivos, y la voz que la recorre y que, de alguna manera, la habita. Este encuentro lo describió finamente el filósofo español Carlos Muñóz Gutiérrez comentando unas fotos en su artículo “Los objetos delgados”: Cualesquiera sea la emoción o reflexión que estas imágenes puedan producir ante quien las presencie, es indudable que la posibilidad de que susciten algo a alguien tiene mucho que ver con poder habitarlas, de introducirse en ellas y mezclarse con ellas y de construir una narración de la que cada cual sea personaje. Es, creo, este habitar las imágenes lo que puede producir un goce estético. Y una expansión de la razón, añado yo, que haga más conscientes nuestros actos. Porque la fotografía es diálogo y relación humana.

Fotografiar es conferir importancia, escribió Susan Sontag. Esas palabras en su simpleza, resumen el fundamento del hecho y acción fotográfica: la decisión. El fotógrafo (hombre o mujer), en cualquiera de sus vocaciones, siempre está decidiendo, porque no construye él o ella, los elementos de su obra sino que los selecciona. Es un observador, pero también un organizador, un pequeño demiurgo atento a las confluencias, a las pausas y las grietas del mundo que hacen de la existencia una escenografía, cuyo fulgor y eco, es lo que retiene la cámara. Pero la decisión no es una pulsión solitaria y reactiva, le acompaña la responsabilidad como basamento teórico y ético, como un accionar lúcido, por el que la fotografía no es un hecho pasivo. Se habla aquí de una responsabilidad autoral, en cuánto claridad y compromiso con lo que se quiere decir y expresar, a partir de lo que se observa y del lugar de enunciación de quien fotografía.

A fin de cuentas, las cámaras fotográficas, las computadoras, las fotografías publicadas o expuestas, serán lo que el fotógrafo o la fotógrafa quiera que sean, partiendo de sus premisas personales sobre lo que quiere decir o comunicar, a quién se lo dirige, cómo lo logra y, sobre todo, por qué hacerlo.

Haciendo foco

He indagado desde mi propia experiencia en premisas surgidas al calor de pautas y encargos. Me he labrado a fuerza de trabajo unas mínimas categorías con las cuales orientar la feliz inquietud que me asalta cada vez que siento que he logrado una buena foto. A través de los años compartí y en ocasiones confronté los hallazgos de esa indagación con fotógrafos y estudiosos de mucha más trayectoria y autoridad profesional y académica que yo, y de ese debate amoroso, que llevo con y desde la fotografía, he reconocido la vigencia del instante decisivo del que nos habló Henri Cartier-Bressón (parafraseando al Cardenal de Retz), para cuya comprensión, en mi opinión, debe comprenderse una secuencia de la visión, que lo describe acertadamente como conjunción de tres pulsiones de una percepción profunda: lo visible, lo visual y lo visionario.

Lo visible y lo visual: las columnas de la mirada

Como fotógrafo entiendo por mirada el proceso sensorial y emotivo, durante el cual y en el cual se concentran todos los elementos culturales y existenciales (experiencias, conocimientos, deseos) en el que afirmamos, desde el acto de ver, nuestra presencia única e irremplazable, en el mundo. En la vida se encuentra una mirada por persona y esa mirada es una voz interior, esa mirada es esa persona, el mundo, su mundo.

Los modos de mirar articulan discursos y son propiciadores de diálogo. Por ello la historia de la fotografía es tan rica, diversa y abarcante. Es fascinante la progresión que va desde la toma de una foto hasta su apreciación en un medio impreso, en una pared o una pantalla.

El hecho fotográfico no concluye al apretar el botón disparador de la cámara ni se limita al simple registro mecánico de tal o cual realidad, al contrario, la foto como objeto, como forma en el espacio, una vez lograda, da paso a la fotografía como ideario y pensamiento. Es una especie de big bang que va desde una densa concentración de lo visible, a una expansión semántica que cruza el universo humano fundando lo visual. Dos dimensiones (visible y visual) en las que la mirada del fotógrafo se dinamiza de forma dialéctica: por un lado, lo visible, lo que se puede ver, presente en una totalidad perceptible por los ojos y que seduce la atención del fotógrafo y en ocasiones hasta la invade; y por otro, lo visual, aquello significativo, polisémico, que hace de una foto, una imagen connotativa, es decir, susceptible de interpretación. Lo visual es la instancia donde se despliega la mirada del fotógrafo, la voz fotográfica ante la cual y por la cual una persona, frente a una fotografía, pueda intuir, descubrir y comprender los elementos que le confieren estatus comunicativo, estético o documental, así como también los intereses, pasiones e intenciones de su autor. Por ello una buena foto, en primera instancia nos remite a la responsabilidad de quien la logró y a la decisión que tomó, pero también a las pulsiones, desafíos y habilidades que le constituyen y que se plasmarán, como firma invisible, como marcas de agua en cada imagen de su portafolio.

Lo visionario: una puerta batiente

En palabras del eterno maestro Cartier-Bressón: Fotografiar es retener la respiración cuando todas nuestras facultades se conjugan ante la realidad huidiza; es entonces cuando la captación de la imagen supone una gran alegría física e intelectual. Fotografiar es poner la cabeza, el ojo y el corazón en el mismo punto de mira. En lo que a mí respecta, fotografiar es una manera de comprender… Estas palabras escritas en un temprano siglo XX, son de una vitalidad inspiradora. Por ellas concibo la cámara fotográfica como una lámpara maravillosa, que le confiere a la práctica fotográfica, cierto carácter visionario, idea que concibo en términos éticos y gracias a la cual puedo imaginar a un fotógrafo o fotógrafa como una persona sensitiva que por vocación, compromiso, formación y entrenamiento, tiene la facultad de experimentar una "segunda vista" que le permite ver más allá y más acá de lo captado por su cámara y que le lleva a intuir, imaginar, entender, visualizar, el impacto de su trabajo, sus implicaciones y alcances. Imagino a esa persona capaz de hilar los fragmentos de los actos humanos que vive y registra, de tal manera que se anticipa al momento perfecto; ese que luego perdura en la imagen. Instante decisivo en el que el azar, fugazmente, reúne en un espacio, el suceso, la escena, la geometría y la mirada.

Y porque algo hay en este oficio, que Roberto Juarróz lo aludió con estas palabras:

Hay que alcanzar esa mirada
que mira a uno como si fuera dos.
Y después mira a dos
como si fueran uno.
Y luego todavía
mira a uno y a dos
como si fueran ninguno.
Es la mirada que escribe y borra al mismo tiempo,
que dibuja y suspende las líneas,
que desvincula y une
simplemente mirando.
La mirada que no es diferente
afuera y adentro del sueño.
La mirada sin zonas intermedias.
La mirada que se crea a sí misma al mirar.

Aparición súbita de algo que no estaba, juego de pensamiento. Instante decisivo corresponde a lo que José Lezama Lima definió como momento poetizable: un breve lapso durante el cual la linealidad temporal de la realidad, de la vida individual y colectiva se suspende, mostrando un equilibrio paradójico en el que seres y cosas se integran y se corresponden. Infinitos instantes y momentos se dan a diario en todas partes, pero se hacen decisivos, poetizables, gracias al ojo atento y su extensión (la cámara) que le atestigua y testimonia, proyectando esa realidad a una escala mayor, es decir, a una escala personal.

En este sentido, la fotografía implica una total identificación del fotógrafo con su tema, con su objeto. No es suficiente lograr retratos fieles. Si se ha tenido la agudeza y el refinamiento suficientes para reconocer el instante de un secreto abierto, lo menos que se puede hacer es conocer ese secreto, la esencia que le hizo único. ¿Por qué? Porque, en lo particular, fotografío  con la esperanza de compartir lo que he visto con personas a quienes esas imágenes puedan comunicarle algo. Trato de compartir una mirada respetuosa de la vida, desde el asombro que ella me produce y si eso significa algo para alguien y le moviliza sentimental e intelectualmente, me habré sentido útil, máximo sentimiento de lo que pudiera aún llamarse compromiso.

Consideraciones finales: la imagen latente del mundo

Fotografiar se parece más de lo que se cree a alucinar, y esa suerte de “sueño de la vigilia”, como la definió Walter Benjamin, se desata a partir del encuentro de la máxima objetividad y la máxima subjetividad, es decir, cuando desaparece la frontera entre la realidad material (suceso, cuerpo, objeto) y el ser (fotógrafo, con su carga cultural y espiritual). De ese encuentro, de esa desaparición se obtiene un testimonio visual que es ventana y espejo hacia lo humano y de lo humano; una imagen que a fuerza de los elementos encuadrados, deviene diálogo, recreando en la mirada un alfabeto del mundo por el que hemos hecho nuestro el paisaje de los demás, la dignidad tras el drama y el dolor, el cuerpo con sus cielos y abismos de deseo, los objetos como golosinas fantásticas que esculpen nuestra imaginación, la vida y la muerte en torno nuestro y hasta nosotros mismos cuya existencia es la frontera, el límite máximo y mínimo de un misterio que lo rodea todo, y del que hemos podido armar un puzle, gracias a ese artilugio tecnológico que es la cámara fotográfica.

Aunque con piel de sueño, como diría el poeta venezolano José Joaquín Burgos, la fotografía seguirá siendo lo que siempre ha sido: ciencia y tecnología, mediación y lenguaje, posibilidad.

La decisión y responsabilidad que le condicionan, son apenas luces en el dinámico universo de lo visible, lo visual y lo visionario. Tres estadios de un consciente óptico que articulan el vitalista instante decisivo, desde los tiempos casi míticos en que fue concebido.

Lo visible, lo visual y lo visionario que integrado a la cámara fotográfica, al fotógrafo, nos llama no sólo a admirar el mundo sino a respetarlo, recrearlo, restituirlo y celebrarlo. Porque la inmersión que la fotografía hace en él exige mucho más que obturación, composición y belleza; exige conocerlo.

No hay tecnología ni algoritmos ni saturación de imágenes en la web que desplacen a un ser humano en su unicidad y en su deseo crear momentos para la intersubjetividad. Hasta los post-humanistas, con su post-verdad y su post-fotógrafía, ríen y lloran, y por mucho performance discursivo, son personas que actúan a partir de lo que sueñan y para todo ello (acción y sueño) siempre habrá una mirada conmovida que lo registrará para hacerse un lugar en esa espiral trepidante que es la historia. Tengamos a tono razón, corazón y cuerpo, atentos a esa foto que nos habita como un latido en busca de su imagen. Porque mientras exista una persona tras la cámara, encuadrando e interpretando para sí y para otras, ese horizonte de sucesos que es lo humano, habrá instantes decisivos como no ha dejado de haber acciones decisivas, ausencias decisivas, palabras decisivas.

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