
De los muchos libros que escribió Erich Maria Remarque acaso sólo dos se encuentran en las librerías. Ambos, casualmente, adaptados con fortuna al cine: Sin novedad en el frente y Arco de triunfo. El primero es un clásico de la literatura antibelicista; el segundo es una crónica apasionante de la vida de los refugiados en París meses antes del inicio de la Segunda Guerra. Sin novedad ha conocido una segunda adaptación recientemente. De Arco de triunfo también existe una versión TV, protagonizada por Anthony Hopkins. Su primera aparición en cine fue en la cinta dirigida por Lewis Milestone, y estrenada en 1948. Milestone encargó del guión Irving Shaw, uno de los mejores guionistas de esos años. Por complicadas diferencias con el estudio, Shaw se retiró de la producción y Milestone terminaría el guión con uno de sus colaboradores. Las primeras secuencias de la película son un brillante ejemplo de adaptación de una obra literaria. Lo que escribe Remarque es convertido en imágenes de manera brillante por Shaw. Por desgracia no todo es así y el film se resiente de la manipulación del original. No obstante, Milestone con la convincente actuación de Charles Boyer, el siempre grande Charles Laughton y una irregular Ingrid Bergman, consigue expresar la inseguridad del mutilado mundo de los refugiados. La secuencia final, es una nueva y última lección de adaptación de un texto al cine. La fotografía en la cual se apoyó Milestone es del brillante y favorito de Wells, Russell Metty (The Magnificent Amberson, The Stranger, Touch of Evil, Spartacus, The Misfits).
El caso de Cesare Pavese es una de las tantas contradicciones de un siglo esencialmente contradictorio como el XX. Su poesía fue mal vista por los más notables representantes del llamado “Hermetismo” (Montale, Ungaretti) por ser demasiado accesible, sin las oscuridades propias de la tendencia favorecida por la crítica de su tiempo. Por otra parte, sus poemas, aunque en verdad directos, eran recorridos por una melancolía que no era bien vista por la prensa de la poderosa izquierda italiana: no se puede ser progresista con tanta tristeza. Terminaría Pavese reconocido como el autor de uno de los mejores diarios de la Italia de post-guerra. Un reconocimiento que se extendería ampliamente por Hispanoamérica. Así conocí a Pavese en Venezuela, a mediados de los sesenta, como el autor de El oficio de vivir, y de algunos poemas aislados como el inevitable “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. Mucho me temo que la situación no ha variado a estas alturas del siglo XXI. Poco se habla de Pavese en estos días. Y, al final del día, no es improbable que la posteridad reconozca al vate de Santo Stefano Belbo por su diario, sus ensayos sobre poesía norteamericana y su traducción al italiano de Moby Dick, como por su inquietante Dialogos con Leucó, donde encuentro más poesía que en los dos poemarios que escribió. Pienso en Pavese a propósito de una reseña en la última entrega del Times Literary Supplement.
Lin nació, en una fecha imprecisa, en Río de Janeiro, de padres chinos refugiados que se trasladaron posteriormente a los Estados Unidos donde, como indocumentada, Esther creció y estudió. A los 27 obtuvo permiso de residencia, y luego la ciudadanía norteamericana. En 2025 publicó su primer libro, Cold Thief Place, que sería reconocido con el prestigioso premio Alice James. Su poesía mantiene el tono narrativo y la dicción demótica, coloquial, de destacados vates norteamericanos, como Vachel Lindsay o Edgar Lee Masters. “Orígenes” (“Origin Story”) forma parte del libro premiado, este es un intento de traducción:
ORÍGENES
La madre puso su hijo a dormir
en la cesta de lavandería. El curvo tejido
alrededor de su pequeña cabeza, como el brillo
de un planeta moribundo alrededor de Kal-El,
otro niño arrojado al espacio. Ajustada en el asiento
de su camioneta la cesta viajó hacia el norte,
desde Texas hasta Efrata, en el estado de Washington;
sin padre a lo largo de cientos de kilómetros.
Para el hijo, la madre empacó el cochecito, un cuadro
y todos los pañales que había en la húmeda casa,
cerca de la base aérea. Por su hijo manejó
durante once días. Ahora, el niño tiene cuarenta
y vive en Los Angeles, donde ha aprendido a amar
sin tomar precauciones. Ella vive sola y va a la iglesia
dos veces a la semana. El ministro opina que lo suyo
es la restitución del orden interrumpido: el hijo criado
para sustituir al patriarca demenciado. Sin embargo,
la madre ve cómo las pequeñas historias ocultan
la más grande. Está segura de que, durante los once días
manejando, se hizo mítica. Ambos eran míticos.
María y Cristo, Jesica y Pablo.
Heroína y héroe, juntos en la huida.

A pesar de haber sido grabada por algunos de los mejores pianistas contemporáneos, esta composición de Chaikovski, Las estaciones, no ha sido reconocida con la popularidad reservada a un amplio sector de su producción. La escribió en 1876 para ser publicada en la revista Nuvellist. El compromiso era escribir una suite de doce fragmentos correspondientes a cada mes del año. Los más conocidos son los de junio, una “Barcarola”; y noviembre, una favorita de Rachmaninof. Fueron escritos apenas terminado el Concierto No. 1 para piano y mientras trabajaba en El lago de los cisnes. Cada pieza estaba acompañada por un epígrafe, de los cuales los más conocidos son los de enero y septiembre, con letra de Pushkin, y el de octubre, de la pluma de Tolstoy. Igualmente hermoso, el epígrafe correspondiente a junio, escrito por Aleksey Pleschetev (“Vamos a la orilla del mar,/ donde las olas besarán nuestros pies. / Y con misteriosa nostalgia/ las estrellas brillarán sobre nuestras cabezas”). Conozco de hace años la versión de Vladimir Azhkenazy de Las estaciones, y desde hace muy poco, la de Yunchan Lim. De manera fragmentaria, sólo enero y junio, la lectura con no poco de metafísica, de Svistoslav Richter. Lim, nacido en Corea del Sur en 2004, ha actualizado la partitura de Chaikovski después de su apoteosis en el Concurso Internacional de Piano Van Cliburn, que se organiza en la poco obvia Fort Worth. La misma ciudad de Texas donde nació el legendario Van Cliburn, vencedor del Primer Concurso para Piano Peter Chaikovski en la Moscú de la Guerra Fría de 1958. Se cuenta que el jurado, indeciso ante las repercusiones que la designación podía producir en las relaciones de la Unión Soviética con los Estados Unidos, optó por consultar con el sucesor de Stalin, el primer ministro Nikita Kruschev, quien se limitó a preguntar: “-¿Es el mejor? –Sí. –Entonces denle el premio”. “Las estaciones”, fue una de las piezas escogidas por Lim para la presentación final, con la cual obtuvo el primer premio. La grabación del concierto acaba de ser publicada por la inglesa Decca. No obstante, una versión tal vez no tan perfeccionista es disponible en internet. Gracias a su genio volvemos a esta partitura de delicada belleza y extraordinaria generosidad melódica.
La primavera llegó este año con puntualidad. Para el equinoccio del pasado veintiuno de este mes, el invierno se había comenzado a retirar ordenadamente. La luz alpina comenzaba a desplegar un tenue dorado típico de la estación. Me despido del invierno con nostalgia. En sus fríos siento que el vértigo del tiempo es menos agudo; parece pasar con la velocidad de los copos antes de llegar al suelo. Ahora comienza, no a caer, sino a pasar como un tiovivo, sin pausa, que sólo con la llegada del otoño la velocidad de sus vueltas comenzará a disminuir. La primavera ha venido/nadie sabe cómo ha sido. En las próximas semanas se reiterará el milagro de la resurrección de la tierra y el cielo. Mis pájaros en el pino blanco frente a mi edificio, cantan emocionados de estar de regreso a su residencia de primavera y verano. Ha llegado la hora de amarse, de reproducirse y asegurar su presencia cantora en un planeta cada vez más descuidado y preterido.

Sigo leyendo a esta joven poeta norteamericana, nacida en Brasil de padres refugiados chinos, en cuya poesía podemos precisar un estilo que llamaríamos neo-confesional. Como se sabe, “poesía confesional”, fue la manera como el influyente crítico y profesor de N.Y.U., M.L. Rosenthal, definió la lírica de poetas como Snodgrass y Lowell, Plath y Sexton, para los cuales la vida privada era un componente central en su producción. Así, nos enterábamos de que Snodgrass había pasado por un traumático proceso de divorcio que lo había separado de su única hija, su needle’s heart (aguja en el corazón); o de que el padre de Lowell era un inútil y que un día el hijo lo había derribado de un golpe; o de las reiteradas depresiones de Plath o de los problemas menstruales de Sexton. Todo poema es confesional, se podría decir, y es cierto. No obstante, y por lo mismo, los clásicos inventaron la metáfora y otras formas de comunicación oblicua indirecta, que evitaba la humillación de confesarse en público, que era, precisamente, lo que hicieron los poetas mencionados y su ejército de seguidores en todo el mundo, incluyéndome a mí durante algún tiempo. La poesía neo-confesional de Lin también habla de su vida privada y lo hace sin artificios, de manera directa. Sin embargo, las divergencias son más reveladoras que las coincidencias. En efecto, un carácter notablemente morboso distinguía los poemas confesionales de todo lo que se había escrito con anterioridad en lengua inglesa. Esta irresistible atracción por el morbo no es un atributo de la producción de Lin, ni de la de sus contemporáneos como Ada Limón o un tanto mayores, en el caso de Joy Harjo. Poemas como “Orígenes” son efectivamente una confesión (7. “Relato que alguien hace de su propia vida para explicarla a los demás”. RAE), pero Lin nos exime, y se lo agradecemos, de los detalles del agotador viaje de once días manejando, de las humillaciones, incomodidades y malestares a los que estuvo sometida la formidable madre. Ya bastante heroico es el gesto como para desfigurarlo con patéticas revelaciones. Lo que sigue es mi traducción de un par de fragmentos de The Ghost Wife (La esposa fantasma), que es como Lin llamó a su “folleto” o “plaquette” (Chapbook), publicado en 2017, y que sería incluido en el reciente Cold Thief Place (2025).
Después de criar con su esposo
durante años a su robusto hijo,
terminó con la vista calcinada.
Recogía la ropa limpia. El sol
tartamudeaba en las nubes, el arroz
burbujeaba en la hornilla. Su cara
y sus manos burbujeaban también.
No lloró. No habló. Se metió rápido
a la casa. ¿Qué hacer? Los vecinos.
Los comentarios. Lo indicado era ponerla
en la urna, en el piso de arriba,
y cerrar la tapa.
Este es el segundo fragmento de The Ghost Wife (La esposa fantasma), marcado por inquietantes resonancias arquetipales:
Esposas así eran admiradas por mi abuela
y por la abuela de ella. Quién sabe qué es
lo que piensan las mujeres solteras
o las enfermizas o las más feas que quedaban
para encargarse de los abuelos.
Un papel que mi madre me preparaba. Doblar
sábanas. Llamar a las tarjetas de crédito.
Las charlas superficiales. Manejar.
Murió de repente antes de que pudiera
disfrutarlo. Tres años después hice algo
impensable: me casé. De acuerdo con el folklore
no se trata de la unión de lo humano
con lo inhumano, esa es la gran metáfora.
No eres nada antes de casarte. Mejor dicho,
Eres alguien que no tiene nada que contar.
Convertirse en esposa, esa es una metáfora
digna de leyenda.
Lin escribió algunos reveladores comentarios sobre sus poemas:
A pesar de todos mis esfuerzos, soy más como mi madre. Por ejemplo, ambas nos casamos por el permiso para vivir en condiciones que nos parecían tolerables. Me casé por una “green card” en los Estados Unidos, lo cual implica la opción a una residencia permanente en este país, el deseo de permanecer aquí toda mi vida. Ella por su parte se casó para escapar de la China comunista, primero se comprometió con un hombre en Vietnam; lo dejó para casarse con otro en Hong Kong, al que también abandonó para finalmente casarse, en Brasil, con mi padre. Estaba dispuesta a irse a cualquier lugar del planeta que no fuera China. Pero la China se vino con ella y conmigo en su folklor.
Escribí los poemas de este libro desde espacios reducidos. La urna de la esposa, el ático, mi infancia, mi matrimonio, todo confinado e impredecible… Otras mujeres pueblan mi libro: Emma Bovary, Anna Karenina, mujeres que fueron dejadas atrás en el viejo país, desesperadas por noticias de sus hijos, incluyendo a mi abuela, quien vivió hasta el fin de sus días en China. El matrimonio sigue siendo un oscuro horizonte para mí. No obstante, como poeta estoy obsesionada por esta extraña institución patriarcal: sobre los derechos y la dignidad que obtiene la mujer en público, así como sobre los derechos y la dignidad que pierde en privado. Las mujeres de mi libro, Cold Thief Place, me enseñaron que estar casada es alcanzar lo imposible: elevar al otro sin pedir nada a cambio. Engendrar un heredero a pesar de una violación. Criar ese niño no deseado. Mantener a salvo al marido de nuestra propia naturaleza. Eso es legendario.
Lin vivió en los Estados Unidos once años como indocumentada. En la actualidad, aparte de enseñar en varias universidades, forma parte de la directiva de una institución que se encarga de proteger a los poetas indocumentados en los Estados Unidos.

Suscríbete para recibir una notificación por correo electrónico cuando publiquemos un artículo.