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Jesús Linares, una mirada inclemente

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La fotografía, escribía Susan Sontag,  forma y constituye en sí misma una gramática y en tal sentido, me parece, es capaz de proporcionar una secuencia de imágenes, sobre todo al ofrecernos el artista un portafolio de fotos bien  seleccionadas, una narrativa con sus leyes propias, una sintaxis; pero también una semántica, una interpretación, un ejercicio de lucidez capaz de otorgarle sentido a lo que pasa frente a sus ojos; y por último, una fonética silenciosa, atropello de imágenes que sin tener voz, sin emitir sonido, son capaces de arroparnos con sus silencios, adoloridos algunos, otros con su dejo de amor y más de una vez con cierto rencor por lo que el tiempo nos quitó.

Revisar de manera obsesiva las fotografías de Jesús Linares en Instagram, no hay otra forma de revisar su cuenta @jlinaresp, me obliga a enfrentarme con paisajes de la memoria que estaban sepultados en el olvido o reprimidos, en función de mi salud mental. Regreso a esos lugares todas y cada una de las semanas, un día sí y otro no, por más que cargue encima la máscara de una persona indiferente con fuerza necesaria para mirar siempre hacia adelante sin sucumbir a la nostalgia. El exilio no existe, nunca te vas. La mujer de Lot, por una u otra razón, apego a su casa y al entorno familiar o sencillamente falta de confianza en su capacidad para construir un futuro para su familia en otro país, vuelve la cabeza con un gesto que desafía abiertamente la promesa divina, en un gesto a mitad de camino entre la morriña y la inseguridad, como si con solo mirar los espacios conocidos pudiera detener el castigo. La mujer, su nombre no aparece, sólo se sabe que es  אֵשֶׁת לוֹט, la mujer del sobrino del Patriarca, un santo varón empeñado en regatear con Dios sobre el número de justos necesarios para no destruir al pueblo. Negocia y ajustan los precios hasta que finalmente el Señor acepta perdonar a Sodoma si Abraham encuentra al menos 10 justos. En vano, tendrán que huir para salvar sus vidas.

Linares ha hecho lo propio, volvió la mirada e impidió en cierta forma que estas particulares “ciudades de la llanura” venezolana (כִּכַּר הַיַּרְדֵּן), en esa inmensa meseta de los valles del Occidente de Carabobo, fuesen destruidas. La gramática visual construida por tantos años de ejercicio fotográfico le ha permitido la reconstrucción de un paisaje que quizás algunos ya no logren reconocer por la destrucción impecable y sistemática de una violencia política que casi acaba con el pueblo, donde tantos, de todas las condiciones sociales e ideológicas, tomaron la decisión de abandonar, como Lot, para buscar un lugar donde reconstruir su vida. ¿No había 50 justos en Montalbán, no cuenta la Parroquia Inmaculada Concepción con 10 justos capaces de suavizar la determinación de Dios? Las desoladas calles del pueblo, empeñadas en no desaparecer, a pesar de la indiferencia pública, en el país con las mayores reservas de crudo del mundo; los mercados y parques públicos, las bicicletas y bodegas, los niños y ancianos, los amigos que identificamos y nos llevan de vuelta a aquel lugar, ahora a miles de kilómetros de distancia, pero que una vez fueron el rincón que vieron mis padres y abuelos cuando abrieron sus ojos al nacer. Y todos lo sabemos, no son diez, sino miles de justos que se negaron a apropiarse de lo que no era suyo, no tan sólo de las posesiones materiales de algunos, sino del futuro ajeno, de la capacidad de los otros para trabajar, empeñados en crear un mejor lugar para sus nietos. Son la reserva de sal de un país, la sal de la tierra, pero hay algo más, que apenas servirá para abonar los caminos donde pisen los hombres.

El acto de Jesús Linares tiene el valor del justo, de quién es capaz de formular y ejercer una ética visual, nombrando y rescatando las esquinas y personajes de Montalbán para que nunca sean olvidados, para obligarnos a voltear la mirada y reconocer que aún está ahí, golpeada por las inclemencias de una política aterradoramente destructiva; pero de pie, sin ganas de salir corriendo ni cerrando los ojos.

Su fotografía no es sólo el resultado de un ejercicio de la conciencia que se pega al pueblo como un chinche, como un pulpo con tentáculos entrelazados a las calles, jugando con lo real de cada uno de sus habitantes, nos capacita sobre todo para formar parte de esa dialéctica de lo concreto, como la llamó el checoslovaco Karel Kosik allá por los años sesenta, una teoría que pudo exponer en su libro más conocido antes de ser expulsado de la Universidad por denunciar la invasión de la URSS a su país en 1968. Kosik pagó el precio de ejercer su inteligencia y entender la realidad a partir de la experiencia concreta de los checos, ya no como hechos o situaciones aisladas, sino como expresión de una totalidad que incorpora la historia, el pensamiento y las relaciones económicas.

A la inversa del proyecto totalitario empeñado en anular cualquier vestigio de libertad individual e invadiendo el inconsciente, como cuenta Azar Nafisi en Reading Lolita in Teheran, donde jóvenes despiertan atormentados al haber soñado con alguna chica en traje de baño, disfrutando del mar, por temor a que la Policía Moral los descubra; en oposición a esa dinámica de pensamiento único, la fotografía desentierra un secreto a voces: nuestra circunstancia y el modo cómo nos afecta a cada uno en particular, empezando por los mirones, que descubrimos en la vida ajena recuerdos personales. Si los regímenes autoritarios buscan prescribir la experiencia del individuo, empezando por el secreto del voto y terminando con los Comité de Defensa de la Revolución (CDR) que quisieron implantar en Venezuela con los Círculos Bolivarianos y otras especies, la fotografía impide la supresión de lo incómodo en lo social y entrega la evidencia, como ante un proceso judicial, de la irrevocable transformación de un país y de su efecto en la vida de todos. La fotografía no es un imperativo que impone un mundo, crea más bien un lenguaje que nos permite comunicarnos con nosotros mismos y descubrir lo que somos.

Y no deja de estar presente una naturaleza capaz de estrecharle la mano a la japonesa, presente en la obra del fotógrafo @shoichi_kudo_aomori, por ejemplo. Y no podía ser de otra manera; ella, con sus ríos y bosques logra asentarse en nuestra psique, crece en nosotros, con sus humedades y peligros. Y no es que seamos japoneses o lo queramos ser, es que la impermanencia y la fragilidad de las flores del naranjo te obligan a vivir el mundo bajo la óptica de una sensibilidad que, a ratos, te hace incapaz de afirmar determinada jurisdicción psicológica y sostener una identidad venezolana, italiana, japonesa o de cualquier otro tipo.

Más fácil que regresar al Montalbán de mis padres o donde yo trabajé por tanto tiempo, sería cortar todos los árboles de naranja de Nirgua y Montalbán, quemarlos, esparcir sus cenizas a los cuatro vientos y luego pretender recoger las cenizas, transformarlas de nuevo en madera viva y ponerlas a producir naranjas otra vez. La fotografía de Jesús Linares es una decisión existencial para el operador de la cámara, tanto como para el contempla sus fotos: nos obliga a ver lo que fue y lo que es, así como imaginarnos en un salvaje acto de imaginación, lo que podría ser.

La clave para recuperar el pueblo y al país también, se esconde en los ojos de la gente, en los bodegueros, herreros, comerciantes, en Ernesto, el loco del pueblo, en Martín, el chivo Sevilla, el Padre Miguel, el Morocho, Hugo, los niños en la calle, los viejos en las plazas, sentados viendo como pasan los años a toda carrera, las canas multiplicándose y los más jóvenes cogiendo el autobús para no regresar. Y a pesar del pelo blanco, de los huesos que afloran en la piel magra y quemada de sus habitantes, Linares, por todos nosotros, los mira. Los nombra y reconoce, sin pronunciar sus apellidos, no hace falta. Y justo en ese instante, cuando aflora en la punta de nuestra lengua el nombre del interlocutor silencioso y  confesamos saber quién es, trascendemos la barrera de la muerte. Es un acto de amor que significa ver al otro, más allá de las fachadas o la ropa gastada. Un acto que por sí solo es un milagro. No hace falta curar enfermedades o transformar el agua en vino, eso ya sido hecho.

María, nos cuenta San Juan, desconsolada por el dolor, acude el primer día de la semana con hierbas aromáticas y vendas para embalsamar el cuerpo inerte, pero no lo encuentra. Habían quitado la losa y removido el cuerpo. El se acerca y le pregunta por qué llora. Ella no lo reconoce. Dime dónde está y me lo llevaré, contesta. Finalmente se cruzan los ojos y en ese momento, anulando el supuesto obstáculo definitivo, la muerte, grita en perfecto arameo Rabbuni o רַבּוּנִי, un sustantivo con el pronombre personal en primera persona: mi Maestro. Leer y escuchar la palabra en su lengua original comunica la intimidad que rige el encuentro y que ahora nos toca rehacer en nuestro entorno: reconocer al que comparte con nosotros, acompañando el encuentro con un gesto amable de reconocimiento mutuo y finalmente, como Linares lo hace, compartiendo la experiencia con sus fotografías, impidiendo el olvido. Cada quien a su manera. No se trata de una interpretación o de un discurso visual efectivo, que aterriza entre las dos cejas, sino de un acontecimiento, de algo que está sucediendo. La explicación en japonés del término fotografía no funciona aquí; allá se le llama 写真 o shashín, una palabra formada por dos kanjis: 写 que significa copia o imitación y真, verdad o realidad. Los nombres de las personas fotografiadas pierden sentido, al demostrar Linares ser capaz de reconocerlos, hemos hecho contacto. Ha podido recuperar a Montalbán en la gracia e inocencia de esas pupilas agradecidas, que se sienten encontradas. Ahora podemos afirmar que lo más importante todavía está ahí. No es el fin del mundo.

Imágenes protegidas con derechos de autor

Redes sociales de Jesús Linares:
· Instagram: @jlinaresp
· Facebook:
@jesus.linares.752

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