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Sliema (isla de Malta), lunes 4 de agosto de 2025. Colerridge

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Colerridge en Malta (2)

En la Valeta, el propio centro de la capital del archipiélago, una placa recuerda la casa donde vivió Coleridge de 1804 a 1805. A pesar de la protección de la alta dirigencia colonial de la isla, el poeta no pudo con su adicción. “Coleridge y el opio” es como se llama el ensayo que me sirvió de ponencia en una de la Jornadas organizadas por la Sociedad Venezolana de Psiquiatría, en las que participé poco después abandonar mis estudios de Medicina en 1970. Una historia triste la de Coleridge, una experiencia dolorosa. Ver cómo aquella inteligencia avanzaba con torpes pasos hacia la ruina. El deterioro físico, la voluntad reducida a mueca. De la luz más espléndida, como es la del Mediterráneo o la del Caribe, a las sombras coaguladas de la noche de alucinación. En los últimos versos de La balada del viejo marinero, el poeta había anticipado su suerte. El poema cuenta la historia de un viejo marino enloquecido, que una noche detiene al joven invitado a una boda quien, aturdido, no puede negarse a escuchar la terrible historia. Al final del cuento, el muchacho ya no es el mismo. No se encuentra uno con un personaje como el viejo marinero imponente. Tampoco con el opio. Concluye Coleridge su historia cantada en sonoros versos anglosajones:

El joven se fue como alguien pasmado, extraviados sus sentidos, un hombre más sabio y más triste al día siguiente se habrá levantado.
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