
Especial para este artículo de Laberinto
Las fotografías de Linares me impiden ver lo que deseo mirar: mis recuerdos, la memoria efectiva. Las ganas de volver al pasado no cuentan, no funcionan. Me doy cuenta entonces: regresar al Montalbán de mis padres será como emigrar a un país nuevo, un país de emigrantes, que será fundado otra vez con la ayuda de los que tuvieron que irse y piensan regresar. ¿Qué veremos entonces, el mismo terruño? Así se funda un país, comentó una vez el historiador Manuel Alfredo Rodríguez, al ver a nuestra familia desarrollar durante generaciones una empresa agrícola. ¿Seremos capaces de intentarlo de nuevo?
“¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Acaso puede entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?”, le pregunta Nicodemo al Señor, interrogándolo, buscando pistas, ansioso por reconocer esa nueva realidad, limpiando la piel de las oscuridades que se nos pegaron durante años de ignominia. Mundus vult decipi, decía Martin Buber, el mundo quiere ser engañado y enfrentar la verdad siempre será difícil por una sencilla razón: prevalece el yo. La ventaja de la gente, decía el sabio judío, es que podemos hablar sin parar de ella; la desventaja está en que siempre terminaremos hablando de nosotros mismos sin escuchar, como un eco que rebota de la faz del otro, sin estar interesados en descifrar lo que nos susurran las fotos. La mudez prevalece porque no hablamos su idioma, porque la distancia que nos separa del otro es abismal, o por una razón más sencilla, pero igual de tajante: pensamos algo muy distinto a la idea que él tiene de sí mismo. Mundus vult decipi, ergo decipiatur. El mundo quiere ser engañado, por lo tanto, que sea engañado. Toda gira en torno a nosotros. No son personas, son formas e imágenes en blanco y negro que analizamos; cosas, pero no gente; perfectas en su equilibrio visual, pero ajenas. Nos cuesta ver a quien abrió una ventana para que echemos un vistazo a su habitación. El mundo existe sin ti e insistir en lo que quisiéramos ver no tiene sentido, no sería realista. La costumbre paraliza, los conceptos e ideas que forman el andamiaje de nuestra percepción son más bien un obstáculo, una pantalla donde proyectamos nuestra estrategia defensiva. Encarar el misterio, le explica a Nicodemo, implica deshacernos del lastre, abrirnos a lo nuevo, dejar de ver con los ojos de la carne. Linares abre una puerta y me permite por unos instantes dejar de ser el carcelero de mis recuerdos, de los temores que encierra mi incapacidad para reconocer al entorno.
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A veces no puedo dejar de pensar en términos políticos, por eso acudo a la ciencia-ficción. Enfrentamos el dilema de la píldora roja y azul que Morpheus le ofrece a Neo en la Matrix. Si olvidar nos parece la mejor opción, tomaremos la azul para recordar al pueblo encantador que conocimos alguna vez, donde los malos ratos fueron la excepción. Si eliges la roja, prepárate para aterrizar en las ruinas arqueológicas de un país que el imaginario chavista se llevó a rastras, al intentar imponer a sangre y fuego un rencor que fracasó, carcomido por la perversión de su élite. Llamemos las cosas por su nombre: fue una ideología en cuanto ocultó la realidad de la expropiación de un país para provecho propio (Karl Marx), lo fue al estar condicionadas las políticas gubernamentales por el interés económico de los dirigentes rojos (Karl Mannheim), intentó transformarse en un sistema de representaciones que modelaran la forma como los habitantes percibieran la realidad, sirviéndose de los aparatos ideológicos del Estado (Louis Althusser); y lo fue también en cuanto herramienta para lograr la hegemonía cultural (Antonio Gramsci). Lo lograron por un rato y el encono se hizo vivo, hirviendo en la sangre de los desposeídos hasta alcanzar por minutos el rango de clamor, para luego desaparecer como niebla en la mañana y dejar el testimonio de lo que pudo ser, vestigios de un país corroído por la depravación.

El proyecto entonces, todo sirve para hablar de política, hasta las fotos de Jesús, es sobre todo moral y ético. La Catedral ideológica del chavismo, que controla todavía las instituciones del gobierno, debe desaparecer. El fantasma del comunismo es sólo eso, el espectro, los muertos vivientes de Aló Presidente que sentenciaban como emperadores enloquecidos por la sangre en las fauces de las fieras. Las sectas perdieron su encanto y todos, tarde o temprano, decidieron tomar la pastilla roja de Morpheus y despertaron aterrorizados por una pesadilla que los dejó en el hueso, literalmente. La nueva cartografía política venezolana será de derecha, defensora de la empresa privada, enfrentada al eje de la resistencia impulsado por iraníes y cubanos; y reaccionaria por rechazar las leyes promulgadas que condujeron tantos de nosotros al exilio por defender instituciones como la familia, los valores de la religión judeocristiana y el trabajo como único y solitario criterio para crear bienestar físico y espiritual.
La fotografía no puede promover una posición política, esa jamás fue la intención de Linares. Cada imagen crea un equilibrio, una tensión más bien, una corriente eléctrica entre la aspiración al orden y la racionalidad, por un lado, y la dimensión vital y emocional del ser humano por el otro. Al menos así recuerdo aquel libro tantas veces leído de Herbert Marcuse – Eros y civilización (1955) -, que sigue con pie de plomo la argumentación del poeta clásico alemán Friedrich Schiller en su Carta sobre la educación estética del hombre, una publicación efectuada antes del Sturm und Drang, previa al romanticismo y todavía capaz de mostrarnos esa unión entre estética, ética y política, única manera que veo capaz de soportar la experiencia visual que nos propone Linares.
Al mismo tiempo, debemos suponer que su libertad artística o política, como prefieran, le permite seleccionar la temática de sus fotos. Hay cierta pasividad, por tanto, en la gente que atrapa su atención, frente a las cuales despliega su conciencia pictórica, en busca de pruebas visuales que remitan a la confirmación de su forma de pensar. Cada fotografía es un autorretrato, no un juego entre dos, sino una lectura solitaria que comparte después en IG. Proyecta en las personas sus temores más secretos, sus alegrías y esperanzas. Lo político en Jesús Linares no es la temática – la pobreza, la degradación urbana o la soledad de los más viejos – que congela en sus imágenes; es él mismo, un animal político que aparece cuando agarra la cámara. Je pense, donc je suis, argumentaba Descartes en Discour de la méthode. Pienso, luego existo. Y Feuerbach, precursor de Marx, decía: Der Mensch ist, was er isst: El hombre es lo que come. Jesús Linares diría más bien: Veo, luego existo.
Y a pesar de esa dificultad suprema, la distancia que separa su cámara de la gente, establece el diálogo. Únicamente las personas conscientes de la dificultad de la traducción resultan buenos traductores. La gente que nace en una familia bilingüe, pensaba George Steiner, no tiene consciencia de la dificultad de traducir. Sólo que en su caso el idioma es visual, no es un turista tomando fotos, ni un espectador neutro; es una gramática, una lengua que da nombre y reconoce la presencia de alguien en las calles de ese pueblo mítico. Frente al espanto de la mentira que traumatiza, reconoce amigos y familiares. Su trabajo es la memoria secreta de los habitantes de Montalbán, la que muchos no se atreven a pronunciar. ¿Y quiénes somos nosotros, viviendo afuera, para juzgar y condenar esa decisión de no escarbar en la herida y negarse a aceptar lo que propone el gobierno? Las caras lindas de mi gente negra, dicen los versos de Tite Curet Alonso interpretados por Ismael Rivera. Qué lindas, pero mira que lindas son. Tienen, tienen, tienen de llanto tanta melodía.
Redes sociales de Jesús Linares:
· Instagram: @jlinaresp
· Facebook: @jesus.linares.752
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