
A diferencia de mis trópicos natales de pulso acelerado, en estas ciudades del norte las cosas se suceden a otra velocidad, se demoran en pasar. Cuando llega el mal tiempo, no lo hace por un breve período, algunas horas máximo. Aquí, llega para quedarse. Por días, y semanas, no pocas veces. Ya no recuerdo cuántos días han pasado desde que vimos por última vez el sol, y nadie se atreve a asegurar cuando lo veremos de nuevo. Días grises que aquí son normales, no especialmente tristes ni alegres, normales sencillamente. Hoy es lo que llaman los católicos Domingo de Cuaresma, el cuarto de los cinco o seis que preceden la Semana Santa, la Pascua o “Passover”, como le dicen en inglés. Todas las tradiciones religiosas mediterráneas se aprovecharon del Equinoccio de Primavera para fundamentar sus leyendas y tradiciones. Confío en el regreso del “Sol Invictus” en los próximos días.
No se merece el olvido al que la ingratitud lo ha marginado, Richard Brooks, uno de los cineastas más formidables de todo el siglo XX. Nacido en Rusia de padres hebreos, inmigró a los Estados Unidos temprano, para formarse en una de sus universidades y comenzar a trabajar en la radio. Fue actor primero, pero comenzó a destacarse por su talento como guionista. A él le debemos los estupendos guiones de Un gato en el tejado caliente o A sangre fría o Los profesionales. Siempre en contra de las desigualdades, haría de cada una de sus participaciones una crítica a aquel capitalismo de los años cincuenta y sesenta, nacido del huevo que no se destruyó del todo con la crisis de Wall Street en 1929. Su cine es un afortunado híbrido del virtuosismo post-expresionista de Siodmak y el duro realismo de Dassin o John Houston. Es responsable de películas de modesto presupuesto, Deadeline, por ejemplo, y de otras más ambiciosas, entre las cuales la irregular Lord Jim. Deadline (El cuarto poder), que pude ver anoche, es una muestra del cine de Brooks. Humphrey Bogart es el editor de un importante diario, tipo The New York Times, que trata de sobrevivir al acoso del capitalismo ávido que denunció tantas veces. Al final, después de un canto de cisne, de la manera más profética, termina en manos de los malos, en un trato no muy distinto al que se produjo hace poco cuando el grupo de Jeff Bezos, el todopoderoso magnate, se apoderó del Washington Post para ponerlo al servicio de los más oscuros intereses. Brooks, como su maestro Houston, es un excelente narrador, como Hemingway. Pocas páginas son suficientes para un buen cuento. Los escasos 87’ de Deadline le fueron suficientes a Brooks para contar de modo impecable su inquietante historia. El director sabía de lo que hablaba. Durante años trabajó en diversos medios y conocía bien las entrañas del monstruo. Bogart se ajustó con profesionalismo a las exigencias del guion, escrito por el mismo Brooks. La fotografía es de un indiferente Milton Krasner.
Rinaldo es una de las grandes óperas de Haendel y un clásico del repertorio barroco. Su música, sin desperdicios, se extiende por casi tres horas de sostenido brillo e imaginación. Todavía incipiente el género, Haendel supera el esquema del drama lírico con secuencias de narrativa que son afortunados despliegues de palabras en acción, que es lo que es el teatro, cantado o no. A pesar de los fantásticos elementos de la historia, -el reiterado episodio de los amores contrariados del héroe de Jerusalén liberada-, el montaje presentado en Ravena se empeña en administrar con pulcritud este componente y hacerlo casi realista. La intención del director de escena, cual es el de insistir en los elementos más humanos de la historia se cumplieron con holgura. Lo que le ocurrió al personaje de Tasso, puede ocurrirnos a todos. La brillante puesta en escena del maestro Pier Luigi Pizzi, no disminuye, los componentes mágicos de la historia, los administra con inteligencia hasta hacer parecer naturales la presencia del famoso mago y de las sirenas. Aunque el estreno ocurrió en 2011 en la noble y dantiana ciudad de Ravena, su Rinaldo no puede ser más contemporáneo. Un espectáculo barroco transformado en despliegue de música y colores en el siglo XXI.
Beethoven no tuvo la suerte de Goethe y nunca se encontró con Napoleón, venerado ídolo de su juventud. Y no sé si el Emperador escuchó alguna vez una pieza de Beethoven. No obstante, la vida del compositor estuvo signada por el mito napoleónico, el del triunfo heroico del individuo independientemente de sus orígenes. Sin espada, ni pluma, ni cruz que legitimara su proyecto de ascender a la cumbre. Beethoven se hizo solo con su piano como el corso con sus cañones. Nacidos con un año de diferencia, ambos fueron hijos de la Revolución. Rebeldes con causa, seguros de su destino privilegiado y empeñados en acabar con el orden imperante. Napoleón estuvo a punto de lograrlo, y si bien se quedó corto, nada en política será la misma sin su gesta. En su país natal, después de una bochornosa restauración, sus ideas políticas serían reactualizadas para hacer de Francia el centro del mundo a mediados del XIX. La derrota de Beethoven sería menos influyente, pero no menos trágica. La de un gran libertador que terminó sus días empobrecido, sordo y solitario, en una buhardilla mal iluminada y llena de goteras, que es la que Rossini describe después de su visita al maestro. También Beethoven tendrá que esperar tiempos mejores. Su música tardía, lo de su producción, saldrá de la oscuridad sólo cien años después para promover la revolución musical del siglo XX.

No todo fue admiración por parte de Beethoven, sin embargo. Hacia 1804, el compositor era ya considerado como uno de los grandes compositores europeos. El responsable de la superación del antiguo orden clasicista de Haydn y de la introducción de un nuevo estilo que sería conocido como romanticismo. El ejemplo más elocuente y épico es su Tercera Sinfonía interpretada por primera vez en junio de ese año. La sinfonía estaba dedicada a Napoleón. Su nombre original, en efecto, era “Bonaparte”. Una dedicatoria que no se mantendría mucho tiempo. En efecto, cuando el músico se enteró de la auto-coronación como emperador del líder francés, tachó la dedicatoria y prefirió llamarla Eroica. Esta es la relación de Ferdinand Ries, secretario del maestro:
Mientras escribía esta sinfonía, Beethoven había estado pensando en Bonaparte, pero Bonaparte mientras todavía era Primer Cónsul. En esa época lo tenía en la más alta estima, y lo comparaba con los grandes cónsules de la Antigua Roma. Además, muchos de sus mejores amigos habían visto la sinfonía en su escritorio, bellamente copiada con la palabra “Bonaparte” escrita en lo más alta de la portada, su nombre “Ludwig van Beethoven” abajo… Fui el primero en comunicarle la noticia de que Bonaparte se había auto-proclamado Emperador, se alteró mucho y exclamó, “Así que no es más que un mortal! Ahora pisoteará los Derechos del Hombre y se creerá superior a los demás hasta convertirse en un tirano”. Entonces se dirigió a su escritorio, tomo la partitura, le arrancó la portada y la tiró al suelo. La página tuvo que ser copiada de nuevo con el título de Sinfonía Eroica.
Sin embargo, Beethoven, ya no de manera tan manifiesta, siguió siendo el admirador de Napoleón a quien había escrito la sinfonía. Al fin y al cabo, incluso como Emperador, Napoleón seguía siendo un liberal en comparación con los feudales gobernantes del resto de Europa. Dos años después, en 1806, la sinfonía fue impresa con el título en italiano de Sinfonia Eroica, seguida de una línea conmovedora: Sinfonia Eroica… composta per festeggiare il sovvenire di un grande Uomo. De alguna manera, Napoleón estaba al conocimiento de las andanzas del compositor. Así, en 1808, Jerónimo Bonaparte, seguramente siguiendo órdenes de su hermano, le ofreció al compositor el cargo bien remunerado de Kapellmeister de la ciudad de Kassel. Ofrecimiento que, en mala hora, Beethoven rechazó. Por esos años Beethoven trabajaba en su Concierto No.5 para piano Op.73. Conocido desde entonces como Concierto Emperador, un nombre, que, aunque no es suyo, no parece haber desaprobado.
Anón
Era el último
árbol de anón
sobre la tierra;
un bajel,
viento en popa
a toda vela,
a la mar
lanzado
en su ruta
aventurera.
Un barco-árbol
que navegaba
más allá
de las estrellas;
unas ramas
voladoras,
con sus frutas
rosadas,
de colibrí
y abejas.
Y navegamos
entre islas
y playas
de arena
constelada.
La mar alta
y la mar
reposada.
Corrientes
y cuevas
que daban a la nada,
las algas
resbalosas
en la mano
cerrada.
Y la luz
con sus caricias
desde
la madrugada.
De regreso del viaje,
lo mejor
de la tripulación
estaba agotada.
Mi padre
sus tristezas
asomaba.
Por las tardes,
nada más
ingrato
ni más grave.
Desde mi puesto
en la popa,
contemplé
su descenso
al Hades.
El viejo anón
ya no volaba,
sus ramas
estaban quietas
y las frutas
no eran rosadas.
Atrás quedó
con sus
velas
y ramas
arruinadas.
Yo todavía,
en duermevela,
lo veo,
en esta tierra
exiliada,
tan esbelto
y robusto
como cuando
navegaba.
Para conmemorar el día de san Patricio, santo patrono de Irlanda, reproduzco estas preciosas rimas de W.B. Yeats que me enviara desde Torino un poeta amigo venezolano-irlandés:
Wine comes in at the mouth
And love comes in at the eye;
That´s all we should know for truth
Before we grow old and die.
I lift my glass to the mouth,
I look at you and I sigh.
Es poco menos, o más, que un crimen traducir los versos de Yeats. Todo lo que es poesía tendrá, fatalmente, que quedarse fuera.
El vino entra por la boca
y el amor por los ojos,
es todo lo que tenemos que saber
antes de envejecer y morir.
Alzo mi copa hasta los labios,
te veo y suspiro.
De mis lejanas lecturas de Habermas recuerdo algunas cosas (sus agudos Perfiles; por ejemplo, en especial el que dedica a Marcuse), y no me explico otras. Como su distanciamiento de la reflexión sobre la poesía, una de las marcas de la filosofía alemana desde Kant. Herder, Hegel, Schopenhauer, Nietzsche, Heidegger, Adorno, Gadamer todos dejaron memorables páginas sobre el asunto sobre el asunto, desde los griegos hasta Shakespeare y más acá. Confieso que contaba con sus reveladores comentarios sobre los grandes poetas de la tradición. Herder escribió sobre Shakespeare y se lo descubrió a los románticos; Hegel reinventó Antígona; como Schopenhauer hizo con los trágicos griegos y se los presentó, como regalo, a un joven Nietzsche que escribía versos y se identificaba con Hölderlin; Heidegger escribió poemas de amor a Hanna Arendt, y otros más serios y tal vez menos bochornosos a amigos como Char, pero reflexionó de manera inquietante sobre la lírica de Trakl y Hölderlin, Adorno fue un privilegiado estudioso de la Odisea; Gadamer es un aventajado lector de poetas contemporáneos. ¿Y Habermas? Busqué en ese entonces y no encontré, y hoy he vuelto a la búsqueda con el mismo resultado. No he olvidado sus inquietantes intuiciones sobre la literatura a propósito de Calvino o Capote, sólo extraño, ahora que lamento su muerte, sus aproximaciones críticas al arte de la poesía.

Y se quedarán
los mirlos,
cantando
canciones de amor
en el pino blanco.
Estas líneas son un homenaje a Juan Ramón Jiménez (Premio Nobel de Literatura 1956), de quien, por desgracia, sólo recuerdo el inmortal poema que comienza diciendo:
Y yo me iré y se quedarán los pájaros
cantando…

El texto fue escrito en el largo exilio del poeta que comenzó con la insurgencia de la huestes franquistas en 1936, y duró hasta su muerte en Puerto Rico veintidós años más tarde. Su desacuerdo con el régimen militar de ultraderecha, sería recompensado con el saqueo de su casa en Madrid y la quema de sus libros y manuscritos. Escribió mucho Jiménez, tal vez demasiado. No obstante, con poemas como el que cito y un puñado más tiene su puesto en el canon asegurado.
Ya quisiera haber leído más de esta formidable narradora y directora de teatro nacida en Alemania del Este, la ex-República Democrática Alemana, en 1967, de abuelo ultra comunista (el también escritor Fritz Erpenbeck) y de padre más moderado (el asimismo escritor y filósofo John Erpenbeck). De la lectura de los escritores serios (y Jenny es uno de ellos) siempre aprendemos, o recordamos, asuntos que debíamos conocer o tener presente más a menudo. En la postergada lectura de su Kairos, novela reconocida con el Booker International Prize, en apenas sus primeras cincuenta páginas, he encontrado el estímulo para recordar al gran cantante y actor Franz Busch, y la conocida pieza de Hans Eisler, que una vez recordara en estos darios, Catorce maneras de escuchar la lluvia, escrita para un documental de Joris Ivens. Ernst Busch fue uno de los pilares de la vanguardia musical alemana de los años de inigualada locura creativa que precedieron el ascenso de Hitler. Con su voz grave y llena de vino fue uno de los protagonistas del estreno de la Opera de tres centavos. Activista político consecuente, participó, como el abuelo de la Erpenbeck, en la Guerra Civil Española. Después de la Segunda Guerra fue un entusiasta de la Alemania Federal, la cual en un gesto de camaradería comunista terminaría reduciéndolo a un manicomio, donde pasó sus últimos días, murió, olvidado de todos en 1980.

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