
Todavía conmovido por los poemas de Hilbig. Siento en ellos, glosando a los sociólogos, lo que llamaría soledad real. No como algo intangible, existencial, sino como algo sólido, un pedazo de carbón, unas botas viejas, tal vez como las de van Gogh, una rodaja de pan duro, un colchón roto. Como protagonista, este poeta que, a los cincuenta y ocho, conoció la única orfandad que le faltaba al quedar sin país a partir de 1989. Que Alemania Democrática no fuera el país ideal es irrelevante. El país, como los padres no se escoge. Y si no nos sorprendió la desaparición de aquella Alemania, a los alemanes del Este sí, y mucho. A decir verdad, nadie, en ninguno de los dos países, pensó probable una reunificación. No ingenios como Jürgen Habermass ni espíritus como Christa Wolf. Se trata del exilio perfecto. Ya nunca volverás porque no tienes donde volver. A Hilbig lo sorprendió la caída del Muro mientras estaba en Berlín Occidental, donde residía gracias a una beca otorgada por su país y que se prolongaba hasta 1990. Despojado de una “comarca natal”, Hilbig se encontró un día “retirando sombras nuevas de incontables otoños. Hilbig es el Bardo de un país que no existe y que ni siquiera tuvo tiempo para construirse un pasado. Cuando muere en el otro Berlín, el que no era el suyo, la flamante República Democrática Alemana no era más que una caja vacía en la basura esperando que pasara el camión para llevársela. Ebrio de soledades reales y orfandades reiteradas: “Nosotros y los muertos caminamos/sobre tumbas fantasmas”. Este es un texto de Hilbig encontrado al azar y que he traducido de la versión al italiano de Anna Maria Curci:
en la tenebrosa sala de calderas a la luz
de lámparas cubiertas de hollín se sentaba de improviso
en la montaña de briquetas de carbón
un faisán verde
un espléndido payaso
verde y plateado el rojo anillo rojo al cuello
con el ojo fijo y el gran pico amarillo me miraba
con atención
así parecía más bello y majestuoso
que un paraguas surrealista sobre una máquina de coser
cómo se sentaba ahí valientemente extraviado
en su negra cumbre
no hubo conversación
me moví y se fue volando por la puerta abierta
no obstante, desde lejos el olor del sol el perfume
de su risa en colores dejó aquí en la noche
y yo descarté cada esfuerzo de ver la vida de manera mítica
y cuando la risa causal de mi cabeza
despedazada por la energía y el hielo desapareció en la noche
y descarté cada esfuerzo de ver la vida de modo mítico
y cuando la sonrisa casual de mi cabeza
despedazada por la energía y el hielo desapareció en la noche
dejé de creer en el eclipse
de la percepción de las tinieblas.
No es un poeta fácil Hilbig, como no lo es la mayoría de sus contemporáneos. Una minoría, sin embargo, se inclinó por la claridad de Bertolt Brecht o el norteamericano William Carlos Williams. La oscuridad, en su caso, es tensa y dramática. No lo sabemos pero intuimos que se trata de un canto trágico. Hilbig es el faisán, con el ojo fijo y su pico amarillo, valientemente extraviado sobre los pedazos de carbón de su vida de fogonero.
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