Diarios

Milan, martes 21 de octubre de 2025. Wolfgang Hilbig

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Otoño 2025

Ya ha pasado, así tan callando, un mes de este otoño 2025. En el trópico se trata de un mes más. Pero no es un mes cualquiera, porque los cielos comienzan a ser verdaderamente azules y en la luz se siente el dulzor de la verde clarita, que es como llaman los productores de caña a este período previo al trapiche. Parte de mi infancia son días en uno de estos ingenios azucareros en Bejuma, propiedad de un querido tío muerto precozmente. Sus aromas a melao todavía los guardo en la pituitaria húmeda de la infancia. Después el papelón, bueno para distinguir todo lo que toca, el producto más apreciado de la dulce tierra. Se consigue aquí, en Milán, un siniestro producto que lo venden con ese nombre y, en verdad, es dulce, pero eso es todo. Nada como el papelón de mis días de infancia iluminada en los campos de Bejuma. Alguna vez escribí un poema donde hablo de esta región, aunque no me refería al producto de la caña, sino a los limones del patio “sevillano” de mi tía Emilia. Bejuma tiene su sitio en la geografía del país de la infancia, el único que nadie me podrá arrebatar.

Wolfgang Hilbig

Wolfgang Hilbig (1941-2007), fiel a su condición de poeta maldito, no ha conocido la difusión de otros poetas de su generación. En castellano, sólo conozco la traducción de su novela Yo, aunque ninguno de sus libros de poesía. No obstante, es uno de los vates más representativos de la pesadilla de la Alemania Democrática, con su temida Stasis, y los no menos nublados años de la reunificación. Su existencia pareció estar animada por una vocación de marginalidad. Nació en Meuselwitz, en los confines orientales de Alemania, entre la ilustre Leipzig de Bach, y una de las sedes de la infame Buchenwald, de Himmler. Su, padre, soldado de la Wehrmacht, desapareció en el frente ruso en 1492, lo cual no era algo inédito, lo lamentable fue la reacción de la madre, quien se negó a aceptar la realidad y estuvo esperando su regreso durante toda la infancia y adolescencia de ese hijo único, protegido del desamparo afectivo, así fuera parcialmente, por sus abuelos. A los catorce años, abandonó los estudios para convertirse en obrero descalificado en el paraíso proletario de la Alemania comunista. En las pocas horas libres se dedicaría a leer, sin orden ni concierto, todo lo que caía en sus manos. A fines de los sesenta se inscribe en uno de los siniestros círculos de obreros-escritores, cuyos miembros dedicaban sus desvelos a exaltar las mentidas glorias del socialismo real. En 1970 regresa a casa de sus abuelos en Meuselwitz, donde consigue empleo como fogonero. Nueve años después, ya distanciado de la asfixiante ortodoxia staliniana, prepara una antología de poemas escritos entre 1965 y 1977 que, para su sorpresa, es publicada por la importante editorial Fischer. En 1985 se traslada al Oeste, donde no se siente mejor y profundiza su dependencia del alcohol. Ni con el éxito de su obra, reiteradamente reconocida (Ingeborg Banchmann Prize, George Büchner Prize, Peter Huchel Prize), pudo tapar aquel hueco en su psique profunda producido por el fantasma de su padre y la vida huérfana de esposo de su no menos fantasmal madre. Murió, alcoholizado, en Berlín en 2007, a los sesenta y seis. Escribió prosa novelas y libros de relatos, y poesía. De este sector de su obra son estos textos traducidos del alemán con la consulta a las versiones francesa e inglesa. Su dicción no tiene la exquisita sintaxis de Bachmann ni la precisión de Günther Eich. Tal vez se sentiría más cómodo en compañía de Günther Grass, Bertolt Brecht o el austríaco Thomas Bernhard.

Berlin. Sublunar

El tiempo ha regresado a Berlín

y los especuladores desfilan por Oranienburger Strasse

apuntando hacia el cielo en la medianoche:

el tiempo ha regresado del exilio.

Toda la ciudad enlazada por una magia de plata,

luna llena que rueda: somos marionetas de su luz.

Las irrealidades con su brillo nos rodean.

Nosotros y los muertos

caminamos sobre tumbas fantasmas,

una vez más nos hemos concedido la inmortalidad.

Ah este polvo resplandeciendo en medio de las inversiones en ruinas.

y este abril tan breve antes del tercer milenio.

No seguiremos contando

las verdes aguas de las viejas casas lentamente se calcinan.

Hojas y sombras

Nada de lo que comienzas puede ser nuevo

porque lo que tienes hace tiempo te lo dieron y lo sacrificas:

como con el amor del cual no tengo conocimiento:

hojas rojas, como árboles de playa, se extienden

sin medida por un camino antaño recorrido

sin dirección conocida y que aún ignoro,

como desconozco el niño frente a mí comiendo fuera de la sombra

y nada sé del sol que abraza su follaje dorado rojizo,

y ya no entiendo nada del otoño

que se mueve a mis espaldas y del que fui su sombra,

siempre retirando sombras nuevas de incontables otoños.

Quieto

Distante acopio de pálidos pensamientos

que se sostienen en silencio,

por viejos bordes protegidos

en la nieve sin límites

acosados por el tiempo

y el viento

que se niega a mostrar sus oscuros orígenes.

Copos de nieve ardiendo vuelan a través

de la lámpara que se balancea,

y todavía las huellas nos guían sin extraviarse por el hielo,

ningún recuerdo se desplaza por el sombrío blanco.

Fue la última nieve del año pasado

con un alarde de caos a su alrededor,

nada y no era yo en el blanco círculo.

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