
Nadie sabía que dentro de unas pocas horas habría un accidente fatal en la línea del ferrocarril en la que muy pronto iba a viajar, y nadie lo podía saber sencillamente porque todavía no había sucedido. Tenía en mis manos Il Corriere della Sera, que generalmente está bien informado, y me senté en un banco de la estación a esperar que llegara mi tren. Inmediatamente comenzó a llover: primero una llovizna fina, después más intensa y finalmente un aguacero de esos que oscurecen el cielo. Escogí un asiento para poder observar el tráfico en las vías, pero resultaba imposible ver ni siquiera a unos metros de distancia.
Llegó el tren de Venecia. Se bajaron apresurados los pocos pasajeros que visitan Padua, entre ellos: una niña con su muñeca, tomada del brazo de quien parecía ser su madre; un señor que arrastraba una maleta muy grande con dificultad, hasta que apareció un hombre que por su uniforme y por su gestualidad era, evidentemente, su chófer. Varias personas más bajaron; no me fijé en todas porque mi mirada oscilaba entre el periódico y los visitantes.
A los pocos minutos se me acercó una gitana y me ofreció leer mi futuro por solo diez euros. Esta parte de la historia es evidentemente falsa porque en esa época el euro como moneda no existía, pero no vamos a detenernos en detalles menores. Temeroso de que la gitana me maldijera y que tuviera un mal viaje, o un mal día, o quién sabe qué ristra de males me acosarían por no sé cuánto tiempo, le dije que sí, extendí mi mano y le permití ejercer su oficio. Ella se dio cuenta, al mirarme a los ojos, de mi absoluto escepticismo. De hecho, detectó un cierto sentido del humor que me hacía aceptar su oferta, pero no le importó. Al fin y al cabo, su negocio es decirnos lo que va a suceder y cobrar su dinero.
Me dijo con una gran seriedad y con un rostro un poco triste: “Su viaje será largo, muy largo, mucho más de lo que usted imagina. El próximo tren no lo llevará, como usted espera, a Milán, sino a un destino muy remoto del que no me atrevo a hablar”. La verdad es que me sorprendió la seriedad o, digámoslo de alguna manera, el profesionalismo con que dictaminó mi futuro cercano, y le pagué con gusto. Quise retomar la lectura de Il Corriere, pero me distrajo el hecho de que la gitana comenzó a ofrecerle una mirada a su futuro a todas las personas presentes en la estación, que por cierto no eran muchas: un par de jóvenes, un señor mayor, lo que parecía ser un abuelo con sus nietos, un militar en uniforme, una señora con un cochecito de bebé y yo.
Cuando me puse de pie para sacar la cigarrera del bolsillo, se me cayó la cartera y una niña que estaba esperando el tren con su madre la recogió y me la entregó. Curiosa como son los niños, no pudo evitar leer mi nombre y me dijo: “Usted se llama como uno de los poetas que yo más admiro”. Me causó una gran curiosidad que una criatura tan pequeña admirara a poetas y que supiera sus nombres. En cualquier caso, le pregunté: “¿Cómo se llama ese poeta?”. Y me respondió: “Eugenio Montale”. Se sentó a mi lado y se puso a leer Ossi di seppia.
Se trataba de una niña muy inteligente y, como se sabe, este tipo de infantes suelen ser muy parlanchines. Inmediatamente me comentó su interpretación general del poemario y me preguntó si yo lo había leído; le dije que sí, que lo había leído muchas veces, y a continuación le interrogué: “¿Qué crees que quieren decir todos esos poemas?”. Me sorprendieron la lucidez, la claridad y la agudeza con la que describía lo que ella sentía era el significado de cada poema. En realidad no estaba en lo cierto, pero tampoco estaba muy lejos, y me sentí muy feliz de que hubiera gente como ella, capaz de tomarse la poesía en serio y de meditar sobre las líneas que un extraño escribió hace muchas décadas.
Le pregunté cómo se llamaba, me dijo su nombre. A la hora exacta, un par de minutos más tarde quizás, llegó nuestro tren. Estaba vacío. Nos montamos en él lentamente mientras el conductor entregaba unos papeles a un oficial de la estación y alguien le traía un refresco y unos alimentos.
Después de unos brevísimos minutos, arrancamos a toda velocidad. La lluvia, que se había detenido por un momento como para dejarnos subir tranquilos al vagón, comenzó a arreciar, lo cual no le produjo a nadie, que yo sepa, ninguna inquietud, ya que los trenes de hoy son inmunes a este tipo de fenómenos atmosféricos. Lo que sucedió después es muy difícil de narrar. Como a la media hora, escuchamos gritos confusos. Vi por la ventanilla unos cascos de bomberos, gente tratando de abrir la puerta del tren, de rescatarnos probablemente. Y, sin duda, había sucedido algo grave porque, de lo contrario, no estaríamos escuchando helicópteros sobrevolando nuestro vagón. Para nuestro asombro, el tren arrancó nuevamente, esta vez a una velocidad mayor. Poco a poco se internaba en una zona muy oscura, una región totalmente silenciosa y fría, y creo que todos atribuimos esta imagen climática a la tormenta.
La niña seguía leyendo mi poemario y de alguna manera sentí que no tenía derecho a evitar el engaño del que era objeto y decirle: “Sí, niña, yo soy ese poeta que tanto admiras, el que escribió esos versos que lees en este momento. Si supieras cuán cerca estás de la verdad en tu interpretación...”. Pero no tengo derecho de arruinar su fantasía, su viaje de descubrimiento, el trabajo de interpretación que hace todo lector de un texto que ha escrito otro. Traté de repetir en voz baja uno de los poemas, el que más me gustaba, pero se me hacía difícil. Comencé diciendo en mi mente: “Los ángeles se confunden” e inmediatamente me dije: “No, no, no, ese es Rilke. Trata de recordar”. Pero el tren aumentaba su velocidad y todos empezamos a sentir una sensación de vértigo. Y mientras más rápido iba, más difícil era recordar no ya mis propios poemas, sino incluso mi nombre. Me decía a mí mismo: “Eugenio, Eulalio, es con eu, es un prefijo griego...”, hasta que ya no pude seguir pensando.
NB: Eugenio Montale falleció el 12 de septiembre de 1981 en la clínica “Pio XI” de Milán, tras haber sido hospitalizado por problemas respiratorios y circulatorios. Tenía 84 años.
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