

“Matisse y el Mediterráneo” es el nombre de la estupenda muestra que el museo en Niza, que lleva su nombre, ha venido presentando en los dos últimos meses. Ningún otro artista contemporáneo ha rendido culto al mare nostrum como este maestro nacido a miles de kilómetros de sus orillas. A este paisaje dedicó buena parte de su producción y al azul inconfundible de ese lar ha estado asociado con Matisse desde sus primeros años. No se trata de un azul metafísico como el de Klein o gratamente decorativo como el de Chagall o el denso y matérico azul de Cezanne. El de Matisse es un azul existencial, no meramente una percepción retiniana. No es un clásico pintor de paisajes marinos. Courbet lo fue una vez. O Monet lo fue cuando trabajaba al lado de Boudin. O Sorolla en sus épicas telas. Matisse no pinta el mar sino la experiencia del mar. No se trata solamente de un techo tranquilo donde caminan las palomas. El suyo es una de esas experiencias límites de las que hablaba Jaspers y que entendía como el origen del pensamiento filosófico. El mar de Matisse es el propio ser (das Sein) del que se ocupó Heidegger. No pinta el mar que está afuera, el que se ve, sino el que está dentro de él y de sus personajes. También Picasso tuvo su Mediterráneo, pero el suyo es, como todo lo que produjo, el más dionisíaco. El de Matisse es la más expresión de lo apolíneo. A pocos metros del museo, la espléndida arquitectura del antiguo hotel Excelsior Regina, construido a principio del siglo XX pensando en las temporadas de la reina Victoria, de allí el nombre. En 1935 el establecimiento cerró y sus cuatrocientas habitaciones fueron reducidas a noventa y cuatro apartamentos. En uno de ellos, el 3 de noviembre de 1954 moría el único artista, desde los griegos, que supo entender el Mediterráneo en su esencia. Es decir, como aletheia, reflejo de nuestro olvidado Ser.

No más de dos meses de 1946 fijó Picasso su residencia en el medioeval Castillo Grimaldi de Antibes. Había sido invitado por el fundador de lo que sería una década más tarde, el primer museo dedicado al artista. Aunque no especialmente inspirado, de acuerdo con su propia declaración, en ese momento, el español realizó docenas de pinturas, y dibujos que dejaría como donación al Grimaldi. Un año más tarde, para la inauguración de la sala permanente “Pablo Picasso”, en el Museo Grimaldi, su director Dor de la Souchère, apasionado de Homero, le comisionó al artista la elaboración de un cuadro sobre uno de tres temas seleccionados de la mitilogía griega: “Circe, la maga, convirtiendo en cerdos a los compañeros de Ulises”, “La leyenda de Polifemo” y “Teseo acariciando al minotauro antes de atarlo”. Picasso optó por una escogencia propia, “Ulises y las sirenas”. El resultado fue una pintura de gran formato en el cual las implicaciones autobiográficas son claras. Aparece el héroe homérico en el centro de la agitada composición, amarrado al mástil, mientras los rostros de dos sordos marineros contemplan asombrados el episodio. La violencia es la verdadera protagonista. El rostro de Ulises absorto y atraído por el canto de las sirenas empeñadas en arrastrarlo a su propia destrucción. Confundido por la rara belleza del canto, detrás del cual se hubiese ido probablemente de nos ser por las cadenas que lo ataban al palo mayor. Las sirenas, no menos confundidas e indignadas, algunas han optado por el suicidio, mientras otras insisten en quebrar la voluntad del extranjero. Picasso pintó el cuadro en Antibes, un año después de su primera estadía. A sus sesenta y seis años, el artista conocía demasiado bien la experiencia del personaje de Homero. Muchas veces había escuchado esas voces y, con ingenio parecido al del griego, había salido ileso. No se podría decir lo mismo de las sirenas que a lo largo de los años trataron de apoderarse de su voluntad. Cuando escogió ese episodio ante los temas propuestos quería ponerse, como siempre, como principal protagonista.

Que la británica Barbara Hepworth fue una de las escultoras más destacadas del siglo XX debería ser una convicción planetaria. En cambio, mucho me temo, no es así. Su producción es menos conocida que la de Miró, por ejemplo, y su prestigio no se compara al de su compatriota Henry Moore. Sin embargo, su reconocimiento ha sido compartido por los mejores críticos y conocedores. Fue la seleccionada, en 1961, por el Secretario General de ONU, Dag Hamarskjöld, para elaborar la escultura destinada a la plaza de la sede de la institución en Nueva York. Un espléndido bronce de más de tres metros de altura que expresa el espíritu de concordia y armonía de la carta fundadora. Este año 2025 los espacios impecables de la Fundación Maeght son el escenario de la más reciente retrospectiva dedicada a Hepworth. Una estupenda muestra que, de la manera más inteligente, presenta una meticulosa selección de la darwiniana evolución de una obra que siempre estuvo marcada por la coherencia y el racionalismo. Son atributos que comparte con otro gran escultor contemporáneo.

Me refiero al venezolano Harry Abend, quien, durante su larga permanencia en Inglaterra, conoció y trato a la Hepworth. Con la inglesa lo vinculan otras aspiraciones. Ambos estuvieron convencidos de las posibilidades de la abstracción en el trabajo escultórico. Así como de la necesidad de explorar las infinitas posibilidades de los materiales nobles. O de la capacidad de la escultura para adaptarse a las exigencias de las obras públicas, como el teatro Teresa Carreño en el caso del venezolano. Pero, sobre todo, siento que la afinidad más seria y estimulante es la confianza de Barbara y Harry en las posibilidades del arte tridimensional para expresar lo que Kandinsky llamaba lo espiritual en el arte. En el caso de la inglesa su convicción de que cada escultura debía ser emanación de sus convicciones protestantes. Para el nuestro, su escultura no es independiente de su ancestral tradición en el culto judío. La universalidad de la obra de la Hepworth, nativa de York y residenciada en Wessex, lejos del Mediterráneo azul, se integra, como las piezas de Giacometti, al paisaje urbanístico de la sede de la Fundación Maeght en el corazón de Provenza. Su cielo protector celebra tanta belleza como el cielo de Caracas se regocija ante la obra del maestro Harry Abend.
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