
Aparte de Caravaggio y Coleridge fueron muchos los notables visitantes de Malta desde la Antigüedad. Sin embargo, tal vez ninguno más ilustre que Saulo de Tarso, conocido por el mundo como San Pablo. A Roma iba el predicador cuando su barca, embestida por furiosos vientos del suroeste fue dar en una costa abrupta y naufragó entre los riscos de una isla desconocida. Eran doscientos los pasajeros aparte de los tripulantes que incluía un centurión. Los nativos fueron generosamente hospitalarios, una actitud que será tomada en cuenta siglos después cuando los caballeros cruzados funden la influyente Orden Hospitalaria de San Juan, más conocida como Orden de Malta. Pablo, que por su carisma se distinguía entre los náufragos, levantó infundadas sospechas entre los nativos que lo encontraban como provocador sería la ira de los dioses que los habían castigado con el hundimiento de la nave. Una opinión que cambiaría cuando, alrededor de la fogata con la que había acogido a los involuntarios visitantes, una serpiente atacó la mano de Pablo. Al ver al reptil colgado de su mano exclamaron: “Este hombre es seguramente un asesino; ha escapado de la mar, pero la justicia divina no le deja vivir.” Una percepción que cambiaría cuando observaron cómo el animal no atacaba al recién llegado quien lo lanzó tranquilamente al fuego y decían y que se trataba de un dios. En ese entonces la isla, o más bien el archipiélago, era propiedad de un noble conocido como Publio. Sucedía que su padre estaba gravemente enfermo y Pablo lo curó milagrosamente posando sus manos sobre el vientre adolorido del anciano quien se levantaría del lecho agradecido. Publio no pasaría a la historia de no haber sido convertido al cristianismo por el de Tarso, transformándose en el Obispo del primer país cristiano de Occidente. Hacia el final de su vida fue martirizado convirtiéndose en el conocido San Publio. La religiosidad de Malta, que hoy en día es de un entusiasmo admirable, está marcada por la involuntaria visita de San Pablo. Del siglo XI es la Orden Hospitalaria a la cual, en parte, por su militancia y estratégica sede, la cultura occidental se expresa en lenguas romances y no en alguna variante del árabe. Tres meses duró la visita de Pablo, quien seguiría su camino, como prisionero pendiente de juicio, a Roma. En 65AD sería condenado a muerte, salvándose de la humillante crucifixión por su ciudadanía romana. Más digna la decapitación a la que fue sometido en algún lugar en las afueras de Roma, en Via Ostiense, donde Constantino hizo construir una formidable basílica que sería destruida por el fuego. En su lugar, en 1823, se levantó una mediocre construcción indigna de una visita sino fuera por el santo lugar. De sus últimos tiempos en la Urbe se habla en el capítulo 28 de los Hechos de los Apóstoles.
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