Diarios

Milan, martes 17 de febrero de 2026. Miguel Ángel & Tomasso

News Main Image

Milan, martes 17 de febrero de 2026. Ulises y Calipso

Muchas son las muertes que se conocen de Ulises. Desde la canónica que le predijo Tiresia, “une mort très douce”, anciano y rodeado de seres queridos, hasta el gélido fin que le deparó, en la Antártida, Nikos Kazantzakis en su formidable Odisea. Uno de los fines menos conocidos del héroe es el que le ingenió el preterido vate italiano, Givanni Pascoli en la sección XXIV de su formidable El último viaje. Aquí, mi nueva traducción en prosa de unos versos del original italiano que, en su versión íntegra, incluí en el diario de hace unos años:

Yacía en tierra, fuera del mar, al pie de la cueva, un hombre que mecía la última ola. La blanca cabeza había reconocido el lugar, y sobre ella colgaban de un sarmiento generosos racimos de uvas. Era Ulises que la mar regresaba a su diosa: lo regresaba muerto a la solitaria que todo lo escondía, a la isla desierta que florecía en el ombligo de la mar infinita. Desnudo se presentaba el que bañó con llanto el hábito que la diosa le había procurado. Blanco y tembloroso incluso en la muerte, el que había rechazado la juventud eterna. Y ella envuelve al hombre en la nube de sus cabellos. Y aulló sobre la ola estéril donde nadie la escuchaba. “!No ser, no ser! Más que nada, pero menos que muerta, ¡no ser nunca más!!

La “diosa” es, por supuesto, Calipso, en cuya morada marinera, en la ventosa isla de Pantelleria, Ulises permaneció siete años, probablemente tantos como los que había vivido con Penélope antes de la guerra de Troya. Algunos detalles del texto (el llanto, el vestido que otorgaba la juventud eterna) fueron tomados del recuento del mismo Ulises a los feacios en Odisea VII. Lo inesperado y nuevo (a más nadie se le había ocurrido) es el regreso, otro nosto, en busca de Calipso. ¿Cuál era el objetivo del viaje? ¿Recuperar el hábito que lo haría inmortal? ¿O revivir la vieja llama que la ausencia había reanimado? Como quiera que sea es una muerte digna del héroe, enigmática, en solitario, misteriosa, aventurada, en busca del conocimiento supremo, Ex alos (del mar), como le había profetizado Tiresias.

Milan, miércoles 18 de febrero de 2026. Miguel Ángel & Tomasso

Me encuentra esta fecha tan significativa, Miércoles de Ceniza, en la tradición cristiana leyendo un ensayo sobre Tomasso de’ Cavalieri y Miguel Ángel Buonarroti. No es la primera que me detengo este asunto. Una vez lo comenté en mi extraviado estudio sobre “La melancolía y la poesía de Miguel Ángel”. Cavalieri es conocido por los admiradores del maestro florentino por haber servido como modelo a uno de los dibujos más inquietantes de su producción. Se trata de una versión del mito de Ganímedes en términos autobiográficos. Ganímedes era un adolescente troyano de origen noble y rara belleza. Tanta que, en uno de sus pocos episodios conocidos de homosexualidad, Zeus, convertido en águila, lo raptó y lo llevó con él al Olimpo, donde desplazaría a la belle Hebe como su copero. En el dibujo, de un exacerbado erotismo, Cavalieri parece desnudo, mientras una imponente águila parece estarle haciendo el amor en pleno vuelo. Aunque era un regalo del artista, el dibujo fue el comentario de toda Roma, llegando el Papa a solicitarlo en préstamo para hacer una copia. Miguel Ángel había conocido a Tomasso en Roma en1532, a sus cincuenta y siete años y a los veinte de Cavallieri. Poco después el joven patricio romano se convirtió en protagonista de la poesía amorosa del autor del Juicio Final. Son treinta poemas que, a pesar de sus resonancias petrarquistas, se trata de una de las mejores líricas eróticas de su tiempo en cualquier idioma. Esta es uno de ellos.

Encantado por todo lo que a los ojos es grato,

pero hambriento por más dignas alegrías,

no puede mi alma encontrar escalones

para llegar al cielo que no sea la amorosa tierra.

De las estrellas desciende

una luz gloriosa que leva nuestro anhelo

a las alturas y lleva el nombre de amor.

Y nada puede animar un corazón gentil

que la belleza y brillo de sus ojos.

Milan, jueves 19 de febrero de 2026. Vanitas

No me atrevo a decir que deprimido, pero sí desanimado ante la tarea de seleccionar seiscientas páginas de las más de mil ochocientas que se incluyen en mis diarios literarios 2020-2025 para su eventual publicación. A ratos me siento como enterrador de mí mismo, al asegurarle el olvido a tantas horas de trabajo. Ahora hago lo propio con el Diario 2024. De una primera selección, de un total de más de trescientas páginas, he dejado ciento cincuenta y cinco. Las cuales, con mucho dolor, debo reducir a la mitad. Escritas como entradas para mi diario forman parte de una vida. ¿Qué día de mi existencia debo recordar y cuál no? ¿Qué lectura? ¿Cuál traducción? Y si no valen la pena, ¿para qué las escribí y publiqué en una página digital? No estoy deprimido, pero todo parece confabularse para que lo esté. Me consuelo pensando que es un justificado castigo a la vanidad del escritor.

Milan, viernes 20 de febrero de 2026. Epicuro en Milan

Espléndida jornada, con su dulce luz alpina revelando el azul cristalino del cielo invernal. Una mañana con la música de una “Gymnopedie”. Aunque sea para agradecer experiencias como estas debería Dios existir para darle las gracias. Es un tiempo adecuado para volver a Epicuro, del cual nunca me he alejado demasiado y que ha sido actualizado por poetas como Milo de Angelis con su traducción al italiano del gran poema de Lucrecio, fuente principal, con Diógenes Laercio, de lo que sabemos sobre el gran maestro del pensamiento y la vida, cuyas obras han sido destruidas por dos mil años de indiferencia y cristianismo. Lo releo en la cuidada edición que la profesora Nicoleta Rusello ha hecho de las Carta sobre la felicidad (Lettera sulla felicità). El revelador texto ha sido la fuente del malentendido sobre la doctrina epicúrea. Cuyos principios se basan en el llamado “tetrafármaco”, los cuatro remedios que liberan al hombre del miedo y la infelicidad. Resumidos por la profesora Rusello de esta manera: No se debe temer a los dioses, porque en su divinidad no intervienen en los asuntos humanos. No se debe, tampoco, tener miedo a la muerte, ya que cuando se presente dejaremos de existir. No se deben considerar bueno todos los placeres, pues de ellos es posible que se derive el aburrimiento o el dolor. Y, por último, no es prudente huir de todos los dolores porque a algunos puede seguir el placer. En su aparente sencillez, se trata de un pensamiento que sería considerado ferozmente anti-cristiano por los padres de la iglesia. Y Lucrecio, su más brillante discípulo, de manera reiterada expresó convicciones emanadas de Epicuro, que cuestionan todo culto basado en la inmortalidad del alma. En el  Libro III de La naturaleza de las cosas, y escribió: “… con tanta mayor razón hay que negar que el alma pueda durar o engendrarse fuera por completo de cuerpo; en consecuencia, cuando el cuerpo muere, tienes por fuerza que admitir que el alma perece desgarrada en el cuerpo entero”. Antes, en el mismo Libro III, Lucrecio había cantado las glorias de Epicuro en un inspirado Himno:

Oh, tú que entre tan grandes tinieblas fuiste el primero en alzar

luz tan clara para iluminar las ventanas de la vida, te sigo,

oh gala de la raza griega, sobre tus huellas hundo ahora mi pie,

no tanto por el afán de rivalizar, sino antes bien por el cariño

con que quisiera imitarte. ¿Cómo puede rivalizar con el cisne

la humilde golondrina? ¿En su carrera el cabritillo

de temblorosa patas con el caballo impetuoso? Tú, padre,

has descubierto la realidad, tu nos ordenas, y en tus escritos,

tal como las abejas sorben de todo en los sotos floridos,

de todos tus dichos nosotros igualmente nos sustentamos,

pues tales pensamientos merecen vivir eternamente.

Milan, sábado 21 de febrero de 2026. Epicuro en Milan (2)

Como tantos otros, Hegel criticó a Epicuro la sencillez de su sistema filosófico. No puede ser de otra manera una doctrina que considere que las sensaciones son la fuente de todo conocimiento. Y no sólo, sino que la expresión de estas ideas le parecía llana y simple. Viniendo de Hegel quien, con su fascinante y oscura Fenomenología del espíritu nos dejó la tarea nada fácil de entenderlo, es lo más natural. En efecto, la aspiración democrática de Epicuro (el único que en su escuela aceptaba mujeres) es uno de los fundamentos de su enseñanza. El otro es el de revelar a sus lectores el método (el camino) para alcanzar la felicidad. Y es así como se conoce su texto más difundido, “Carta sobre la felicidad”, que es como se ha conocido su “Carta a Meneceo”. De la versión al italiano de la prof. Nicoletta Rusello son estos fragmentos, síntesis del pensamiento epicúreo:

El que afirma que no le ha llegado aún la edad de filosofar o que ya le pasó, es como el

que dice que todavía no es, o ya pasó, la edad para ser feliz. De manera que deben

filosofar tanto el joven como el viejo, este para que al envejecer permanezca joven

con el recuerdo de los bienes pasados; aquel para que sea a un tiempo joven y viejo,

por la falta de miedo ante el futuro; es necesario por lo tanto practicar lo que procura

la felicidad, porque si la tenemos, lo tenemos todo, pero si falta haremos todo para tenerla.

Acostúmbrate a pensar que la muerte es nada para nosotros, porque todo bien y todo

mal radica en la posibilidad de sentirlo: pero la muerte es la pérdida de las sensaciones.

Por lo tanto, el conocimiento correcto de que la muerte para nosotros es nada hace

más agradable que la vida sea mortal, no porque la prolongue un tiempo indefinido,

sino porque la libra del deseo de inmortalidad. No hay nada de temible en la vida

para quien tiene la profunda convicción de que tampoco hay nada de temible en el

no vivir.

De modo que es necio el que dice que teme la muerte no porque cuando se

presente le causará dolor, sino por el dolor que le causa esperarla… Por lo tanto,

el mal que más nos aterra, la muerte, es nada para nosotros, porque cuando estamos

no está la muerte, y cuando está la muerte nosotros ya no somos… Pero la gente,

o huye de la muerte, como el más grande de los males, o la busca como el fin de los

males de la vida.

El sabio por el contrario no rechaza la vida ni teme la ausencia de vida:

porque no se opone a la vida ni considera un mal no seguir con vida. Y así como busca

no la comida más abundante, sino la más agradable, del mismo modo disfruta

no el tiempo más largo sino el más grato.

Compartir en:
Suscríbete a Nuestra Newsletter

No te pierdas ninguno de nuestros artículos

Suscríbete para recibir una notificación por correo electrónico cuando publiquemos un artículo.

Thank you! Your submission has been received!
Oops! Something went wrong while submitting the form.
Mobile