

Mientras escucho “Claro de luna”, el “Nocturno” de Debussy, que considero una música apropiada por su elegancia y poesía, me entero de la muerte de Robert Wilson. Por un segundo, sentí que me dolió el corazón, “my heart aches”, como diría John Keats. No es que haya sido mi amigo, pero varias veces he escrito sobre él en estos cuadernos. La última vez, fue a propósito de la exposición de Andrea Solaris en el Museo Poldi Pezzoli de esta ciudad que visitaría con un par de amables compatriotas, y que incluía dos piezas de Wilson, dos versiones para video de la decapitación de San Juan del Solaris Y antes de comenzar a escribir estos diarios con regularidad, hace exactamente treinta años, ya me había ocupado de él en mi revista Milenio, donde publiqué una brillante reseña de la reedición del montaje original de Einstein in the Beach en Brooklyn , en 1993, escrita por el crítico venezolano LuisJosé García. Desde este entonces había seguido, por desgracia desde lejos, con atención todo lo que hacía. Hasta que un día lo tuve a la mano, no a él sino ala que tal vez haya sido la menos difundida de sus actividades, que era la de artista plástico reconocido en la Bienal de Venecia. La oportunidad se presentó aquí, en esta Lombardía, cuya capital, sede de la legendaria Scala, no era ajena a sus itinerarios. No obstante, sería en Varese, la aristocrática ciudad refugio de príncipes y magnates al norte de Milán, donde se produciría el encuentro. Se trató de una muestra de una serie importantes de sus retratos en“slow motion”, aparte de otros montajes donde se incluía la expresión más clara del alma de poeta de Wilson. Es (se trata de una instalación permanente) una pequeña cabaña, al estilo de Nueva Inglaterra, levantada en los jardines de la exquisita Villa Panza en Varese, sede de la Fundación del mismo nombre. A medida que uno se acerca a la construcción, toda de blanca madera, se escucha una voz que recita unos versos que sólo después de mucho logramos identificar por aquello de “With all their eyes the animals look at the open”, la inolvidable línea de una de las elegías (tal vez la octava) de Rilke. Al asomarnos por una de las ventanas, vemos sólo una mesa con una mano alzada, el libro de Elegías de Rilke y la voz, que es la del mismo Wilson, recitando el poema. Entre otras cosas, impresiona la milagrosa síntesis de un poema escrito en las brumas de un lago suizo, cobijado en una vivienda norteamericana, en medio de los bosques luminosos de un verano lombardo. Rilke habría estado tan feliz, como estoy yo de triste, ante la noticia de la muerte de Bob Wilson, como lo llamábamos sus amigos invisibles.

“La ventana”, el poema que reproduzco aquí en una traducción del inglés y el italiano, fue incluido en el último libro de Farrojzad, Creamos en el comienzo de la helada estación, publicado un año después de su muerte en un estúpido accidente automovilístico. Se puede leer como un compendio de sus obsesiones. La soledad, el mundo ahí, el diálogo no siempre fácil con la naturaleza, la condición humana a través de la mirada de una mujer que no quiere ser igualada, nivelada. El canto de la feminidad en busca del arraigo amoroso, del diálogo intenso, de la caricia que quema y alivia. La suya es la voz de lo eterno femenino en tiempos de indigencia. Del neo-romanticismo de sus primeros trabajos a la reflexión esencial de los últimos, cantos de una precoz madurez. Una poesía hondamente existencial, cantada por una joven iraniana de 32 años. Lasuya es una de las grandes poesías “femeninas” (escritas por una mujer, quiero decir) de todo el siglo XX.
Una ventana para ver
Una ventana para sentir.
Una ventana que como la boca de un pozo
extiende su profundidad hasta el corazón de la tierra
y se abría hacia la vastedad de esta gracia azul y continua.
Una ventana que llena las pequeñas manos de la soledad
con el donocturno del aroma de generosas estrellas.
Desde allí uno puede invitar al sol
a los apartados geranios.
Una ventana es suficiente.
Vengo del país de las muñecas,
debajo de la sombra de los árboles de papel
en el jardín de un libro ilustrado
de las estaciones secas de los áridos encuentros
con la amistad y el amor
en las polvorientas calles de la inocencia,
de los años de aprendizaje en las pálidas letras del alfabeto
detrás de los pupitres de una escuela malsana
cuando los niños aprendieron a escribir la palabra piedra en la pizarra
y los mirlos confundidos volaron de los viejos árboles.
Vengo de las raíces profundas de plantas carnívoras
y mi mente todavía tiembla con el terrible grito de una mariposa
que crucificaron en un cuaderno con un alfiler.
Cuando mi fe estaba amarrada por las frágiles cuerdas de la justicia
y en toda la ciudad despedazaban el corazón de mis lámparas.
Cuando velaron con el negro pañuelo de la ley
los ojos infantiles de mi deseo
y de las sienes ansiosas de mi esperanza
brotaban fuentes de sangre,
cuando mi vida y a no es nada,
nada, sino el tic-toc de un reloj
entendí que debía amar,
amar con locura.
Una ventana es suficiente,
una ventana en el momento del despertar, de la mirada y el silencio.
Ha crecido de tal manera el árbol de nueces
que explica a sus jóvenes hojas
el significado del muro.
Pregunta al espejo
si el nombre que habrá de salvarte,
no es más solitaria que la tierra
que se pudre debajo de tus pasos.
Los profetas han traído a nuestra época
un mensaje de destrucción.
Estas explosiones constantes seguirán
y la nube envenenada
¿son tal vez el eco de unos versos sagrados?
Oh, amigo, oh hermano, oh compañero
cuando lleguen a la luna
anota la fecha de la matanza de las flores.
Los sueños son siempre lanzados
de las alturas de su crueldad y mueren,
huelo un trébol de cuatro hojas
que ha crecidos obre la tumba …….. (de agotados sentidos)
¿Acaso mi juventud no es esa una mujer convertida en arena
en el sudario de su pureza y esperanzas?
¿Volveré a ascender la escalera de mi curiosidad
para saludar al buen Dios que camina sobre el techo de la casa?
Siento que el tiempo ha pasado,
que es un instante mi puesto en el calendario,
siento que la mesa es un lugar falso
entre mi cabello y las manos
de este triste desconocido.
Habla, habla conmigo,
tal vez exista alguien que te conceda su tibio cuerpo,
que más quiere de ti que no sea la sensación de estar vivos.
Habla, háblame,
en el refugio de mi ventana
mantengo mi amistad con el sol.
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