
Aunque fue uno de los poetas preferidos por la izquierda de los años cincuenta y sesenta, o por lo mismo, Yannis Ritsos no se encontraba en la lista de lecturas recomendadas por los poetas de la generación anterior a la mía, en aquella Valencia venezolana de mediados de los sesenta del siglo XX. Si había que leer a un poeta griego contemporáneo el escogido era Giorgo Seferis, contemporáneo de Ritsos, consentido de T.S. Eliot y Premio Nobel de Literatura en 1963. Cavafis no había sido ampliamente traducido al castellano, y menos Odysseus Elitys, otro protagonista del renacimiento de la poesía griega durante la segunda post-guerra. Seferis, en cambio, tenía varios libros en castellano y era unánimemente admirado. Era el más grande de todos de acuerdo a los criterios de la modernidad. Que, entre otros, animaba la consideración del hermetismo, la oscuridad, como una marca de excelencia. Una poesía súper culta que exigía un lector preparado y familiarizado con los grandes nombres y asuntos de la cultura occidental. Atributo que Seferis administraba con lucidez y que lo convertían en una lectura obligatoria en la formación de cualquier poeta joven de aquellos años. Ritsos era casi prescindible, no se perdía nada ignorándolo. Demasiado directo y politizado, sin misterio ni encanto. Así las cosas, hasta comienzos del XXI. En los últimos años las ediciones de su obra han proliferado en todos los idiomas. En España, Pre-textos publicó en un volumen dos de sus libros más significativos. No obstante, ha sido la editorial Acantilado la que se ha ocupado de manera más sistemática de publicar parte de la obra de este prolífico vate que, entre diarios, ensayos, fragmentos y poesía, escribió más de cien títulos. A Acantilado le debemos la edición de una serie de monólogos que protagonizan las criaturas del mito clásico griego. Su mejor aporte al reiterado intento de fundar la tradición con la modernidad, como reconoció el distinguido especialista Peter Green: “Estos monólogos sobre Electra o Agamenón o Helena, entrelazaron la Edad de Bronce con el mundo del propio Ritsos en un continum sin tiempo”. Este el tono de esos soliloquios. Aquí unas líneas de “Agamenón” en la cuidada, y bilingüe, edición de Acantilado:
El guerrero y su mujer (Agamenón y Clitemnestra) entran en el salón donde, sobre
la mesa, está servido el desayuno. Él se quita el uniforme militar. Pone encima de la
consola, frente al espejo, su casco grande con cola de caballo, y es como si dos cascos
metálicos, vacíos y deformados se hicieran compañía. Se recuesta en un kline.
Cierra los ojos. Afuera siguen las aclamaciones de la multitud y los gritos de la
mujer extranjera. Se tapa los oídos con las manos. Su esposa, bella, severa, imponente,
Se inclina con una humildad que no casa con su apariencia, y le desata las sandalias.
La “mujer extranjera, es Casandra, por supuesto. Y el resto de la historia la conocemos por la primera parte de la Orestíada de Esquilo.
Vuelvo a Ritsos en estos días de fría primavera, después de descubrir una reseña de Andre Naffis-Sahely publicada en octubre de 2025. Naffis-Sahely (1985) es uno de los poetas más interesantes de su generación, profesor en Manchester y California, y notable crítico literario; y, desde hace poco, director de la influyente London Poetry El tema de su reseña me llamó la atención por lo inesperado. La dedicaba a Yannis Ritsos, y entre otras cosas decía: “Cavafis era el único verdadero rival que tenía Ritsos por la distinción de poeta griego más grande del siglo XX”. ¿Y Seferis? La poesía de Seferis sigue siendo la misma, pulida, intelectual, erudita y brillante. Es la sensibilidad del lector lo que ha cambiado. La impersonalidad que era una marca de su estilo, que fue el de buena parte del siglo XX, ha cedido el paso a su opuesto. Es decir, una poética en la cual lo confesional es su más conspicuo atributo. La confesión no admite oscuridades. El que la hace pretende que entiendan lo que tiene que confesar. De otro modo el acto carece de sentido. Nadie se confiesa para que no lo entiendan. El siglo XXI es un siglo confesional. Los nuevos poetas nos revelan momentos de su intimidad, ya no en el tono neurótico de los poetas norteamericanos (Snodgrass, Berryman, Lowell, Sexton, Plath), sino de la manera más natural, como el que canta una canción para divertirse y divertir a quienes la escuchan. E incluso cuando refiere asuntos de un conmovedor dramatismo, como los poetas recientes del Caribe afro-americano, la confesión está más interesada en enterar que en ser instrumento de una dudosa catarsis. La confesión es un atributo del siglo XXI. La sensibilidad colectiva es la que cantan los grandes poetas, incluso adelantándose a ella, que es el don de unos pocos. Ritsos es uno de ellos. Su poesía, escrita entre 1930 y 1960, es como la del siglo XXI, clara, demótica, política y confesional.
Al considerar la lírica griega del siglo XX desde mediados de la tercera década del XXI, algo parece seguro. Y es la permanencia de la poesía de Constantino Cavafis. De su grandeza no ha dudado nadie ni dentro ni fuera de Grecia. En sí mismo es una de las paradojas que ha marcado la cultura milenaria de ese país. En este caso, se trata de que el que posiblemente sea el más notable de los poetas griegos de los últimos cien años, no sea griego sino egipcio. En efecto, Constantino Cavafis, nació en Alejandría, Egipto, en 1863. Para complicar la historia, descendía de una familia griega de Constantinopla que se había marchado a Alejandría por asuntos de negocios. La historia tránsfuga del poeta se prolongaría durante siete años en Liverpool, adonde se había trasladado con su familia después de la muerte del padre. De regreso a Alejandría, tuvieron que volver durante tres años a Constantinopla por el clima de revuelta en Egipto. Después del regreso definitivo a la ciudad de Alejandro Magno, Cavafis se convertiría en un improbable funcionario público. En vida sólo publicó veintisiete páginas de poesías en ediciones privadas. Suficientes para convertirlo en una figura mítica de la mítica Alejandría. Su celebridad fue promovida por los ingleses quienes habían ocupado Egipto en la forma de un protectorado. Sería el crítico y conocido novelista E.M. Forster, el encargado de difundir la noticia de un gran poeta desconocido en el laberinto de la laberíntica Alejandría. Había conocido a Cavafis en 1917. A partir de esa fecha la poesía de Cavafis comenzó su difusión en Europa occidental. Giuseppe Ungaretti, nativo asimismo de Alejandría, lo conoció y frecuentó. En otras páginas de estos cuadernos reseñé y traduje los comentarios del italiano. No estoy seguro de que los poetas de Grecia continental lo hayan conocido. Me refiero a Seferis, Elitys y otros contemporáneos.
No creo que Yannis Ritsos haya conocido a Cavafis. Como en el caso de Seferis y Elytis, Ritsos era cuarenta años más joven, y Alejandría era un destino lejano. No obstante, siempre lo reconoció como un maestro y el mejor eslabón entre lo antiguo y lo moderno en la poesía griega. Como homenaje, Ritsos escribió sus “Doce poemas para Cavafis”, de los cuales he traducido el primero de ellos a partir de una versión al inglés.
El lugar del poeta
El escritorio de ébano labrado, los dos candelabros de plata,
su pipa roja. Con la luz de la ventana a su espalda, sentado en la poltrona
es casi invisible. Detrás de sus anteojos, demasiado grandes y serios,
observa la persona con quien habla escondiéndose detrás de las palabras
en plena claridad. La Historia, detrás de su propia máscara, invulnerable
y distante desviando la atención a los tenues reflejos del zafiro que lleva
en el dedo. Siempre receptivo, disfruta la expresión del momento
en tanto los torpes adolescentes humedecen sus labios con admiración.
Y él, astuto, ávido, carnal, el Gran Infalible entre un sí y un no, entre el deseo
y el remordimiento, como un látigo en la mano de dios, vacila con todo su ser,
mientras la luz de la ventana detrás de su cabeza irradia un halo
de misericordia e inocencia. “Si la poesía no es una absolución”, murmura,
“entonces no esperemos piedad de ninguna parte”.

No la más difundida en nuestros días, pero sí una de las historias más lamentables de las Metamorfosis, de Ovidio, un libro donde tanto hay que lamentar, es la historia de Acis, Galatea y Polifemo. Mucho antes de su infortunado encuentro con Ulises, el torvo Polifemo se enamoró de la ninfa Galatea, comprometida con Acis, que pastoreaba sus ovejas en las faldas fecundas del Etna. Molesto, como casi siempre, por el rechazo de la joven, el gigantesco hijo de Neptuno acabó con la vida del joven de manera violenta. Esta historia verídica es recordada todavía por los habitantes de la actual Acitrezza, que nos señalan el río Acis, producto de la metamorfosis, querida por los dioses, del joven en fuente de agua clara. Sobre la romántica historia, Haendel escribió su ópera más representada, Acis y Galatea. También la más breve. Apenas hora y media de una de las músicas más hermosas producidas para la escena durante todo el Barroco. A menudo víctima del chato ingenio de muchos directores de escena, he tenido la fortuna de disfrutarla hoy en el montaje, inteligente y bien interpretado, del Teatro de Piacenza.
En uno de sus diarios, Julien Green, uno de los grandes exponentes del género, escribió que, antes de cualquier otra consideración, escribía sus diarios para recordar. Es una, sólo una, de las razones por la cuales escribo los míos desde hace treinta y un años. Aunque, a diferencia de los de Green, los míos son casi estrictamente literarios, siempre se cuela una referencia que me permite acercarme a lo que viví en un día cualquiera de esos años. De allí que una limitación insoslayable es que al autor no le está permitido mentir. De hacerlo, lo que recuerde al consultar lo que ha escrito será un recuerdo fraudulento. Ningún género más ajeno a la ficción. Thomas Mallon, citado por el psiquiatra y ensayista venezolano Javier Guevara, en un revelador trabajo sobre la nostalgia, escribió que “No hay personas más nostálgicas que los diaristas”. La conciencia de que la memoria es el olvido (Christa Wolf) me mantiene aferrado a mis cuadernos y mis plumas. Si no es por mis diarios cómo puedo recordar lo que hice o leí tal día como hoy del año 2000. Consulto, Sin parar un punto, donde reuní mis diarios 2000-2001, y encuentro que casualmente estaba leyendo a Christa Wolf, y me quejaba por la situación económica distorsionada por las medidas de un supuesto socialismo del siglo XXI. No presentía, sin embargo, la miseria colectiva que se iba a imponer en Venezuela y de la que, más de veinte años después, no conseguimos superar. El régimen de protectorado que ha sido impuesto en Venezuela por los Estados Unidos difícilmente puede garantizar un futuro mejor. Nuestro destino recuerda al de Egipto bajo el control de los ingleses que se encargaban de administrar el Canal de Suez como una empresa británica. En Venezuela, es el mercado de hidrocarburos, de lo cual depende para todo, lo que ha pasado a ser dirigido por los norteamericanos. Depende de su generosidad Venezuela para superar la miseria general. Por desgracia, la generosidad nunca ha sido un atributo que distinga la actuación de las potencias coloniales. Aunque no sean unas líneas para recordar, podré saber, gracias al diario lo que pensaba un día como hoy.

Una encuesta reciente del diario británico The Guardian, concluyó que la mejor novela escrita en Inglaterra sería la obra maestra de Geoge Eliot, Middlemarch, publicada en 1871-1872. Y es probable que sea verdad. Sólo probable porque otras obras de ficción escritas en ese país podrían optar a tal distinción. Entre otras, Tom Jones en la cual su autor, Henry Fielding, hace de su protagonista un Ulises moderno que enfrenta situaciones no menos escabrosas que la del original homérico. Sin ser una novela histórica es la más vívida recreación de la apasionante Inglaterra a punto de ser transformada por la Revolución Industrial. Por otra parte, es la más clara expresión del arquetipo del pícaro en el país de Shakespeare. También Tristan Shandy, de Laurence Sterne reúne todas las condiciones para optar al título. Su modernidad es indisputable y su influencia se ha mantenido a lo largo de los siglos. Tal vez la más amada por los poetas y directores de cine sea Cumbres borrascosas, donde Emily Brönte logra uno de los personajes más formidables de la novelística europea. Aunque es autor de una serie de grandes novelas (Pickwick, Historia de dos ciudades, La casa siniestra), no creo que estén en condiciones de desplazar a Middlemarch. O El retorno del nativo, la amarga ficción de Thomas Hardy, premonitoria y trágica como sus ancestros griegos. De Hardy también es Jude el Oscuro. Y de Conrad, Victoria o Nostromo. Mas en el siglo veinte, sólo el Ulises de Joyce podría sustituir con honores a la novela de George Eliot, pero fue escrita en Irlanda. Como siempre, este tipo de listados son una especie de juego de tontos que, no obstante, pueden resultar divertidas en un día domingo.

Patti Smith, cantante y poeta, entre muchas otras cosas, y Robert Mapplethorpe, formaron una de las amistades más inquietantes del arte contemporáneo. Se trató de una fatalidad, de algo inevitable. La primera persona que conoció Smith al llegar a Nueva York fue, precisamente, Mapplethorpe. Y es probable que la última persona que haya visto el gran fotógrafo antes de morir de SIDA en un hospital de Boston, fue Smith. Musa, amante, hermana y cronista. Just Kids, es una emocionada crónica donde Patti Smith refiere esta maravillosa relación. En la estupenda muestra que le dedicó el Palazzo Reale de Milán a Mapplethorpe encontré, en una tarjeta necrológica, estas herméticas líneas que Patti escribió para su amigo después de muerto.
Aquí en una llama
la memoria empuja
brillante como el florecer
en un viento negro
aquí bajo una luz
simple y efímera
aquí en la profundidad
donde arde la perfección
escupiendo trozos de plata
de un mar rugiente
girando con el ingenio
de un hombre como
el que brilla en un florecer
el tiempo del hombre
audaz como un tulipán
en el negro vientre

De acuerdo con el mito, el dios Apolo, experto en amores infelices, se enamoró de Casandra, hija favorita de Priamo, rey de Troya. Para obtener sus favores, el hijo de Leto le regaló el don de la profecía, con lo cual la acercaba a la condición de los inmortales. Molesto al verse rechazado, Apolo convirtió el don en maldición. En lo sucesivo, seguiría manteniendo sus capacidades adivinatorias, pero ya nadie le creería. Difícil imaginar pena mayor. La pobre muchacha advirtió a su padre y a los príncipes de lo que iba a ocurrir si aceptaban la mentida ofrenda del caballo. La venganza de Apolo se consumaba. Casandra asistió a la traumática desaparición de su Troya natal, además de la muerte del viejo Príamo y la esclavitud de las mujeres de Troya. A Ulises le correspondió la vieja Hécuba, mientras que Agamenón se hacía de la princesa adivina. Esto era apenas el comienzo de la verdadera tragedia de Casandra, que se consumaría con su muerte en el festín sangriento, preparado por Clitemnestra para recibir a Agamenón, su marido y señor.
Christa Wolf (1929-2019) es para muchos, entre los cuales me cuento, no sólo la mejor escritora activa en la Alemania del Este, sino una de las grandes novelistas de su parlar materno. Se dio a conocer con la enigmática Historia de Christa T., que parecía una alegoría de su situación en aquella Alemania estalinista. No obstante, participó activamente en la utopía de un humanismo socialista. Así por lo menos hasta 1976, cuando fue expulsada de la Unión de Escritores. Aun así, no pensaban en la Alemania del Oeste como alternativa. La utopía estaba por hacerse. La contradicción en términos de un comunismo democrático. En 1980, Christa obtuvo permiso de las autoridades para visitar Grecia. En la maleta solamente la Orestíada de Esquilo. Casi como una epifanía, la Wolf se identificaría con Casandra, la princesa troyana. También ella había advertido sobre los riesgos de una sociedad policíaca adversa a la democracia. Durante años lo hizo en privado, hasta aquel nefasto 1976 cuando lo hizo público en una carta de protesta por la detención de un cantautor crítico del régimen. Christa sintió que era una especie de Casandra alemana para la cual, como para la original, no había salida. En 1983, publicó uno de los libros más estremecidos e intensos del alemán moderno. El título no podía ser otro: Casandra. Releído en estos días de primavera después de más de treinta años, esta ficción alegórica no ha perdido nada de su implacable poesía. Pocas cosas tan tremendas han sido escritas en cualquier idioma sobre la leyenda troyana. Su actualidad y urgencia es mayor que nunca en estos tiempos de incertidumbre neo-colonial. Casandra era una refugiada huyendo de la guerra que acabó con su país. Casandra es una palestina que un día se despertó sin el país donde había nacido y crecido. Es siria e iraní, iraquí, libanesa y venezolana.
Todas las canciones tienen un nombre. No sólo el seleccionado por el autor, sino el de las personas con las cuales las asociamos. Pasa lo mismo cualquier composición, con o sin letra. A mi padre lo asocio con el Concierto para orquesta de Bartók, y a mi madre con unos boleros de Pedro Infante. Mi difunta hermana Alicia es indisociable del llamado Adagio de Albinoni, y a mi hermano Daniel lo recuerdo cada vez que escucho algún pasaje de Mazeppa, la oscura ópera de Chaikovsky, a la que pudo asistir en una rara presentación del MET hace casi cuarenta años. A mi hija la recuerdo tocando al piano en la casa una “Gymnopedie”, y a mi mujer no la imagino sin Debussy. Igual sucede con Scarlatti o Vivaldi; o Patachou, quien me hace recordar a mi maestro José Solanes. O mi profesor de cine, Daniel Labarca, y Nino Rota. O Piazzola y un cuñado; o María Dolores Pradera y una comadre. Son todas como la galletica de Proust, que vienen no sólo con la persona, sino también con el contexto, con el tiempo y el lugar. Me detengo a escribir estas innecesarias líneas después de escuchar, en esta fría mañana de la primavera lombarda, una de las más sublimes arias para tenor jamás escritas: “Je crois entendre encore”. Y de recordar la primera vez que la disfruté, hacia 1968, en Valencia, Venezuela. Es uno de los números centrales de Pescador de perlas, la juvenil ópera de Bizet, opacada por la más comercial Carmen. También una de las piezas preferidas de Juan Sánchez Peláez, quien para aquel entonces no viajaba sin su tocadiscos portátil y grabaciones de tangos, y una selección del Pescador de Bizet. Desde entonces, el conmovedor fragmento lo refiere mi memoria a uno de los más grandes poetas que he conocido, cuya amistad fue un privilegio que se prolongó durante décadas. Lo recuerdo, pero, ah memoria ingrata, no lo recuerdo todo. Se me escapa el nombre del tenor en el disco de Juan. Quiero creer que se trataba de Nicolai Gedda, el mejor intérprete que ha grabado el aria y cuya versión, conmovido, escucho hoy, exactamente cincuenta años después de aquella epifanía valenciana propiciada por Juan Sánchez Peláez.
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