
“La gran literatura es sencillamente idioma cargado de significado hasta el máximo de sus posibilidades.”
“El arte de escribir, el arte de ‘cargar’ el lenguaje de significado”
Ezra Pound
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Uno no aprende literatura. Uno aprende de la literatura, en la medida en que lo que lee se va relacionando con su propia vida. O no aprende nada. El resto es “conocimiento” muerto, un pesado fardo, árida erudición. Un “conocimiento” que no sirve para nada, salvo para lucirse en una conversación “culta”, para mostrar lo inteligente que uno es, como el pretencioso pavorreal cuando despliega su colorido plumaje. Puede servir, pues, para ser más imbécil de lo que uno es, pero no más sensato, más prudente, más consciente o, sencillamente, más humano.
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De la nota anterior se desprende que un profesor tampoco enseña literatura. Lo que puede hacer es tratar de despertar, hablando desde su propia experiencia de lector, una actitud más atenta en el estudiante, una mayor conciencia del lenguaje y de sí mismo, que le permita a éste disfrutar más y comprender mejor un libro, y aprender de él lo que tenga que aprender, no necesariamente lo mismo que aprendió el profesor.
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Existe un arcaico “método” de enseñanza en literatura, que consiste en leer a los estudiantes pasajes de un libro y hacer comentarios sueltos sobre asuntos a veces muy obvios, pero que precisamente por tenerlos frente a las narices no solemos ver. Los resultados de ese tal “método” o antimétodo son algo que el profesor usualmente no alcanza a percibir en un curso, pues se trata de un proceso lento, a largo plazo, y enteramente individual. Es como sembrar una semilla, si se me permite el lugar común escolar, pero en tierra ajena. Si fructifica, los frutos serán cosechados por otro. El profesor, en sus clases, sólo intenta “sembrar la semilla”, y es evidente que esos misteriosos frutos no podrá registrarlos en ningún formulario para obtener un bono de productividad en su trabajo.
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En la bolsita donde carga las semillas que siembra, un profesor no debería olvidar nunca el grano invalorable de la duda, el temor a la autocomplacencia, la incertidumbre que subyace tras todo supuesto “saber”, y el respeto por la ignorancia fundamental. Las palabras favoritas de la poeta polaca Wislawa Szymborska son “no sé”. Según ella, de esas palabras es de donde surgen los poemas.
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Al yo le gustan las investigaciones bibliográficas. De buena gana va el sábado en la mañana a la biblioteca y escudriña los ficheros: por autor, por título, por materia. Pasea entre los estantes hasta encontrar lo que busca. Luego se sienta y toma apuntes. Anota cuidadosamente las citas. Indica editorial y año de edición. Pero justamente los sábados en la mañana, el viento suele soplar un poco más fuerte que otros días sobre la Sala de Humanidades. De modo imprevisto pasa las páginas, hace volar los papeles de notas. El yo se desconcierta, se confunde, se ofusca. Lamenta perder el tiempo. ¿Quién fue entonces el que se detuvo, al entrar en la biblioteca, para contemplar los colores de ese gran vitral, los cambiantes matices de la luz de la mañana a través de los cristales? ¿Quién se quedaba atrás, torpe y lento, mientras los dedos recorrían rápidos las fichas, entregado al olor de la vieja madera de los ficheros? ¿Quién se asoma a la ventana ahora y ve las flores de amapola que han florecido otra vez en la aridez, mientras el muy disciplinado consulta el Diccionario Enciclopédico de las Ciencias del Lenguaje?
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“¿Dónde está la vida que hemos perdido viviendo?
¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?
¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en información?”
T.S. Eliot
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Me llama mi amigo el profesor:
—Oye esta frase del rector de la universidad en una entrevista: “El término autonomía es sinónimo de libertad, de poder organizarse, de dictar una asignatura desde la perspectiva de la persona que la está dictando”. ¿Qué te parece?
—Muy buena. Hasta podría usarla en mis notas. Pero ojalá no me mandaran tantos formularios para justificar mi “perspectiva”.
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Me cuenta también el profesor:
— Hoy se me acercó una amiga que iba a dar por primera vez clases y me preguntó si podía decirle algo que la ayudara, algún “tip” que la orientara.
— ¿Y qué le contestaste?
— Me quedé unos instantes pensando y le dije que sí. Le dije que intentara explicar la materia con sus propias palabras, sin recurrir a jergas técnicas. Que evitara las explicaciones abstractas y tratara de referirse a hechos concretos, preferiblemente poniendo ejemplos. Que no pretendiera saberlo todo y si le preguntaban algo que no sabía respondiera simplemente que no lo sabía pero que trataría de averiguarlo para la próxima clase. Que tratara a los alumnos como personas, de tú a tú. En fin, que se relajara y no se enrollara por no saber algo, y que tampoco se sintiera en algún modo superior a los demás por lo que “sabía”.
— Bueno, bueno, para. Es casi un ars pedagógica lo que le soltaste. ¿Y qué te dijo?
— No dijo casi nada porque los dos estábamos apurados (¿cuándo no?), pero pareció escuchar con mucha atención mis desvaríos y al despedirse me dio las gracias con una sonrisa tímida, suave, muy típica de ella.
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Al profesor de poesía amigo mío, de unos años para acá, aunque lee mucho, cada vez se le hace más difícil encontrar “el libro que necesitaba justo en ese momento”. Lee cuentos, novelas, ensayos, pero cada vez frecuenta menos los libros de poemas. Entre los pocos que lee siempre a gusto está la polaca Wislawa Szymborska, por motivos que algún día quizás explicará. De la poesía como género lo han apartado, por ejemplo, los excesos del lenguaje deliberadamente “poético” (y su ya mencionada tendencia a las alturas, que al profesor le producen mareos) y el artificio del poema como molde. En verdad, si uno lo piensa un poco, todo lenguaje es poético por naturaleza. La distinción entre el lenguaje común y corriente y otro “poético” o “literario” responde sólo a convenciones culturales o históricas.
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En la mescolanza de estas notas propias y ajenas creo haber encarecido el valor de la prosa, a veces renegando del verso o la poesía —pero la “poesía” puede aparecer donde menos se la espera y el asunto no es en el fondo ninguna disyuntiva entre prosa y verso, sino entre las actitudes que subyacen en la escritura.
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