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William Carlos Williams (Rutherford, New Jersey, 1883-1963) es conocido entre nosotros sobre todo por sus poemas breves. Sin embargo, son menos conocidos algunos poemas suyos más extensos, que escribió en su vejez, ya enfermo, particularmente en sus libros The desert music (La música del desierto, 1954) y Journey to love (Viaje hacia el amor, 1955). De La música del desierto he escogido este poema, “La orquesta”. Está escrito en esa forma abierta y flexible que su autor denominó variable foot, y creo que muestra, junto a esas revelaciones instantáneas de sus piezas breves, otra dimensión de Williams: la del gran poeta, de hondura emocional y reflexiva al mismo tiempo, que alcanzó a ser en su madurez. Para la traducción he seguido el texto incluido en W.C. Williams: The Collected Poems (New Directions, New York, 1988).
La precisa contraparte
de una cacofonía de silbos de pájaros
que alza al sol todopoderoso
en su esfera: instrumentos de viento de madera
clarinete y violines
tocan un La sostenido.
Ah, el sol, el sol está a punto de salir
y derramar sus rayos
como siempre lo ha hecho
sobre todos nosotros,
los fatigados y aquellos
que viven con comodidad,
mujeres y hombres,
sobre los viejos,
sobre los niños y los enfermos
que ya van a morir y están en verdad
muertos en sus camas,
Aquellos que perdieron
para siempre su luz. El cello
eleva su nota baja
resueltamente en el creciente estrépito:
Ah, ah y ah,
juntos, desentonados
en busca de un tono común.
El amor es ese tono común
que asomará su fogosa cabeza
y tocará su nota.
El propósito de una orquesta
es concertar esos sonidos
y sostenerlos
en un orden conjunto
a pesar de la
“nota falsa”. Y ahora, ¿qué hacemos,
pensar o escuchar? ¿Existe un sonido que no esté dirigido
enteramente al oído?
Entrecerramos
los ojos. No
lo oímos con los ojos.
No es
una nota de flauta tampoco, es la relación
entre una nota de flauta
y un tambor. Estoy
bien despierto. La mente
está escuchando. El oído
está alerta. Pero el oído
con cierta desgana
se estira
y bosteza.
Y así los violines alineados
en tres filas
animan la escena,
pizzicato. Para un breve
recuerdo o para
hacer que el que escucha escuche
el tema se repite
acentuando una variación:
es un principio de la música
repetir el tema. Repite
y repite otra vez,
según el ritmo avanza. El
tema es difícil
pero no más difícil
que los hechos que deben
ser resueltos. Repite
y repite el tema
y todo su posterior desarrollo
hasta que el pensamiento se disuelva
en lágrimas.
Nuestros sueños
han sido asaltados
por una memoria que no
reposará. Los
cornos franceses
interponen
sus voces:
Te quiero. Mi corazón
es inocente. Y este
el primer día del mundo.
Diles:
“El hombre ha sobrevivido hasta ahora porque era demasiado ignorante para saber cómo realizar sus deseos. Ahora que puede realizarlos, debe cambiarlos o perecer”.
Ahora es el momento
a pesar de la “nota falsa”
Te quiero. Mi corazón es
inocente.
Y este el primer
(y último) día del mundo.
Los pájaros gorjean ahora de nuevo
pero un designio
sobrepasa su gorjeo.
Es el designio de un hombre
el que los hace gorjear.
Es un designio.
---
Anne Sexton nació en Newton, Massachusetts, en 1928, y vivió toda su vida en Boston o cerca de Boston. Su primer libro de poemas, Al manicomio y parte del camino de regreso (To Bedlam and part way back), fue publicado en 1960; el último, Palabras para el Doctor Y (Words for Doctor Y), después de su muerte, por su propia mano, en 1974. Ganó el premio Pulitzer de poesía en 1967 por Vive o muere (Live or die). En total publicó nueve libros de poemas, y dejó tres póstumos.
Fue íntima amiga de Sylvia Plath y ambas iban juntas al taller de su maestro Robert Lowell. Estos tres nombres, junto a W.D. Snodgrass, pueden considerarse lo mejor de la llamada poesía “confesional” norteamericana. “45 Mercy Street” es un poema, el título de un libro póstumo de Anne Sexton, y también su última dirección, el sitio en que vivía cuando murió. Dio lugar a una bella canción de Peter Gabriel, “Mercy Street”, contenida en el disco So, de 1976.
La traducción se hizo sobre el texto contenido en Anne Sexton: The Complete Poems (Houghton Mifflin Company, Boston, 1982).
En mi sueño,
que taladra hasta la médula
todos mis huesos,
mi sueño real,
camino a lo largo de Beacon Hill
en busca de una calle
llamada Mercy Street.
No está allí.
Busco en la Bahía Remota.
No está allí.
No está.
Aunque conozco el número,
45 Mercy Street.
Y conozco los vitrales
del salón de entrada,
los tres pisos de la casa
con sus suelos de parquet.
Conozco el mobiliario y
a mamá, la abuela, la bisabuela,
los sirvientes.
Conozco la alacena de porcelana,
el barco de hielo, la sólida plata
donde se asienta la mantequilla en cuadrados impecables
como dientes de un extraño gigante
sobre la gran mesa de caoba.
Lo conozco bien.
No está allí.
¿Adónde fuiste,
45 Mercy Street?,
con la bisabuela
que se arrodilla en su corset de ballena
y reza entre gentil y fieramente
al lavamanos
a las cinco de la mañana,
y al mediodía
dormita en la mecedora,
el abuelo que toma una siesta en la despensa,
la abuela que pulsa el timbre para que suba la criada,
y Nana meciendo a mamá con una flor enorme
sobre su frente para cubrir el rizo
de cuando era buena, cuando era...
Y donde ella fue engendrada
en una generación
la tercera engendrará,
yo,
con la semilla de un desconocido que despunta
en una flor que llaman Hórrida.
Camino con mi vestido amarillo,
y un bolso blanco lleno de cigarrillos,
suficientes pastillas, mi vestido, mis llaves,
y tengo veintiocho años, ¿o son cuarenta y cinco?
Camino, camino.
Enciendo fósforos frente a las señales de las calles,
porque está oscuro,
tan oscuro como los muertos correosos,
y he perdido mi Ford verde,
mi casa en los suburbios,
dos niños
succionados como polen por la abeja que hay en mí
y un esposo
que apartó la mirada
para no verme por dentro,
y camino y miro
y esto no es un sueño,
sólo mi vida aceitosa
donde las personas son pretextos
y no se encuentra la calle
en una vida entera.
Baja las persianas.
No me importa.
Echa cerrojo a las puertas, piedad,
borra el número, arranca
las señales de las calles,
qué puede importar,
qué puede importarle a esta avara
que quiere poseer el pasado
que ya se fue en un barco fantasma
y me dejó sólo papel.
No está allí.
Abro mi bolso,
como lo hacen las mujeres,
y revuelvo acá y allá
entre los dólares y el lápiz labial.
Los voy tomando
uno por uno
y los arrojo contra las señales
y arrojo mi bolso
al Charles River.
Luego me desprendo del sueño y doy
de golpe con la pared de cemento
del vulgar calendario
en el que vivo,
mi vida,
y los cuadernos que ella arrastra consigo.
---
Derek Walcott nació en 1930 en Claistres, capital de la antigua provincia de Santa Lucía, una isla en las Pequeñas Antillas, y murió en 2017 en la misma isla. Fue dramaturgo y poeta. Recibió el Premio Nobel en 1992. Como poeta, su obra maestra es el poema épico Omeros, publicado en edición bilingüe inglés-español por Anagrama en 1994.
Esta traducción fue hecha de ese libro. Se trata de un conmovedor poema escrito en inglés en versos pareados rimados. El traductor, a mi parecer, se tomó demasiadas libertades al intentar traducir el verso en rima en español, hasta casi distorsionar las imágenes centrales del poema. Esto es lo que justificaría la presente versión, que se propone como alternativa a aquélla.
Casa umbría, casa del miedo,
casa de aire que se multiplica
Casa donde crecen los recuerdos
como las sombras de Allan Poe
Casa donde los matrimonios se arruinan,
casa de teléfono y codicia
Casa de cuevas, bajo cuya puerta
se desliza una ola con su rugido
Casa de cepillo de dientes, casa de pecado,
de ramas que rasguñan: “¡Déjame entrar!”
Casa cuyos cuartos resuenan con la lluvia,
de nubes arrugadas con manchas de Onán
Casa que cruje, de cincuenta y siete años,
de suelo de madera y cielorraso
Casa con canales de Cablevisión
y alfombras de dragones que se burlan con irrisión
Casa de la desgracia que exorcizo
mediante los ritos de versos arrodillados
Casa que deshabito, casa tan dura
como las frías piedras en el jardín perdido
Casa desde donde miro la calle chamuscada,
y siento cómo asciende su hielo por mis pies
No vivo en ti, sobrellevo
mi casa dentro de mí, por dondequiera
hasta que tus inviernos se tornen más amables
por la danza de luz de fuego de la mente
donde las manillas de bronce no existan
y las puertas se disuelvan con ternura
Casa que deje entrar, al fin, esos miedos
que son sus huéspedes y les ofrezca asiento
que festeje sus rostros humanos, y
simplemente tome a la piedad de la mano
le muestre su cuarto, y sienta el zumbido
del ladrillo y la madera que se convierten en un hogar.
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