
Primera vez en esta isla legendaria, cuyos primeros habitantes datan del neolítico superior y que hacia 1000 a C. fue ocupada por los fenicios en su ruta hacia el Mediterráneo occidental. Los mapas de sus navegaciones habrían servido a Homero para trazar el complejo recorrido de su héroe. Una tesis ampliamente sostenida por Victor Bérard en los apasionantes cuatro tomos de su Les navigations d’Ulisses, libro aprovechado por Stuart Gilbert en su exégesis del Ulises de Joyce. Las raíces semitas de los fenicios se encuentran en el idioma que se habla en la isla, enriquecido por los aportes españoles, italianos e ingleses. Por lo menos tan importante: fueron ellos quienes trajeron la vid a la isla. En homenaje a esta cultura fenicia olvidada, y a la cual debemos nuestro alfabeto y aritmética, he abierto varias botellas de un solar y grato rosado Fenici, producido en la isla. No puedo dejar de asociar a este archipiélago de tres islas en el medio del Mediterráneo central, con dos visitantes menos remotos, Michelangelo Merissi o Caravaggio y Samuel Taylor Coleridge, fundador del romanticismo británico. Tempranamente me interesé en este raro genio de la literatura europea.
Sobre Coleridge habría de escribir mi primer ensayo literario. Una breve exploración de su dependencia del opio y de los efectos de la droga en su obra. Una sustancia recomendada por la farmacéutica del siglo XIX para el tratamiento de los desarreglos gastrointestinales. Como alivio para los suyos comenzaría a consumirlo y terminaría en su más absoluta dependencia. Así se le conoció en la isla: como el primer adicto reconocido. Había llegado a esta geografía para ponerle distancia al brumoso clima de Inglaterra, al cual entendía como una de las causas de sus síntomas. Lo que comenzó con el consumo del opio en forma de láudano para mejorar su problema intestinal terminaría, con la colaboración de un matrimonio infeliz y una precaria situación económica, convirtiéndolo en un ángel de alas rotas incapaz de un vuelo sostenido. Así se perdía una de las inteligencias más prodigiosas de la historia de Inglaterra. No obstante, Coleridge es el autor de dos monumentos de la poesía de lengua inglesa La balada del viejo marinero y “Kublai Kahn”. Escribió una Biografía literaria de su amigo William Wordsworth, que es uno de los manifiestos de la poesía romántica. Así como una copiosa cantidad de fragmentos que han sido reunidos en varios tomos de sus enormes Notebooks, los cuales comencé a reunir desde que comenzaron a salir en 1972, y que he dejado atrás para siempre con el resto de mi muda biblioteca. Con Coleridge me volvería a encontrar más tarde como docente de literaturas occidentales en la Universidad Central de Venezuela. Suyos, siempre dispersos, son algunos de los más penetrantes comentarios que se han escrito sobre Shakespeare. Otra muestra de las dimensiones de su tragedia. Sólo destellos de lo que fue incapaz de convertir en lo que hubiese sido el mejor libro sobre el Bardo. No pasaría mucho tiempo en esta isla de la cual no regresó a Inglaterra en mejores condiciones. Terminaría como un poeta maldito que escribió algunos de las mejores poesías del parlar materno. Borges le dedicó algunos memorables comentarios de los cuales no alcanzo a recordar ninguno.

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