
Estalla la guerra del Yom Kippur en 1973. En Israel se encontraba entonces un chico venezolano, Daniel Toledo, cuyos padres unos años antes habían celebrado la guerra de los Seis Días en las calles de San Bernardino y en las sinagogas en Caracas. Procedía del Colegio Moral y Luces Herlz Bialik y, a la sazón, estaba estudiando en la Universidad de Tel Aviv. Alistándose en esta guerra, este joven inicia su travesía particular como Dante, cruzando las puertas del infierno.
Daniel Toledo es el personaje principal de la última novela del escritor Ricardo Bello Toledo (Venezuela, 1953) reeditada en España por la editorial Khalatos. Estamos ante una novela erudita, de una gran riqueza temática, muy bien escrita. Es una obra de casi 500 páginas que muestra una búsqueda personal. Se trata de una novela de ficción que en ocasiones nos hace pensar que estamos leyendo un ensayo de enorme profundidad. Ricardo Bello es un hombre de una enorme cultura que transpira cada folio de esta novela. Su formación, con estudios en teología, se nota entre otras cuestiones en el manejo de fuentes primarias y en el conocimiento de textos sagrados fundamentales.
De tal manera es Daniel Toledo descendiente lejano de sefarditas españoles perseguidos por la Inquisición, hijo de padre que le enseña a leer la Torah y de madre católica, que además crece en el seno de una familia convencida de las ventajas terapéuticas de la agricultura. En su búsqueda del sentido de la vida y de la verdad, Daniel experimenta distintos puntos de inflexión que le hacen cambiar de latitud: del Caribe se va a Israel, de allí a Siria para viajar de nuevo a Venezuela y, finalmente, para recalar en las tierras andaluzas donde termina arraigando.
La primera parte de la obra, la del acercamiento al islam, describe con crudeza los interrogatorios en una cárcel de Siria y ese momento de gran dramatismo en el que Daniel recibe un collar de 99 cuentas para acallar su sufrimiento: con cada vuelta en rezo, un árbol sería sembrado en su nombre en el Paraíso.

El norteamericano Joseph Campbell, uno de los más relevantes filósofos y antropólogos del siglo XX (y, como Ricardo Bello, uno de los grandes estudiosos de las religiones comparadas) definió una estructura simbólica y narrativa que subyace en todas las mitologías del mundo. La denominó “El viaje del héroe” y la describió en doce etapas que llevan a este héroe, desde su mundo ordinario a otro extraordinario, siguiendo una aventura en la que aprende lecciones, se enfrenta a pruebas, afronta fracasos y obtiene a la postre una victoria final que le hace regresar a casa transformado.
Aunque Sacramento de la Guerra no encaja del todo en la estructura del Viaje del Héroe de Campbell (o sí, si la forzamos un poco) hay uno de esos doce pasos que en mi opinión está presente en estas páginas de forma reiterada. El héroe recibe la llamada … y en su viaje iniciático, en la cuarta etapa de este ciclo, entabla relación con un sabio, senex, anciano o mentor que le da herramientas para avanzar en el camino e inspiración para recorrerlo.
Se lee en la novela que todo ser humano tiene una silla vacía en su casa, destinada al padre (o a la madre, diría yo) en la que, a veces, se sienta otra persona que ejerce a plenitud esa condición. Esta silla acompaña a Daniel Toledo. Así, las amistades que entabla primero con El Sheik Abdul-Salam, después con el padre Santiago y por último con el profesor Briceño, son de lo más enriquecedor del contenido de estas páginas.
Con todos ellos establece una importante cercanía intelectual y una verdadera comunicación, una proximidad del corazón que se extiende a través de brillantes diálogos desde los temas religiosos a los problemas del pensamiento. Son conversaciones auténticas, cargadas de sentido así como de referencias filosóficas, religiosas y literarias. Son diálogos que están, además, situados en contextos políticos muy bien presentados, con dominio de los conflictos internacionales. De hecho, parte de la complejidad de esta novela se encuentra, precisamente, en las coordenadas religiosas y políticas que describe con tanto acierto.
Comparto con Ricardo Bello el interés por las religiones. Hace unos años tuve la oportunidad de visitar el templo Sikh más grande de Europa, que está en Inglaterra, cerca de la ciudad de Birmingham. Allí fui, por cierto, con un académico venezolano, el profesor Jairo Lugo-Ocando. Y fue fascinante el acercamiento a esta religión monoteísta relativamente joven, que data del siglo XV, surgida en el contexto del choque en la India entre hinduismo y el islam, con tantos seguidores. Los Sikh reconocen la existencia de la misma luz en cada ser humano, sin atención a las castas... y esta idea es útil para la comprensión de esta novela.
A Daniel Toledo le ocurre precisamente esto: va descubriendo esas luces en personajes sabios que comparten “radares espirituales” y que, como el autor describe, llegan a escuchar el susurro de Dios en el silencio. El padre Santiago le dice: “Daniel, olvídate de que yo sea cristiano y tu musulmán, dios es uno”.

La segunda parte de la novela, la de la vuelta a Venezuela, puede llegar a perturbar por diversos motivos conectados con la realidad política del país en el que nací. De hecho, puede llegarse a intuir cuántas de esas vivencias terribles que aparecen en el relato quizá las vivió el propio autor de primera mano. Ni en la más peligrosa trinchera o cárcel de Alepo, Daniel Toledo podía imaginar lo que le tocaría vivir después en esa “Tierra de Gracia” descrita por Cristóbal Colón en el tercero de sus viajes.
De allí que sea esta también una novela reveladora y valiente en cuanto a la inclusión de esos pasajes de abuso de poder y de extorsiones que pululan en un país chamuscado en el fuego de ideologías que se imponen a la razón. Además, la experiencia de vivir fuera del lugar en el que se ha crecido permite ver con lejanía y objetividad cuestiones familiares contra las que el personaje, en este caso, se revela: el lujo de las clases acomodadas, la complejidad de las relaciones paterno-filiares y familiares, la adoración del poder o la confrontación política infiltrada como un veneno en cada recoveco…
Me ha agradado mucho leer esta novela también desde el punto de vista geográfico para mi llamativamente familiar y conocido. Hace unos años hice un viaje a Israel y visité muchas de las zonas referenciadas en la obra: los altos de Golán, Cesarea Marítima, Galilea, el Centro Bhai en Haifa. También reconozco palmo a palmo la ciudad de Caracas, que por cierto es mi ciudad natal tal y como lo es del autor de la novela y del mismo personaje principal que podría ser prácticamente su alter ego: Chacao, la Iglesia de Campo Alegre, la plaza Altamira, Sabas Nieves, el Ávila, la plaza y la iglesia de la Candelaria. Por razones familiares, pude imaginarme perfectamente la orografía de esas zonas descritas de Valencia y de los Valles de Tuy, donde transcurre una parte importante de la novela. Y también la Cordillera de los Andes, los cultivos de caña de San Mateo, la Hacienda San Teresa y los Teques. Y las casualidades me llevan también a reconocer la geografía de las calles de Sevilla, donde llevo más de treinta años viviendo, ciudad en la que finalmente Daniel Toledo se instala.
Daniel Toledo entiende desde muy joven que todo exilio conduce a una experiencia de libertad y allí empieza su personal viaje del héroe. En definitiva, es una novela sobre encrucijadas que busca la lucidez en sus distintas dimensiones (lucidez espiritual y religiosa, lucidez política…) y que además utiliza una técnica literaria interesante, mezcla de narrador omnisciente y de esa primera persona en la que, en ocasiones, sabemos a ciencia cierta que estamos escuchando al autor.
Hizo bien Ricardo Bello al escuchar el consejo de uno de los personajes de su creación, del profesor Briceño, que le aconseja a Daniel Toledo consignar su historia por escrito de la forma que quisiera, como ensayo filosófico, como poema en prosa, como autobiografía o como novela, pero dedicándose a la escritura… Estas páginas son buena prueba de ello.

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