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Milan, martes 30 de septiembre de 2025. Provenza

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Arte y religión en Provenza (2)

Biot es una pequeña localidad provenzal alejada del Mediterráneo y conocida por la larga tradición artesanal de sus vidrieros. Lejos del mundanal ruido y cercana al verde de las montañas. Esta localidad improbable fue la escogida, poco antes de su muerte, por Fernand Léger para la construcción de la institución museística que lleva su nombre y que sería inaugurada póstumamente. Un edificio imponente en medio de una frondosa colina que se destaca por los gigantescos  murales del pintor. Pocas veces he tenido la experiencia de escuchar la música de los colores como en esta oportunidad. Una larga partitura en mosaico con el brillo de Stravinsky y las disonancias de Shostakovich. Las proporciones épicas de la obra, de alguna manera mágica, no contradice la discreta armonía del paisaje. Lo contrario, aparece como en medio de la nada como una expresión del espíritu y genio de un artista que siempre pensó en la recepción colectiva de su producción. No fue un pintor de galerías o museos, sino que, como Whitman, contenía multitudes. Un atributo que han compartido todos los que alguna vez  han visitado la Ciudad Universitaria de Caracas. Varios de sus vistosos mosaicos acompañan al visitante en su recorrido hacia el Aula Magna, construida, como el resto, por el arquitecto venezolano Carlos Raúl Villanueva. Y los que han llegado hasta la Biblioteca Central han sido privilegiados con la visión epifánica de uno de los murales más imponentes del arte moderno. Léger sabía de espacios; de hecho, su proyecto de terminar sus estudios de arquitectura en París se verían alterados al conocer a los pintores y escultores que por docenas habían coincidió en la capital francesa de comienzos de siglo. “Cambié la escuadra por los pinceles”. No obstante, terminaría siendo el más arquitectónico de los pintores del siglo XX. Algo que se siente en el museo de Biot diseñado por la esposa sobre el espacio adquirido por el artista. Léger, como Picasso no sólo fue ateo sino que, como el español, se haría miembro del Partido Comunista. Lo cual no fue un impedimento a la hora de colaborar en algunos proyectos de arte sacro. Primus inter pares,  el de la Iglesia del Sagrado Corazón en Audincourt, no lejos de Besançon. De nuevo, resultado del entusiasmo del visionario arquitecto dominico  Padre Couturier, el mismo que colaboró con Matisse en la Capilla de Vence. La de Audincourt es una historia ejemplar. Una iglesia construida gracias a la participación activa de la reducida comunidad católica en una región de convencido protestantismo. Miró y Jean Bézaine también colaborarían con magníficos aportes, como el batisterio y el colorido muralístico de la pared de ingreso. La participación de Léger se presentó en la forma de un curvo vitral de catorce metros dividido en siete segmentos. De los cuales el Museo de Biot conserva los modelos ejecutados por el pintor. Siete pinturas de aproximadamente dos metros cada una. Desconozco el vitral, pero estas maquetas son suficiente.

El asunto propuesto era el más evidente al tratarse de un templo con ese nombre. Me refiero a la Pasión de Jesucristo, el cual en todas sus variantes ha sido tratado por la tradición plástica occidental. O casi todas, porque la de Léger introduce una inquietante novedad. Se ocupó de “deconstruir” la imagen tradicional, dedicando cada una de las siete piezas del vitral a los símbolos más relevantes y conocidos, como la corona de espinas, los clavos, la esponja, el látigo y así Creo que hasta ahora, después de haber visto los mismos elementos en decenas de tratamientos del tema, nunca me habían conmovido tanto como me conmovieron las pinturas del artista normando. La esponja es la más agria que cabe imaginar, se siente su cruel acidez en la boca; lo mismo que se siente el dolor reversible de aquellos clavos tan afilados, con el martillo que los clavó en manos y pies, y la férrea tenaza que utilizaron para sacarlos. Igual el látigo, el más doloroso que puedo imaginar. Cosas veredes, una experiencia casi mística frente al episodio fragmentado de la Pasión, presentado por un artista miembro del Partido Comunista francés. Acaso por lo mismo. En la Capilla Matisse de Vence y en el Museo Chagall de Niza, fui sorprendido por algo que me esperaba. En el Museo Léger de Biot, lo inesperado se me apareció como una expresión memorable de lo numinoso. Algo parecido a lo que sentí al entrar en el estudio de Cezanne, no muy lejos de aquí, siempre en Provenza.

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