
La intervención y virtual colonización de Venezuela por parte de los Estados Unidos invita a reconsiderar los criterios convencionales sobre el imperialismo y los imperios. Antonio Scurati, autor de M, la estupenda novela histórica sobre Mussolini, en un ensayo reciente publicado en La República, ha recordado, lo que todos parecen haber olvidado, el abandono de la actitud imperial por parte de los europeos, propósito de la agresiva política exterior del presidente Trump:
Durante milenios la trama de la política europea replanteó, en versiones más o menos creativas, el guión fundacional del imperium romanum. De Carlomagno a Hitler, pasando por Carlos V, Napoleón Bonaparte, la reina Victoria y Benito Mussolini… Más tarde, después del apocalipsis de la Segunda Guerra Mundial, Europa ha manifestado una inaudita renuncia al imperio. La última manifestación occidental a una actualización del imperio romano a escala global ha emigrado a los Estados Unidos.
El fundamento teórico de las actitudes neo-imperiales del presidente norteamericano tuvieron su origen efectivamente en Europa. En aquel proyecto de Julio César de sustituir la República por una nueva forma de monarquía, más ambiciosa y extendida, que fue lo que llevo a cabo su heredero Octavio Augusto. Julio César encontró limitaciones esenciales en la república y, dejando de lado la alternativa reformista, optó por una forma hegemónica de gobierno. Conocía la incompatibilidad entre una actitud autoritaria, como la de Trump y las instituciones republicanas. Que la actitud imperial haya emigrado a los Estados Unidos es sólo en parte correcto. No de otra manera debemos considerar las aspiraciones de China y Rusia sobre Taiwan y Ucrania. La diferencia es que la actitud norteamericana nos afecta con una proximidad alarmante. Pero es irrefutable Scurati cuando insiste en que el fundamento de los ambiciones de Trump son de un carácter antidemocrático, como fue la de Octavio Augusto:
Desde que un presidente obscenamente autoritario, anti-democrático y brutalmente neo-imperialista ocupa la West Wing de la Casa Blanca, Europa se ha convertido en la única potencia mundial que custodia los valores de la democracia liberal que, en una historia larga, sanguinaria y atormentada la llevaron a renunciar al imperio.
A Venezuela le ha correspondido el dudoso honor de ser el primer país en el cual el presidente Trump ha puesto en ejercicio su doctrina neo-imperialista. Un proyecto con dos grandes objetivos: económico e ideológico. El primero es el más convencional, y cumple con los viejos conceptos de Marx sobre el imperialismo como fase superior del capitalismo. De este modo, Estados Unidos extrae el petróleo pesado del país suramericano lo procesa y lo devuelve convertido en costosa mercancía. A nivel ideológico, la cuestión es más interesante y peligrosa. Se trata de imponer la ideología de la ultraderecha, con su desprecio por la democracia, a las eventuales colonias. La naturaleza anti-republicana del régimen revolucionario venezolano es conocida de todos, y es una de las afinidades con Trump. Lo que no conocíamos de la revolución bolivariana era su capacidad para dejar sus convicciones izquierdistas y adaptarse a las exigencias de la nueva derecha trompista. A la oposición venezolana el modelo de Europa debe servir de modelo e inspiración. La defensa de la democracia en América Latina es una empresa demasiado seria para ser acometida en solitario. Como lo ha entendido Mercosur, la única manera de permanecer a salvo del neo-imperialismo norteamericano es procurarse alianza con otros países empeñados en la misma empresa.
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Bolívar lo prefiguró en 1818. Ha llegado la hora de considerar al Atlántico no como el mar que nos separa, sino como el puente que nos une con Europa. Ante la amenaza del colonialismo, América Latina no podrá subsistir sin Europa. Lo contrario no es menos cierto.
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