
A comer sobras,
lo que resta de la luz del día.
Al amanecer me alimenté del canto de los pájaros,
el cielo azul del trópico
el sol coló su filo de luz entre las persianas.
Hemos estado perdidos durante la noche,
entre lejanos ladridos de miedo,
descifrando el lenguaje de los sapos
y acechados por los verdes insectos de los sueños.
Conozco a mujeres y hombres cuando emigran,
gotas de agua se apilan en sus cabellos crudos,
disuelven la sal de la piel, sus escamas.
Son árboles secos con rebrotes verdes,
germinan lento, sus verdores son pequeños,
los pierden con frecuencia
cuando viene el invierno,
luego que el tiempo los poda
el verde vuelve a comenzar.
La mirada la tienen estampada
por lo desconocido,
ríen con dientes desnudos,
y de sus brazos cuelgan zapatos secos,
ropas de lágrimas,
que las sacude el viento, a resguardo de las miradas,
sobre la cabeza,
sombreros de un soplo frío.
Y los huesos,
los huesos temblorosos suenan con el andar.
Yacen boca abajo,
y en el fondo del río
las aguas mansas abrazan los cuerpos
bajo ellas, buscaron la purificación,
el bautismo.
Traidor y traicionado
juntos en el río infinito,
la muerte los alcanzó agarrados de las manos.
Al fin las aguas los arrastran
escupen las burbujas del miedo,
apagada la brasa del odio,
entumecida se aleja su piedra hasta la orilla
reposa allí, testigo muda de
un día una venganza escrita sobre la espalda de la vida.
La corriente se lleva su aliento
les espera el mar y su inmensidad crepuscular.
Dejaste la certeza de la rama
apareció el cielo azul en tus pupilas
pertenecías al aire
al espacio que abrazaron tus alas.
Hoy yaces aquí en la certeza del cemento,
Inmóvil como el pensamiento.
Aquí donde terminan los anhelos.
Un hombre me ha dicho:
“tengo una piedra adentro”.
Respirando hasta el fondo
ha logrado flotar,
suspenderse sostenido por el viento.
Así la piedra ha sido de él,
ahora reposa en un lugar sagrado,
a donde peregrina cada año.
Sólo para inclinarse en plegaria.
El suelo es el lugar natural de todo lo que cae,
déjalo sobrevivir
sin recoger los ojos de nadie,
sentirá el inquietante ruido de los pasos
el tacón incierto de la duda
el salto de las amenazantes suelas
y la vida alejándose.
Aunque el viento le deje el polvo
ha de permanecer inmóvil
sobre el agravio de lo raso
con la mano de la vergüenza sobre su lomo.
Allí, sin que nadie lo recoja,
quizá así,
sepa entonces cuál es su lugar.
Fotografía de Emiliano Arano
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