Literatura

Amor y muerte de Dido

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Eneas y Dido (c. 1680-1690) de Lorenzo Pasinelli

Amor y muerte de Dido:

Un estremecimiento poético

Virgilio se propuso una obra maestra, curiosamente la logró.
Borges

Si nos viésemos forzados a escoger unos pocos fragmentos de toda la literatura universal como testimonios elocuentes del paso de la humanidad por este mundo, el “Canto IV” de la Eneida debería estar, sin remordimientos, en la lista. Y eso que su autor, el mantuano Virgilio, había ordenado que la obra fuese quemada porque la inminencia de la muerte no le permitiría una exhaustiva revisión final, tan acorde a su temperamento artístico. La gran epopeya nacional del imperio romano encuentra en este episodio su más sublime y enardecido canto al pathos humano. Dido (conocida también como Elisa de Tiro), la casta viuda de Siqueo y reina de Cartago, ha caído enamorada del preciado hijo de Venus: el héroe troyano Eneas. Virgilio, en uno de sus alardes de modestia, dice que se trata de “un amor imposible de expresar con palabras”, para luego discurrir minucioso en las ondulaciones afectivas de una mujer que lo arriesga todo (sobre todo, su honra) en un estremecedor drama pasional que —literalmente— la acaba consumiendo. Las llamas son símbolo continuo del arrebato: de la infatuación a la consumación amorosa; del abandono a la pira trágica. Para comprender la intensidad de su dolor, el poeta sabe dar a conocer, con gracia inigualable, su circunstancia previa: Elisa ha jurado fidelidad eterna a su esposo fallecido, ha rechazado el tenaz cortejo del vecino rey Jarbas y se ha mantenido firme en una irreprochable comunión con su pueblo. Sin embargo, las parcas lo han decretado: Carthago delenda est.

El canto podría llevar por título “El libro de Dido” y en él sorprende la decidida intención del poeta: la reina absorberá el interés humano de la epopeya y, si no fuese porque se trata del esmerado mantuano, hasta podría sospecharse que el personaje se le fue de las manos. La trascendencia posterior de esta reina —cuyo origen, por cierto, es histórico— deja a Virgilio solo ante su inventio, pues, según Timeo y Justino, Dido no habría coincidido cronológicamente con Eneas y, además, en ningún caso hubiese cedido a las apetencias carnales de un advenedizo. Esa mujer era la personificación de la pureza y la castidad. San Jerónimo y San Agustín lloraron leyéndola. Virgilio precisamente aprovecha la buena fama de aquella mujer para intercalar su audaz versión, y opta por seguir en algunos aspectos a Nevio en su Bellum Poenicum (siglo III a.C.): el destino de la futura Roma es tan grande que hasta las robustas murallas de la castidad de la reina se vendrán abajo. Presagio análogo del destino de Cartago, sólo que Nevio no había retratado a la reina Elisa con ese nivel de empatía y mucho menos con esa conmovedora delicadeza emocional. Por otra parte, la diosa Juno, obstinada y hostil oponente de Eneas —auténtica antagonista del epos virgiliano—, es la divinidad regente de la ciudad nueva, pero toda la fuerza de su poder luce débil al lado del hado y de la voluntad última de su esposo Júpiter. Sus intentos por retener al héroe en esta ciudad y hacer que respete los votos del peculiar himeneo son infructuosos. El acuerdo provisional y engañoso entre Juno y Venus salta por los aires, nunca mejor dicho. Sic uoluere Parcas.

Dido y Eneas (c. 1630-1635), de Peter Paul Rubens

Así pues, casi duele decir que Dido tiene una función en el poema (es decir, en el destino de la ulterior fundación de Roma): rehabilitar el impulso heroico de Eneas. Por ello, el episodio es trágico hasta la conmoción: todo queda delineado desde el principio, pero nada de lo que ya se avizora puede ser evitado. La fatalidad ocurre también adentro, en el pecho de la reina. Mientras ella escucha las cuitas de Eneas y cómo lograba sobrevivir a la destrucción de Ilión con su padre Anquises a cuestas y su hijo Ascanio de la mano, perdiendo a su esposa Creúsa y a su patria para siempre, y atesorando sus penates. Tantae molis erat Romanam condere gentem. De este modo, Cartago será para Eneas lo que la homérica Esqueria de los feacios había sido para Odiseo: un entrañable lugar de piadosa acogida, con gente de verdad, ideal para recuperar fuerzas. Allí, Eneas podría gets himself together, como dirían los angloparlantes. Recibido hospitalariamente y aprovechando la ocasión de resguardo, sanación y restitución, Eneas puede ordenar en palabras lo que, hasta entonces, ha sido la historia de sus desdichas. Su madre Venus —y Cupido mediante— se encargarán de que la más atenta de sus oyentes quede prendada irremediablemente tanto del relato como de la boca que lo cuenta. El canto inicia con las confidencias, ya irrefrenables, de Dido a su hermana Ana, a quien revela que “lleva en su alma clavados el rostro y las palabras” de Eneas. Será Ana quien la empuje a sus brazos, animándola al deleite más intenso de esta vida: “¿Vas a dejar que, entristecida, sola, se vaya consumiendo toda tu juventud sin gozar la dulzura de los hijos ni los dones de Venus?” El episodio acaba con la lamentación de Ana ante el cadáver de su hermana, cerrando así el círculo trágico.  A propósito de la incitación de Ana, Petronio en el Satiricón hará que la matrona de Éfeso, con mucha malicia, cite textualmente algunas de sus fatales sugerencias como parte del argumentario para convencer a alguien de entregarse al placer carnal. Por parte de Eneas, hay que recordar el epíteto más recurrente que acompaña su nombre: piadoso. La pietá quiere decir, antes que nada, humilde e irrestricta obediencia a los dioses. De este modo, se justificaba ante la acusación de traición a Dido, pues no puede ser pérfido quien atiende, antes que impulsos individuales, la necesidad divina de asumir los compromisos con el hado. La construcción que hace Virgilio de la primera parte de la Eneida asombra por eso: la fina y sutil ilación de elementos ensamblados para hacer que Eneas dude. A fin de cuentas, ¿qué puede ser mejor que asentarse allí definitivamente y convertirse en rey de Cartago? La situación obliga a los dioses a intervenir directamente: Júpiter envía a Mercurio.  Eneas abandona a Dido por mandato divino. Esa es la matriz del conflicto trágico: los dioses así lo quisieron. El encuentro amoroso tuvo consecuencias opuestas para cada uno. Lo que comienza siendo un presagio feliz para Eneas y su fatum, acaba siendo un final fatídico para Elisa de Tiro y, por tanto, para su pueblo. Nevio veía la protohistoria del fin abrupto de estos amores como remoto origen de las guerras púnicas. Dulce Estefanía Álvarez subraya que la historia de amor de Dido y Eneas en la Eneida no es una historia secundaria ni una mera incidencia cuyo centro está en el “Canto IV” sino que ocupa la acción central de los primeros seis cantos de la epopeya y se inicia desde el verso doce del “Canto I” hasta el frío reencuentro en el averno.

Virgilio quiere explotar el rasgo de extranjería y extrañeza de Dido, quiere además contrastar su arrebato y locura final, con la mesura (casi liviandad) de un piadoso Eneas que supone que tareas mayores le aguardan. Es justo recordarlo: abandona a su amada, pero lo hace contra su voluntad.  Sin duda, el poeta quiso aprovechar el resentimiento cartaginés: Dido, antes del suicidio, lanza una maldición contra él y toda su descendencia. Se trata casi de una invocación a Aníbal. Como sabemos, el mantuano tenía presente el plano histórico y quiso construir su poema hasta remontarse a la rivalidad entre tirios y romanos. Las guerras púnicas serían, pues, consecuencia de esta maldición. También está muy cercano en tiempo y espacio el recuerdo de Cleopatra y sus relaciones con Julio César y Marco Antonio. Dido es también una clara evocación de la reina egipcia, así como de su poder de seducción, del cual Roma (Augusto) pudo salir airoso, no así Marco Antonio. De este modo, la constante tensión entre historia y poesía termina incidiendo en la caracterización de Dido, a quien Virgilio no quiso aniquilar con displicencia, sino desde el más sensible estremecimiento, ampliando la expresividad del poder persuasivo de la poesía.

Por esto, Dido se convierte en sombra primero (los dos siguientes cantos) y en pasado después, los últimos seis cantos. En la mitad del canto VI, la aparición de Dido justo en la mitad nos recuerda la función que cumple la aparición de Áyax en el “Canto XI” de Odisea. Áyax se cruza en el camino de Odiseo, y al ser interpelado amistosamente por este, permanece mudo, impasible y dirige la mirada hacia otro lado. La reacción de Dido ante la visita de Eneas es exactamente la misma. El mantuano recrea prestigiosamente a Homero en estructura, en temas y en detalles. Decía Voltaire que “de las obras de Homero, Virgilio fue la que le quedó mejor”.  En cierto modo, el silencio de Dido en el más allá simboliza la incomunicabilidad entre el mundo cartaginés y el mundo romano. Pero la tumba de la reina sigue resonando y su pathos se ha instalado en el imaginario incesante de la tradición.

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